RECORDANDO EL DÍA EN QUE NACÍ

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Por Esteban Fernández Roig Jr.
Miami.- La cigüeña me depositó en Güines. Abrí los ojos y pensé: «¿Quién será esta anciana?» Era Eulalia la comadrona.
Perfectamente recuerdo su voz, solo fueron cuatro palabras, pero esas cuatro palabras las llevo grabadas en mi mente. Dijo: “Ana, es un varón”. Me parece que fue ayer.
Inmediatamente supe su nombre porque “Ana” le respondió: “¡Gracias, Eulalia!” Ana sonaba adolorida, pero aliviada. Parecía que había pasado un terremoto.
La miré y ella me devolvió la mirada con una dulce sonrisa. Solo dijo: “Mira, Esteban, se parece a ti”. Eulalia, la comadrona asentía como dándole la razón a Ana María.
Fue entonces cuando a duras penas pude fijarme en Esteban Fernández Roig. Era alto, delgado, tenía un tabaco “Pita” en su boca. Imagínense, ahora participar en un paritorio fumándose un habano hubiera sido un sacrilegio. Se dirigió a mí y me dijo unas palabras que nunca he olvidado: “Oye, ¡los machos no lloran!”
Ana, sonriente, lo reprendió: “Esteban, no asustes al recién nacido, déjalo que llore todo lo que le dé la gana”. Y me dio un beso.
Alguien tocaba a la puerta de la casa de Pinillos 463 de un pueblo llamado Güines. Yo ni idea tenía de dónde estaba. Se trataba de Eugenio Domínguez Guerra, más conocido como “Eugenito el Concejal”. Le dio un abrazo a Esteban, lo felicitó, y papi le dijo: “¡Eugenito, míralo, es cagadito a mí!” Yo pensé “Yo no me parezco en nada a ese viejo”.
Esteban alardeó: “Eugenito, el muchacho está enterito, ya cogió el tete con la mano izquierda y te aseguro que va a ser zurdo igual que yo. Es más, va a ser primera base de los New York Yankees”.
Me aterré cuando la señora Eulalia sacó de un maletín una tijera para cortarme el cordón umbilical. Pero, como ya “el hombre del tabaco” me había advertido que no debía llorar, yo ni chisté.
Eulalia se despidió diciendo: “Tengo que irme porque la esposa de uno de los hermanos Domínguez Jurado va a dar a luz en los próximos 20 minutos”. Y una hora más tarde nacía Rogelito Domínguez Reyes.
Mi padre le llevó el maletín hasta el carro de alquiler de Carrillo, le dio unos cuantos pesos. No muchos. Más nunca volví a verla.
Y hoy le doy gracias a Dios, gracias a la cigüeña, gracias Eulalia , gracias a mis padres por haber nacido en la calle Pinillos 463 Güines Habana Cuba.