MI TELEVISORCITO

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Por Esteban Fernández Roig
Miami.- Yo pienso que los mejores días de la televisión cubana eran los miércoles y los jueves porque ponían El Casino de la Alegría y Jueves de Partagás.
Pero al comprar mi padre un televisorcito Zenith de 17 pulgadas, la casa se llenaba de nuevos televidentes, y en la sala se formaba un molote de gente.
Mi mamá en vez de ser la ama de la casa, parecía una criada sirviendo vasos de agua y hasta Coca Cola a desconocidos.
Mi hermano y yo jamás nos podíamos sentar ni en las sillas y teníamos que estar tirados en el suelo junto a 10 niños viendo la televisión.
La Moraleja es bien sencilla: Se demuestra que ni mis padres, ni mi hermano, ni yo, teníamos un ápice de negociantes ni de empresarios…
Yo nunca he sabido vender nada, ni promover un negocio, hasta en las presentaciones de mi libro la vendedora es mi amiga Gisela Granda.
Si el niño, en lugar de ser Estebita, se hubiera llamado Felipito Valls hubiera ido a la “Imprenta Valdés” para que les imprimieran 200 volantes y los hubiera repartido por todo el pueblo, hasta en el parque…
Anunciando: “¡Miércoles y Jueves la cita es en mi hogar, un peso la entrada para ver los espectaculares programas Casino de la Alegría y Jueves de Partagás. El martes medio precio para disfrutar de La Taberna de Pedro con Jesús Alvariño!”
Se hubiera terminado el tumulto, solo 10 personas hubieran asistido cada día, se hubiera buscado 25 pesos a la semana; 1, 300 baros durante ese año. Y “Felipito” hubiera comprado los cines Campoamor y Ayala, terminando siendo rico. Hasta que tuviera que exiliarse y fundar el Versailles en la calle 8.
Es decir, que la perfecta hubiera sido convertir los televidentes en clientes. Pero nosotros, que va, de eso nada, tuvimos que esperar estoicamente a que cada cual se fuera comprando su televisor y entonces poder ver tranquilos “El Álbum Phillips” y German Pinelli gritando “Sube, Pelayo, sube” en “Aquí todos hacen de todo”…