LA TESIS DE (DIOS)VANY

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Por Jaime Lara

Hialeah.- La vida de Diosvany Albuquerque Alonso, el Pillín, no ha sido fácil. Por eso, desde los 16 años fuma droga todos los días. Su madre lo abandonó cuando tenía tres meses y quedó a la suerte de su abuelita. Ahora tiene 49 abriles y vive en el ghetto de Hialeah con su perra Yara. Tiene orden de deportación, dos abogados norteamericanos lo han estafado, paga dos mil quinientos dólares por un efficiency y trabaja en una compañía de recoger basura. 

Antes de llegar a Estados Unidos, Diosvany fue panadero en Santa Clara. De los mejores. Un capo. Llegó a ser Jefe de Turno. Se robaba, cada dos días, cinco litros de aceite y medio saco de harina. Era un excelente trabajador, eso sí. Cumplía con todo. Todavía guarda en su cartera un escrito cuando salió en la página dos del periódico Granma, como reconocimiento a su labor como panadero Vanguardia Provincial de Villa Clara. 

Ese día, casualmente, se corrió una bola de que por Caibarién iban a llegar unas lanchas para llevarse a todo el que quisiera montarse. Diosvany fue a casa de una jevita, le regaló sus dos cadenas de oro de 18 quilates, repartió toda su ropa a los socios del barrio y le dio un beso en la frente a su abuelita. Alquiló una máquina y llegó al malecón de Caibarién en menos de una hora.  Dos días estuvo esperando como un bobo las supuestas embarcaciones. Nunca llegaron. Entonces decidió virar para atrás, sin un peso en el bolsillo y borracho como una uva.

Diosvany es devoto de Santa Bárbara. “Esa es la mía, la que nunca falla”, dice. Según él, Changó lo ayudó a salir de Cuba y aterrizar en Chile aquella mañana fría del 27 de julio de 2012. Un socio le puso una carta de invitación y al momento le dijeron que sí en la embajada chilena. Vivió ocho años en el país sudamericano, hasta que decidió emprender camino hacia el sueño americano.

Quiero contarles que Diosvany es un tipo muy humano, bueno. Un caballete de los de verdad, pero lamentablemente siempre anda en malos pasos. Por eso cayó preso en Chile por culpa de un colombiano que lo enredó con un negocio fraudulento. Dos años estuvo recluido, hasta que logró salir, no sin antes ser estafado por un abogado a quien le pagó seis mil dólares y nunca pudo ayudarlo a salir antes, a pesar de las promesas del magistrado.

El Pillín, como todos le dicen, empezó a vivir del invento cuando salió de prisión. Viajaba de Santiago de Chile a Santa Clara cada 15 días. Llevaba de todo para vender, hasta condones con sabor a chocolate. Pero llegó la pandemia, quedó atrapado en Chile sin un dólar y decidió hacer la travesía por tierra hasta la frontera de México con Estados Unidos.

Unos días antes de irse, me decía que tenía una tesis elaborada sobre cómo engañar al funcionario de inmigración cuando le hiciera la entrevista del miedo creíble. La recitaba en el baño frente a la ducha o llamaba a su hija por video y le repetía lo mismo cada tres horas como si estuviera en un matutino de sexto grado.

A veces me pongo a pensar por qué, nosotros, los cubanos, somos seres tan ingenuos. Que Fulanito o Menganito entren frescos por la frontera y salgan con Parole, no quiere decir que tu caso sea idéntico. La suerte manda. Conozco abogados, doctores e ingenieros con orden de deportación porque no convencieron al funcionario. También tengo referencia de delincuentes con 65 antecedentes penales y ya tienen residencia permanente al año y dos meses de haber ingresado a la “yunay”.

Por esa parte, Diosvany está embarcado. Al parecer, el trayecto de Chile a México lo trastocó y todo lo hizo mal cuando se entregó por Piedras Negras. No es para menos. Imagínense que partió en un bus desde Santiago hasta Arica, la zona fronteriza con Perú. El viaje duró 36 horas y solo tomó cervezas durante el camino. Al llegar a territorio peruano, caminó 24 kilómetros por la línea del tren porque todo alrededor estaba minado. Llegó a Lima gracias a un amigo que le mandó 800 dólares y pudo tomar un vuelo comercial hacia la capital peruana. De ahí siguió trayecto hasta llegar a Necoclí, el punto que divide Colombia con Panamá.

Cruzó El Darién en ocho días. Por poco se muere. Fumando droga y rascándose todo el tiempo por las picadas de los mosquitos. Esa fue su trayectoria por la selva. “Si no me morí en ese pedazo, yo creo que voy a durar 180 años”, dice. 

-No te puedo explicar lo que es cruzar El Darién. Debes vivirlo. Yo conté 17 muertos en todo el camino. Estaban llenos de gusanos, con tremenda peste. Si yo llego a saber que la jugada era así, me quedo en Chile viviendo debajo de un puente.

De Panamá a Tapachula la cosa fue bastante rápida, sin contratiempos. No obstante, en tierras mexicanas la historia cambió completamente. Para llegar a la frontera norteamericana, debía pagar 2 mil dólares a un coyote y solo tenía 110 verdes. Estuvo cinco meses viviendo en la calle y trabajando fregando carro. Así logró reunir la plata y, cuando menos lo eperaba, se estaba entregando a las autoridades norteamericanas.

Hasta ahora no les he contado cómo es el Pillín físicamente. Y si hay algo que los “yumas” se fijan mucho es en la imagen de las personas. La cara de Diosvany es muy parecida a la de muñeco diabólico, pero un poco más delgada y sin los ojos azules. Tiene cuatro pelos en la cabeza y un tatuaje del Che en el brazo derecho. Mide 1,78 cm, delgado y, cuando se ríe, uno le alcanza a contar cuatro dientes en toda la boca. Los dedos de las manos y los pies son muy gordos. Yo diría que nunca había visto algo así. Estamos hablando de un físico duro de superar en cuanto a fealdad.

Quizás fue esta una de las cosas por la que estuvo encerrado tanto tiempo en el centro de detención de El Paso. Aunque, a  decir verdad, su tesis nunca le salió como la tenía pensada.

-”Estar detenido en un lugar de esos es algo fula. Tú pierdes el horario, un frío de tres pares, te visten como un preso y el baño es una sola taza como para 890 personas. No me volví loco de milagro. Y lo más lindo, cuando te encariñabas con algún socio, le llegaba la salida y te volvías a quedar solo. Qué duro la pasé por mansa paloma.

-”Yo tenía todo mi panfleto preparado el día de la entrevista. Mi tesis era la mejor del mundo. Iba a decir que era un perseguido político en Cuba, en Chile le tiré par de huevos a la embajada de Cuba, quemé bustos de Martí en Santa Clara, estuve preso por contrarrevolucionario. Tenía fe en mi discurso.

-De momento se me para aquel tipo de inmigración y me empezó a temblar el cuerpo entero. Me dice: Diosvany,  you are afraid to return to Cuba? (¿Tienes miedo de regresar a Cuba?). Mi hermano, yo te juro que no sé por qué la mente se me nubló. Solo le dije: para nada, al contrario, cuando me den la residencia voy a sacar pasaje enseguida.

El funcionario se paró de la silla automáticamente y no lo vio más. Le hicieron firmar un papel donde alcanzó a leer “Orden de Deportación” y estuvo ocho meses encerrado. No lo enviaron para Cuba porque en ese momento no existía acuerdo de devolución entre ambos países. Por eso salió libre aquel 12 de marzo que jamás olvidará.

Cuando lo soltaron, se arrodilló en el medio de la calle y le dio gracias a Santa Bárbara. Solo tenía 26 dólares y sacó un viaje en bus desde Houston hasta Miami. Nadie lo esperó en la terminal. Ahí mismo comprendió que su vida sería como la de un monje: pobreza y castidad. Vive con un salario mínimo, apenas tiene amigos y sus únicas certezas son el número del celular de su hija y el del señor de la droga. Yara lo cuida mucho. Viene siendo su todo.

A veces lo llamo para saber de él y siempre me dice lo mismo: “aquí, mi hermano, en Hialeah, la ciudad que progresa”.