¡VIEJA!

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Por Arnoldo Fernández ()
Contramaestre.- Hay un río que tiene una poza espejeante. Allí las ropas van, vienen, dejan sudores. La paleta en sus manos sube, baja, tiene música.
De su sombrero salen turrones, pan tostado, tomeguines; incluso conejos.
Sobre las cenizas de su fogón: nísperos, zapotes, caimitos, leche condensada hervida.
Cuando termina de lavar, suspiros en la poza; allí el niño siente naranjas bajo sus pies, dulces como la fruta prohibida que desató silencios y extrajo jugos con olor a ciruelas maduras. El sinsonte sobre el anón de la tarde regala su canto.
Luego el niño ve a su madre al amanecer, es un lucero rociado de hechizos; pero termina imponiéndose el aullido del perro, el canto de la tojosa, el escrito inconcluso, la llamada telefónica, la noche gélida y ese olor a jazmines tan fuerte. Ya es un hombre y lo siguen acompañando.
Ahora el hombre ve el sillón donde aún parece descansar en las tardes, el crucifijo en la pared, las velas, los tres palomos blancos, la salvadera y sus estallidos, los perros de yeso, el fogón de leña, la tinaja, el potrero de cañas con nombre de luna…
¡Cuánto diera el hombre por ser aquel niño!, pero ya no tiene la magia del sombrero. Ahora solo puede verla únicamente en los sueños.

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