MARCO AURELIO, EL INCORRUPTIBLE

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Por Joaquín de la Sierra ()
Madrid.- En una época donde el poder absoluto a menudo corrompía absolutamente, Marco Aurelio se destacó como una excepción, un gobernante que buscaba la sabiduría y la virtud.
Mientras el Imperio Romano disfrutaba de su Edad de Oro, extendiendo sus fronteras y consolidando su poder, Aurelio se sumergía en la contemplación de la moralidad, el deber y la transitoriedad de la vida.
Nacido en una familia acomodada y poderosa, el camino de Marco Aurelio hacia el trono estuvo marcado por intrigas y designaciones inesperadas. Adoptado por el emperador Antonino Pío a instancias de Adriano, Aurelio ascendió al poder no solo como un heredero, sino como un filósofo preparado para liderar.
En una ocasión, cuando el río Tíber desbordó sus orillas, inundando gran parte de Roma y sumiendo a la ciudad en una hambruna devastadora, Marco Aurelio tomó una difícil decisión. Ante la desesperación y el caos, en lugar de resguardar los recursos para la élite y el ejército, tomó la decisión de abrir los graneros imperiales al pueblo.
Día tras día, se podía ver a los funcionarios imperiales, bajo la supervisión personal de los líderes del imperio, distribuyendo pan a los afectados, asegurando que nadie, desde el más humilde ciudadano hasta el más noble, quedara sin alimento.
Sin embargo, lo que en verdad distinguió a Marco Aurelio, fueron sus escritos, las «Meditaciones», donde Aurelio ofreció un vistazo a su alma. Compuestas en griego, estas reflexiones revelan un hombre en busca de significado y comprensión, enfrentando las tribulaciones de la vida y el liderazgo con una perspectiva estoica. Aunque basadas en los principios de la estoicidad, las ideas de Aurelio a menudo rozaban el platonismo, reflejando la complejidad de su pensamiento.
La muerte de Aurelio en 180, dejando el imperio en manos de su hijo Cómodo, marcó el inicio de una era turbulenta para Roma.