LOS 10 ASTEROIDES MÁS SORPRENDENTES DEL SISTEMA SOLAR

0
20

Tomado de MUY Interesante

Las últimas observaciones realizadas mediante telescopios terrestres y orbitales y la información recabada por distintas sondas están aportando fascinantes datos sobre estas rocas espaciales, auténticas reliquias cósmicas que pululan por diferentes puntos de nuestro barrio galáctico y que, en ocasiones, se aproximan peligrosamente a nuestro planeta.

Madrid.- Las últimas observaciones realizadas mediante telescopios terrestres y orbitales y la información recabada por distintas sondas están aportando fascinantes datos sobre estas rocas espaciales, auténticas reliquias cósmicas que pululan por diferentes puntos de nuestro barrio galáctico y que, en ocasiones, se aproximan peligrosamente a nuestro planeta.

Elaboramos una lista con diez asteroides con las características más sorprendentes, desde asteroides con anillos hasta asteroides con magma, como la mismísima Tierra.

1. Los sorprendentes anillos de Chariklo

No todos los asteroides pueden presumir de contar con un sistema de anillos, como 10199 Chariklo, también denominado Cariclo. De hecho, es la primera roca espacial de estas características en la que se ha descubierto una de esas estructuras; hasta el momento, se trata del quinto cuerpo del sistema solar que la posee, además de Saturno, Júpiter, Urano y Neptuno. Uno de los científicos que participó en el hallazgo, publicado en la revista Nature en 2014, fue Felipe Braga-Ribas, del Departamento de Física de la Universidad Tecnológica Federal de Paraná, en Brasil. “Explicar el origen y estabilidad de sus dos anillos representa un auténtico desafío teórico. Podría decirse que ha abierto un nuevo campo de investigación”, señala.

10199 Chariklo. Créditos: ESO/L. Calçada/M. Kornmesser/Nick Risinger

10199 Chariklo. Créditos: ESO/L. Calçada/M. Kornmesser/Nick RisingerESO/L. Calçada/M. Kornmesser/Nick Risinger

Con un diámetro de más de 300 kilómetros, Chariklo es el más grande de una clase de asteroides conocidos como Centauros. Orbita entre Saturno y Urano, en la región exterior del sistema solar, y fue captado desde varios telescopios terrestres en 2013, cuando se interpuso ante una estrella. Así fue como se descubrieron sus anillos.

Se espera recabar más información sobre ellos en los próximos años. “Existe un proyecto que pretende observar Chariklo mediante el telescopio espacial James Webb de la NASA. Muy probablemente, ello permitirá conocer muchas más cosas sobre su composición y la de los citados anillos, ya que este ingenio tiene una resolución mucho mejor que el Hubble, que utilizamos hace un tiempo para estudiarlo”, apunta Braga-Ribas.

2. El susto de 2019 OK

El 24 de julio de 2019, un asteroide del tamaño de un campo de fútbol se acercó más a la Tierra que cualquier otro de tales dimensiones en las últimas décadas. De hecho, fue descubierto ese mismo día por tres astrónomos aficionados de Brasil. 2019 OK, como se denominó, llegó a pasar a solo 71 000 kilómetros de nosotros, apenas la quinta parte de la distancia que nos separa de la Luna.

Los expertos de la NASA han calculado que si hubiera atravesado la atmósfera y explotado a varias decenas de kilómetros de altura, sobre tierra firme, como hizo en 2013 el bólido de Cheliábinsk, en Rusia, de mucho menor tamaño, habría devastado un área de unos 80 kilómetros de ancho.

Cálculo de la posición del 2019 OK unos días antes, cuando se aproximaba a nuestro planeta. Créditos: Tomruen

Cálculo de la posición del 2019 OK unos días antes, cuando se aproximaba a nuestro planeta. Créditos: TomruenTomruen

“Los asteroides como 2019 OK pueden parecer grandes, pero cuando están a decenas de millones de kilómetros de distancia y reflejan solo una pequeña cantidad de luz solar son increíblemente difíciles de detectar”, sostiene el astrónomo Alan R. Duffy, de la Royal Institution de Australia. A eso se suma que la órbita de este cuerpo es muy elíptica y va desde la de Venus hasta mucho más allá de la de Marte. Además, la posición que adquirió cuando se acercó a la Tierra enmascaró sus movimientos hasta el último momento.

“Para poder discernir lo antes posible este tipo de objetos deberíamos contar con un telescopio de gran tamaño –como el Vera Rubin, que se está erigiendo en Chile–, capaz de detectar sus cambios de posición por pequeños que sean y tomar repetidamente fotografías del cielo nocturno. En este sentido, algunas técnicas de inteligencia artificial podrían sernos muy útiles”, plantea Duffy.

3. El protoplaneta Vesta

Vesta. Créditos: NASA/JPL-Caltech/UCAL/MPS/DLR/IDA

Vesta. Créditos: NASA/JPL-Caltech/UCAL/MPS/DLR/IDANASA/JPL-Caltech/UCAL/MPS/DLR/IDA

Vesta se encuentra en el cinturón principal de asteroides, entre Marte y Júpiter, y es una auténtica rareza. Y no solo por su gran tamaño –tiene un diámetro de unos 530 kilómetros–, sino porque, a diferencia de la mayoría de las demás rocas espaciales de este tipo, cuenta con corteza, manto y núcleo, como la Tierra. De hecho, los científicos consideran que es un protoplaneta, es decir, una especie de embrión planetario que no llegó a desarrollarse por completo. Arrojar algo de luz sobre este asunto fue uno de los objetivos de la sonda espacial Dawn de la NASA, que sobrevoló el asteroide entre los años 2011 y 2012, antes de partir rumbo al planeta enano Ceres.

Los datos aportados por la Dawn revelaron que 4 Vesta –su nombre oficial– se formó entre uno y dos millones de años después del nacimiento del sistema solar. El material radiactivo

contribuyó a calentar y derretir sus elementos, de tal forma que los compuestos más densos se hundieron hasta el núcleo y los de menor densidad ascendieron. “Aunque el magma, los flujos de lava, el derretimiento y otros procesos volcánicos son importantes en la historia de nuestro barrio galáctico, es raro haber encontrado rocas basálticas en un cuerpo pequeño como Vesta”, explica Amy J. Lovell, profesora del Departamento de Física y Astronomía del Agnes Scott College (EE. UU.), que ha formado parte de la citada misión Dawn.

4. La enigmática antigüedad de Ida

En 1993, cuando la sonda Galileo de la NASA seguía su camino rumbo a Júpiter, se aproximó a este curioso asteroide, denominado 243 Ida, hasta situarse a poco más de 2400 kilómetros de distancia. Los científicos tuvieron constancia de su peculiaridad tras analizar las imágenes enviadas por la nave: aquella roca espacial contaba con su propia luna; era el primer objeto de este tipo donde se descubría algo semejante.

243 Ida. Créditos: Kevin Gill

243 Ida. Créditos: Kevin GillKevin Gill

Ida se encuentra en el cinturón principal de asteroides y pertenece a la familia de cuerpos Coronis, que se cree que son los restos de una antigua colisión entre dos objetos más grandes. Está cubierto de cráteres y cuenta con una capa profunda de regolito, es decir, roca pulverizada.

Lo que intriga a los astrónomos es su edad porque, si bien los mencionados cráteres de su superficie sugieren que es un cuerpo antiguo, el hecho de formar parte de los Coronis indicaría que es más joven. Está compuesto principalmente por roca de silicato y, aunque este tipo de objetos dominan la región interior del cinturón, lo cierto es que solo representan el 17 % de todos los asteroides conocidos.

5. Hito histórico en Itokawa

Si sobrevolar y aterrizar en un asteroide ya supone todo un desafío técnico, la cosa se complica aún más si los científicos se proponen conseguir el triple tirabuzón: tomar muestras del cuerpo rocoso y analizarlas en los laboratorios de la Tierra. Pues bien, eso es lo que sucedió en noviembre de 2005, cuando, por primera vez en la historia, una nave espacial de la agencia japonesa JAXA logró cumplir este triple hito.

25143 Itokawa. Créditos: ISAS, JAXA

25143 Itokawa. Créditos: ISAS, JAXAISAS, JAXA

El objeto elegido fue 25143 Itokawa, cuya órbita se cruza con las de nuestro planeta y Marte y forma parte de los asteroides cercanos a la Tierra. Tras dos intentos y una serie de contratiempos, la misión Hayabusa consiguió que las muestras recogidas de la superficie de la roca espacial

llegaran a la Tierra en junio de 2010. El análisis del material, que cayó depositado en una cápsula en Australia, permitió a los científicos conocer nuevos datos sobre este misterioso objeto. “Itokawa se originó cuando otro cuerpo celeste chocó contra él; el impacto formó fragmentos que, a su vez, volvieron a reunirse”, explican fuentes de la JAXA.

Los astrónomos piensan que, en realidad, el asteroide consiste en una aglomeración de rocas que se mantienen unidas por su gravedad mutua. Eso explicaría que se vean tan pocos cráteres en su superficie, ya que cualquier impacto lo suficientemente potente como para crear un socavón provoca que las rocas se desprendan y llenen el agujero. Mide unos 535 metros de largo.

6. Las moléculas orgánicas de Bennu

Además de la JAXA, con sus misiones Hayabusa, la NASA también ha conseguido recoger material de un asteroide, que llegó en una cápsula a la Tierra en septiembre de 2023. El 20 de octubre de 2020, su nave OSIRIS-REx descendió hasta la superficie de 101955 Bennu, un antiquísimo cuerpo rocoso, para tomar unos 60 gramos de materiales.

OSIRIS REx Bennu Mision

Representación artística del momento en que OSIRIS-REx se posó sobre Bennu. Foto: NASA/Goddard Space Flight Center

Esta iniciativa ha servido para verificar la forma, el tamaño y la rotación de Bennu y comprobar hasta qué punto eran exactos los cálculos hechos desde la Tierra. “La superficie es mucho más rocosa y antigua de lo esperado –puntualiza Jason Dworkin, del Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA, que forma parte del proyecto OSIRIS-REx–. Hay minerales hidratados, carbonatos y arcillas, y también pequeñas rocas que proceden de Vesta”, añade.

Los científicos creen que este cuerpo, de unos 500 metros de largo, se separó de un asteroide rico en carbono mucho más grande, probablemente de más 100 kilómetros de diámetro, que fue destruido como consecuencia de algún cataclismo hace entre1500 y 800 millones de años.

7. El estudio de las partículas de Ryugu

El éxito de la primera misión Hayabusa animó a los japoneses a poner en marcha su sucesora, Hayabusa 2, cuyo objetivo fue recoger muestras de otro asteroide y traerlas también a la Tierra. Esta vez, la JAXA eligió 162173 Ryugu. Este pequeño objeto rocoso, de unos 900 metros de largo, forma parte del grupo de rocas espaciales Apolo, uno de los más próximos a nuestro planeta.

Asteroide Ryugu

Asteroide RyuguiStock

“La cápsula de recolección que portaba la Hayabusa 2 regresó a la Tierra el 6 de diciembre de 2020. Hoy, su contenido se guarda en Japón”, informan desde la JAXA. Desde 2023 sabemos que contiene componentes básicos para la vida.

8. El corazón metálico de Psyche

Sabemos que muchos asteroides están formados por roca y hielo, pero hay otros cuya composición incluye distintos metales, como el hierro o el níquel, de forma similar a los que conforman el núcleo terrestre. Es el caso de 16 Psyche, uno de los objetos que más curiosidad suscita entre los científicos. Estos barajan si podría tratarse del núcleo de un planeta primitivo que perdió sus capas exteriores rocosas tras una serie de violentas colisiones, hace miles de millones de años.

Psyche Asteroide

Representación artística de la sonda sobrevolando el asteroide 16 Psyche cuando lo alcance en 2029. Foto: NASA/JPL-Caltech/Arizona State Univ./Space Systems Loral/Peter RubinNASA/JPL-Caltech/Arizona State Univ./Space Systems Loral/Peter Rubin

Situado en el cinturón principal, mide unos 226 kilómetros de diámetro y tiene forma de patata. La pandemia de la covid-19 truncó los planes de la NASA respecto a Psyche, aunque mandó la nave espacial homónima en octubre de 2023, a bordo de un cohete Falcon Heavy.

“Se trata del más grande de los asteroides que creemos que son principalmente metálicos, un tipo de objeto nunca explorado”, indica Linda Elkins-Tanton, investigadora principal de la misión.

Esta científica explica que la sonda no recogerá muestras, ya que la roca se encuentra tan alejada que regresar con ellas a la Tierra sería poco práctico. “Orbitaremos Psyche durante veintiún meses y recopilaremos información con las cámaras multiespectrales de la nave. Esta también llevará a bordo magnetómetros, para medir campos magnéticos, y un espectrómetro de rayos gamma y neutrones, que nos aportará información sobre su composición”, detalla.

9. Los tres récords de Eros

Eros tiene una triple medalla: fue el primer asteroide próximo a la Tierra del que tuvimos constancia, fue igualmente el primero que fue sobrevolado por una sonda y también fue el primero en el que aterrizó un vehículo espacial. Ambas hazañas estuvieron protagonizadas por la nave NEAR –acrónimo en inglés de encuentro con asteroides cercanos a la Tierra; a la izquierda puede verse una recreación–.

433 Eros. Créditos: NASA/NEAR Project (JHU/APL)

433 Eros. Créditos: NASA/NEAR Project (JHU/APL)NASA/NEAR Project (JHU/APL)

En 1998, la nave se posicionó a 3800 kilómetros del asteroide y descubrió que era más pequeño de lo esperado. Tenía dos cráteres medianos, una larga cresta superficial y una densidad similar a la de la corteza terrestre. Tras situarse en órbita a su alrededor, en 2001 la nave aterrizó sobre su cuerpo rocoso. Contra todo pronóstico, sus instrumentos continuaron operativos unos días. Los astrónomos sospechan que los asteroides próximos a la Tierra –llamados NEA, por sus siglas en inglés–, como 433 Eros –su nombre oficial–, son cometas muertos o restos de colisiones entre los cuerpos del cinturón principal.

Antes de su encuentro con la NEAR, Eros ya había sido observado mediante telescopios terrestres. En 1975, se situó a 23 millones de kilómetros de nuestro planeta, la menor distancia desde que fue descubierto por Carl Gustav Witt, el 13 de agosto de 1898.

10. La oscuridad de Mathilde

Antes de llegar a Eros, la nave NEAR sobrevoló 253 Mathilde. La estructura que lo conforma, rica en carbono, es la responsable que solo refleje el 4 % de la luz que incide sobre él. Pese a que tiende a fundirse con la negrura del cosmos, los astrónomos pusieron el foco en él en 1997, cuando la citada sonda NEAR pasó a unos 1200 kilómetros de su superficie.

253 Mathilde. Créditos: NASA

253 Mathilde. Créditos: NASANASA

Las quinientas imágenes que consiguió hacer cubrieron aproximadamente el 60 % del objeto y revelaron un pequeño mundo lleno de cráteres, de unos 52 kilómetros de diámetro. Su velocidad de rotación es muy lenta: tarda algo más de diecisiete días en girar sobre su propio eje. Mathilde, que se encuentra situado en el cinturón principal de asteroides, sorprendió a los investigadores por su forma, especialmente irregular. De ello se desprende que podría haber sufrido varios impactos.