LA INFAMIA REDUNDANTE

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Por Jorge Fernández Era ()
La Habana.- Publiqué el lunes una foto con mi hijo y un sucinto texto: «Eduardito de pase». No quise adornarla con frases triunfalistas. Casi todos los que me leen conocen los hechos recientes relacionados con él, pero era significativo que le permitieran salir. Encontrarnos y conversar libremente demostraba que las consecuencias de quedarme callado pueden ser peores, y que el respeto se gana venciendo cualquier atisbo de miedo.
El agente Unonoventaicinco, después de unas merecidas vacaciones tras un año en que sus neuronas fueron sometidas a una injusta sobrecarga, ha vuelto por sus fueros como único sabe hacerlo. No tiene coraje para discutir conmigo en igualdad de condiciones y necesita —así se siente macho— escudarse en la sombra con el fin de presionar y chantajear a mi hijo. Ayer lo visitó en Toledo 2, cuestionó que Eduardito me informara los detalles de la primera incursión en el campamento y lo amenazó con que tendría que atenerse en lo adelante a las consecuencias.
La más inmediata podría ser que a mi hijo lo trasladen a una cárcel de máxima seguridad en Villa Clara —generoso que me ha salido el Yordan este: la había prometido para Guantánamo—. Se lo aseguró a mi hermano el martes en su puesto de trabajo como técnico telefónico del Hotel Habana Libre. El esbirro de la Seguridad del Estado se sigue superando en su oprobio, e insiste con Sergio en que debe influir más en mí si desea no verme pronto con una pena por «delitos contrarrevolucionarios» que me sacará de circulación de por vida. Lo peor es que le ha revelado algo que logré esconder durante años y que solo una mente sagaz como la suya descubrió: «Era no es nada inteligente, sus textos los escribe Laideliz y él los firma», incluido este, digo yo.
Sigo preguntándome cuántas pruebas más necesitan en mi contra Unonoventaicinco, Manolito, El Esposero y sus secuaces. Con las acumuladas por esos combatientes de andar enhiesto, los jueces podrían hacer una excepción y fusilarme. Sería un magnífico escarmiento para aquellos que se quejan de un país donde no hay nada de qué quejarse.
Mientras llega ese día, la cobardía y la impunidad de la Seguridad del Estado, con la complicidad de un «Estado de Derecho» que nos protege, proseguirán su rumbo hacia el basurero de la Historia. Yo los denuncio y los denunciaré sin jamás arrepentirme de ello.