CÉSAR Y LUCRECIA BORGIA; EL TUERTO Y MARIELA

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Por Alejandro Bonachea ()
La Habana.- Cuando Rodrigo Borgia era el papa Alejandro VI y su familia hacía y deshacía, no solo en Roma sino también en los llamados Estados Pontificios, uno de sus hijos, César Borgia, sembraba el miedo en toda la península. El gonfalonero de la Iglesia, ora frente a las tropas, ora en la oscuridad, usando los más sucios y disimiles ardides, se las arreglaba para someter a todo el que se le antojaba.
Lucrecia, hija menor del papa, formaba parte de la estrategia del pontífice y de su hermano en aquel juego macabro que solo tenía la intención de someter a todos los reinos vecinos. César inspiraba pavor hasta a Lucrecia y mucho más a los amantes de esta, porque sabían de lo que era capaz.
César Borgia - Wikipedia, la enciclopedia libreEn Cuba hay un César Borgia. Es el príncipe, el heredero, el hombre que atemoriza a todos en la sombra. No es joven ni apuesto, como decía Maquiavelo que era el joven cardenal que dejó los hábitos para ponerse al frente del ejército y salir al mundo en planes de conquista.
No tiene la mirada penetrante y escudriñadora, como describe José Luis Urrutia en la novela biográfica ‘César Borgia: el hijo del papa’ al comandante de los ejércitos pontificios. A este le falta un ojo, pero con el que tiene lo ve todo, escucha todo, lo sabe todo, atemoriza a todos.
Como el hijo de Rodrigo, según algunas pinturas, tiene la barba rala, es medio lampiño, y no es como aquel, un consumado en los deportes, con un físico privilegiado. Este tiene otras costumbres, más de estos tiempos, y otros modales, porque aquel, aunque implacable, era fino, educado cuando quería, y conocía de buenos vinos y su trato con las mujeres o contendientes solía ser exquisito o implacable.
¿Qué hace Alejandro Castro Espín?El César de Cuba, el único hijo varón de Raúl Castro, es sórdido, sucio, traicionero, como esas bestias que viven siempre cuidándose las espaldas porque temen que alguien los ataque, que la traición los consuma y de un sablazo le arranquen la cabeza. Dicen los que lo conocen bien que nunca mira a la cara.
Aquel era despiadado pero valiente. Este es más sobrio, pero cobarde, como todos los que llevan su apellido. Es ladino y encuentra siempre la forma de meterle el miedo en el cuerpo a cualquiera, porque se siente superior, porque el resto sabe que tiene todo el respaldo del mundo. Y puede, desde su posición, oscura y hasta escurridiza, tomar decisiones trascendentales. Lo sabe hasta Díaz-Canel, que le teme.
Aquel era vengativo, pero impaciente. Cuando tenía 18 años y era cardenal, le pidió al padre que lo dejara mandar a las tropas. Este esperó. Nunca mandó tropas. Cuando estuvo en Angola los oficiales que estaban por encima lo cuidaron como si fuera la niña de sus ojos. El sabía que lo suyo era cuestión de tiempo para llegar a general, porque la oportunidad la tenía en la sangre.
Un Castro ya no dirigirá Cuba. Pero la familia Castro sigue teniendo influencia.Lucrecia Borgia fue víctima de todos. Pero, de tanto ser víctima aprendió. La Lucrecia de Cuba, Mariela Castro, es baja y sucia. Dice una cosa por delante y otra por detrás. No tiene pudor para mentir ni para engañar. Vende una imagen, la de mujer tranquila, dócil, entregada a la familia y a la causa, y no es nada de eso. Solo aprovecha cada momento para exprimir cada vez más a un país que se ahoga en la miseria.
Le juró a su padre que estaría con él hasta el día que muriera, pero hasta el nonagenario general sabe que al día siguiente se irá a Italia, a disfrutar con su esposo italiano Paolo Titolo y su familia todo lo que se robó de Cuba.
Con esos personajes tiene que lidiar el pueblo cubano. Esos dos son los que verdaderamente gobiernan y que nadie dude que en algún momento haya pasado por su cabeza la idea de hacerse con el poder, públicamente. Porque esos tienen menos escrúpulos que los Borgia.