MACHETE

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Por Renay Chinea
Barcelona.- Era tempranito. Mi madre estaba ajetreada con el ritual del café en su fogón de leña. Hasta en sus más primarias circunstancias el hombre es salvado por la rutina de sus días. Mi madre, todos los amaneceres de su vida hace lo mismo: agarra dos o tres tusas secas, que tiene a mano en una lata cuadrada donde hubo aceite de Girasol, y que era la medida de todos los granos, para una arroba: 25 libras. Las embadurna de alcohol con una alcuza vieja, las pone de una vez, entre las dos piedras encaladas y las tapa con algunas charamuscas; coloca los hierros en paralelo, y sobre ellos una olla de aluminio con un extraño letrero que nunca pude descifrar: Nebot. Después, enciende una cerilla.
En el campo, la vida está, como las tusas secas que prende mi madre ahora, enchumbadas de alguna sabiduría.
La gata barcina hace tres días parió cuatro cachorrillos. Ella sola, en sus circunstancias, ha estado reproduciéndose durante miles de años. Desde el primero hasta el último gato, todos hicieron lo mismo: reproducirse, sin miedo a la muerte, a la vida ni a los sobresaltos.
Sobre la meseta de la cocina, mi padre había dejado el cubo de leche recién ordeñada, y mi madre con cuidado, va vertiendo el agua caliente, en la teta prodigiosa del colador de café. Primero sale un chorro retinto y fuerte, que beberán ella y mi padre. Después, de la última escurrida sale un café claro que es el nuestro. En él los niños mojamos el pan, y desayunamos.
Sin decir nada, hundí un jarrito pequeño de aluminio entre la espuma de la leche y lo único que encontré fue una tapa de una lata de galletas para darle de beber a los cachorrillos de la Barcina que habían nacido unos días antes.
Cuando salí al patio, me di cuenta que iba solo en calzoncillos —le decíamos “tacasillo”— y descalzo. Aún el rocío de la noche brillaba sobre las hojas del pasto.
Al llegar al tronco de una frondosa mata de Atejes, al comienzo del bosque, donde La Barcina había hecho su cama para parir, encontré a los gatitos, cegatos y alegres.
Mirar el fuego y los cachorrillos felinos, es un asunto atávico: no puedes dejar de mirarlos.
Mientras le acercaba la leche a los hociquillos imprudentes de los pequeños, vi aparecer a la Barcina agazapada bajo unas ramas. Estaba en posición de salto y sus ojos al sol, tenían un redondel amenazante. Hice por ponerme de pie, y de pronto, como un resorte, saltó y se clavó con uñas y dientes en mi costado derecho. El dolor de las pequeñas zarpas es indescriptible: como la mordida de las víboras que aparecen en National Geographic, vi brotar los hilillos de sangre de cada herida. Me puse la mano encima de la mordedura, y empecé a llamar a mi papá, de un modo tan desgarrador que lo vi aparecer al instante.
Se había dejado el sombrero de guano que siempre llevaba puesto. Usaba botas, pantalón grueso, y camisa de mangas largas “arremangadas” hasta los codos…
Mi Padre, fue dos veces al médico en toda su vida: esta, y la vez que se murió.
—¡’Eso no es na!— me dijo, apartando mi mano de la herida. -Dile a tu madre que te lave con jabón…- y lo vi desenfundar el machete de su larga vaina de cuero trabajado.
En casa estaba prohibido quejarse. Era mal visto decir ay, decir me duele, o decir no puedo. Una vez me mordió un perro, que casi me arranca el labio superior, por ir a hacerle carantoñas cuando tenía mal genio. Desde entonces supe que así como ninguna planta es de interior, tampoco ningún animal está del todo domesticado.
Se llamaba “Cañimagua”, por un personaje de una serie radial que se escuchaba en casa, que era muy malo. Con la sangre brotándome sobre el pecho, vi llegar a mi padre:
—Bah, eso no es na… —me dijo. Y con un lazo de mecate recio, vi como colgaba a Cañimagua de una rama horizontal de la mata de ciruelas… Su cuerpo se balanceaba como un pendulo, mientras se vaciaban sus esfínteres… Visto así, no podemos estar sanos. En el campo, una brutalidad la tapaba otra, como las capas de los pasteles de hojaldre.
—¡Ahora vete y lávate con agua y jabón, que ya ese no muerde a más nadie…! -Los últimos estertores de vida de Cañimagua me habían cortado el aliento. Nunca dejé de sentirme culpable por aquellos sucesos.
Mis hermanos —éramos siempre muchos hermanos en casa— salieron disparados al patio cuando escucharon que me mordió la gata. Una guataca, un rastrillo, un bate… eran muchas las armas del linchamiento. Existía la extraña ley de que animal que atacara a alguno de nosotros, había firmado ya su sentencia de muerte… Mientras mi madre limpiaba con jabón mis heridas, aproveché para confesarle que me quemaba el dolor y lloré a solas con ella.
—Está por aquí —decía mi padre, machete en una mano, y en la otra una cubeta con los cuatro cachorros…
El hombre moderno no sufre percances. A “Güeva”, el de los Linares que vivían al otro lado del lindero de mi casa, lo dejó mudo un torete. Se montó en él para domarlo, el animal salió disparado bajo una mata de naranjas, la rama más baja le pegó en la cabeza y se murió tres días pero sobrevivió luego de muchos jumentos.
Finalmente se murió hace muy poco, cuando se cayó ya entrado en años de una mata de cocos. A Jacinto, que iba conmigo a la escuela primaria, una cicatriz rencorosa —como aquel personaje de Borges— le surcaba la cara: una mula le pegó la herradura debajo del pómulo.
A la vuelta del médico, todos querían enseñarme la gata. La lograron encerrar en una caja de madera, y por una rendija entre las tablas, mi hermano la había ahorcado con un nylon de pescar en lazo corredizo.
En un libro de primaria, había visto una Lectura sobre Luis Pasteur niño. Contaba la vez que pasó por un taller con su padre, y estaban quemando a un hombre con un hierro caliente. Era la segunda vez que escuchaba esa palabra: había que llevar la gata al Policlinico, pues lo más probable es que tuviera rabia.
En cuanto a mí, había que ponerme inmediatamente, 30 inyecciones antirrábicas en la espalda.
Unas semanas después, cuando un laboratorio en La Habana finalmente encontró que la Barcina había sido contagiada por un hurón —mangosta— probablemente por defender sus cachorros, mis hermanos entraron en pánico. Todos habían sido, de algún modo, mordidos cuando intentaron cazarla.
Mi padre, se había llevado una mordida en el brazo al primer intento de machetearla bajo unos matojos de yerba bruja.
—Bah… eso es mierda— dijo, y siguió macheteando. Cuando llegó la noticia de la rabia en la gata, mi madre observó que tenía los ojos rojos… A esa hora, se agolparon todos en la consulta del pueblo, con la interminable historia de la gata con rabia.
Pero como les contaba, mi padre tenía una salud de hierro. Era borracho, parrandero y fumador. Esta era la primera vez que lo veía en el médico. De niño, ayudaba a su padre a cortar, cargar y “tirar” cañas. Luego tuvo un camión y se encargaba de amarrar la carga de un extraño modo: tiraba el lazo de un lado a otro de la cama del camión y venía al lateral, se ponía el mecate más abajo del hombro, a la altura de los deltoides, y tiraba la soga hasta que chirriara. Justo allí quiso ponerle la enfermera su primera inyección… que por supuesto no entraba.
La segunda vez, ya pasados los 80, mi padre volvió al médico. Tenía una hernia inguinal, y desgaste en las rodillas. Luego de una larga operación, de muchas horas, fui el primero en ir a verlo. Era su primera anestesia en 82 años. Su primer hospital. Su último.
Estaba tembloroso, pálido y nervioso… A duras penas sabía dónde estaba. Debajo de la sábana sacó lo que fue una mano de piedra, y me la extendió con alivio entre las mías. Dos lagrimones bañaban sus hermosos ojos de gato. Creo que fue la única vez que me miró con ternura.
—Bah… eso no es na, eso no es na… -quise decirle… pero él respondió en su fragilidad, con la palabra más tierna con que los guajiros en Cuba, llaman a un hijo:
—Pipo… -Pipo, me decía. Murió unos meses después.