DOMINGO DE CINE PARA NIÑOS

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Por Ernesto Ramón Domenech Espinosa ()

Toronto.- Recuerdo la primera vez en un cine. Tenía cinco años, mi madre nos levantó temprano a mi hermana Maritza y a mi aquel domingo con el anuncio: ‘hoy vamos a ver una película en pantalla grande, a todo color’.

Abrimos los ojos sin pestañear. Nos aseó, nos vistió, nos sirvió el desayuno y a las 8:30 am íbamos saliendo de casa. Fuimos saltando de alegría, mi hermana y yo, los cuatrocientos metros que nos separaban del «Antilllano». Siempre me quedó la magia de aquella primera proyección en la sala oscura y con aire acondicionado que nos ofrecía imágenes y sonidos irreales.
El choque fue tan fuerte que no olvidé nunca el título del filme: «Cuernos de oro», una historia rusa (o checa o polaca) fantástica de brujas, hechiceras y guerreros con el feliz final del Bien imponiéndose al mal. Desde entonces ir al cine los Domingos en la mañana se convirtió en una costumbre, un vicio. Hoy pienso que el horario y el dìa (Domingos a las 9:00 am) de las Tandas infantiles fue el método que ideó el Régimen para evitar que niños y jóvenes asistieran a misa, a las iglesias del pueblo.
En Cruces, mi pueblo, el cine siempre fue una de sus más concurridos y atractivos lugares. ¿Cómo olvidar aquellos tumultos en los estrenos que incluían colas infinitas, batallas campales para comprar tickets, vidrieras rotas, las rechiflas en medio de los cambios de rollos de cintas? ¿Cómo no recordar la alfombra verde, las dos secciones de asientos, la impecable limpieza de los baños, el nombre de sus antiguos empleados, el erotismo tras las sombras del proyector?
El Cine Antillano ya no existe como cine, pero vuelvo a agradecer a mi madre aquellos domingos y conservo la pasión por las historias animadas. Siempre que puedo, los fines de semana, me siento con Julian y Dama frente al TV y hacemos mañanas de Netflix o Youtube.

Este Post además de evocar un tiempo de risas y sorpresas es una invitación para los chicos y chicas de hoy, para sus padres, tios, abuelos, padrinos.
La semana pasada he leído que el director Hayao Miyazaki, a sus 83 años, ha terminado y pronto estrenará su última película de animados: «El niño y la Garza». El nombre de Miyazaki es familiar en la casa, hemos visto varias de sus producciones. «Nausicaa, del valle del viento», «Ponyo», «Mi vecino Totoro», » El viaje de Chichiro», y «Castle in the sky», entre otras, han animado nuestros sábados y domingos de invierno.
Los Estudios «Ghibli» de Japón tienen entre sus prioridades las películas animadas para niños y jóvenes. Además de Miyazaki aparecen en su nómina los nombres de Hiromasa Yonebayashi, Yoshifumi Kondo, Takana Shirai y Goro Miyazaki. En estos tiempos de Tinder, Only Fans, Fake News, pobreza espiritual y poca o ninguna lectura sobresalen las hermosas, diferentes y originales películas que desde el viejo-nuevo Japón nos llegan.
Como los cuentos del abuelo, se nos habla de la amistad, el amor, la solidaridad, la compasiòn, la tolerancia, la honestidad y la relación con la naturaleza a través de un lenguaje sutil y arriesgado que logra engranar el mundo real y la fantasía dosificando ingredientes tomados de leyendas, la historia, de fábulas y tradiciones. Películas que traspasan lo meramente infantil y juvenil para abordar temas diversos y complejos como la propia existencia, la filosofía, la guerra, la violencia, la muerte, el mundo interior y la introspección del ser humano.
Nuestros hijos, sobrinos, nietos y ahijados pueden disfrutar, y muy probablemente agradecerán, esa puerta abierta al cine japonés y su universo cargado de creatividad, ingenio, y singulares ficciones.