EL TOMEGUÍN BIZCO

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Por Esteban Fernández Roig Jr ()
Miami.- En mi vida sólo he cazado un pajarito con una jaula de trampa rudimentaria y barata: Mi bellísimo tomeguín del pinar.
Tenía muchos pájaros, pero todos habían sido adquiridos. Entonces, cuando me refería a ellos cómo “mis pájaros”, mi padre -siempre bromeando conmigo- me decía “No son tuyos, Esteban de Jesús, son míos, porque yo los pagué, el único tuyo es el tomeguín bizco”.
Airado le respondía: “¿Bizco? Tu’tá loco”, pero -de bobo- me pasaba ratos mirándole a los ojos al tomeguín para ver si de verdad era bizco.
Mi papá a cada rato me tomaba el pelo diciéndome: “¿Ya le compraste espejuelos a tu pajarito?”
“Pipe”, el dueño de la tabaquería y pajarera frente al Parque Central (hermano de mi tía política Carmela Barros) se burló y se rió de mí cuando le pregunté: “Si él vendía espejuelos para un pajarito bizco”.
Pero, ese -inventado por mi padre- “trastorno visual” de mi tomeguín hizo que le cogiera lástima y que lo tratara mejor, le diera más alpiste, que al resto de los otros 16 pajaritos.
Y -en reciprocidad- yo estaba convencido de que él estaba completamente encariñado conmigo, sobre todo cuando le conseguí una compañera (creo que era “cuban finch”) para emparejarlo.
Y me lo demostró el 12 de agosto de 1962, día en que salía de Cuba y decidí soltarlos a todos.
Todos se fueron y él no se iba, encaramado en la jaula, me miraba fijamente con sus dos ojos clavados en mí.
Les juro que yo creí inocentemente que me estaba diciendo: “¡Yo no soy bizco, coño, fíjate bien!”
Logré una carcajada de mi padre en ese día tan triste cuando le grité al terco pajarito: “¡Está bien chico, discúlpame, tú no eres bizco, vete pal’ carajo, vuela hacia la libertad!”
Salió disparado hacia lo desconocido. Yo también. Jamás volvió y yo tampoco.