LA SUERTE DE PIPO

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Por Renay Chinea

Barcelona.- Lo tomé de la mano y comenzamos a andar por el patio de la escuela, ahora lleno de mujeres marroquíes que vienen a buscar a sus niños y forman espontáneos corrillos con su acento magrebí y sus batilongos de colores. Pipo, que iba tarareando una canción, de pronto me pregunta:
-Papá, te sabes esa que dice:
El meu avi se’n va anar a Cuba
a bordo del «Català»
el millor vaixell de guerra
de la flota d’ultramar.
El tarará ri-ra-ra-ra
i ra-ra-ra mariners
eren nascuts a Calella de Palafrugell…
Recuerdo vagamente esos versos. En el imaginario popular de Catalunya, Cuba es como la isla de San Borondón: aparece y desaparece. Se le olvida y agazapa, pero está. Unas veces díscola, otras mansa, mas siempre alegre. A menudo con ese mohín de bajeles y cantar marinero que hoy describe la siempre engañosa memoria. Como la historia -falsa- de la canción al Monserrat que balbucea Pipo. Como las brumas de la Cipsela, que alguien dice que escuchó a alguien contar.
En el duro comienzo del 2004, aun no lo sabía. Arrastraba mis días por Catalunya pidiendo un imposible -trabajo- y fui a parar a lugares que hoy me desternillan de una carcajada cada vez que surcan mi memoria. Hace poco, fui a comprar un mármol para una mesa a una cantera de piedras que está a la entrada de Palamós. De pronto, me atendió un señor a quien le pedí trabajo por aquellos días de supervivencia gris.
-Muéstrame tus manos -me dijo- y yo alcé tembloroso mis dos herramientas como quien enseña el arma de un crimen.
-Déjalo- respondió moviendo la cabeza. -Búscate otra cosa… nunca has hecho esto y es muy duro. -sentenció. No se acordaba de las manos que ahora le entregabann 300 euros por un hermoso pedazo de mármol de Zimbabwe.
El poeta Postumius Rufus Festus también habló sobre lo no visto… Desde la esquina a Codina, si te lo propones, puedes descubrir entre los pinos el gran azul de la Cipsela, aquella colonia griega que describió un fenicio y le contó a otro vate quien inspiró a Rufus para hacer en Ora Marítima, la primerísima descripción de las costas de Hispannia. En sus arenas de grano redondo y suelto, se celebraba aquel día un Festival de Habaneras.
Esa mañana, como otras tantas me disponía a preguntar por los baretos o restaurantes, si alguien necesitaba un friegaplatos, un barman o un algo de cualquier cosa de lo que fuera. Había dejado a Cuba atrás en octubre, ya era Primavera y escaseaba el pecunio. En pleno paseo, donde encandila el turquesa y ondea el prusia me adelanta un padre y su hija. La niña, de unos cinco años, mostraba su enfado porque Papá se la había llevado de la canturria.
-Pero yo te la puedo cantar, hija. A ver, ¿cual quieres que te cante? -dijo el padre atribulado.
-Mira, -dijo la niña- esta que dice… -y empezó a silbar.
Ahora vivo en el número 5 de la calle Suquet, en Calella de Palafrugell. Y estaba encantado con el nombre de mi calle estrecha, calma y con una colina que al final termina separando mi casa de la pared de la Iglesia. El Suquet, que a mi me gusta mucho, es un plato muy mediterráneo y aparece por primera vez en el Llibre del Sent Soví, un compendio de recetas de cocina medieval, probablemente de 1324, y base de la comida catalana y mediterránea. Fue el primer libro culinario de la época post-románica y -quizás- el primero escrito en catalán.
Pero estaba equivocado. Mi calle no esta dedicada al plato de Suquet -que viene a ser Salsita, en catalán y terminó por ser enriquecido con la patata americana- sino a Lluis Suquet Castellón, ¡él último callenqués de la guerra de Cuba!.
-Papa -me dice Pipo medio intrigado-: ¿Nuestro Avi (abuelo), se fue a Cuba?… -Y me quedo meditando a todo gas una respuesta.
-Sí. Se fue allá hijo… hace muchos muchos muchos años.
-¿Y en un vaixell de guerra?
-¡Claro hijo!. En el mas grande y mejor de la flota de Ultramar…
Sostiene Moreno Fraginals que España llegó a acampar en la isla a mas de 200 mil hombres, una cantidad igual a la que George Bush padre, puso entre el Eúfrates y el Tigris para hacer recular a Saddam en el 92.
Lluis Suquet, hijo de una familia que vivía como todos de faenar en el mar, fue uno de aquellos jóvenes de Calella de Palafrugell que España reclutó a la desesperada, cuando arreció el Mambí y tronaron los Remingtons americanos. Partió de Cádiz el 8 de abril de 1898, como Marinero segundo en el Crucero Acorazado Cristóbal Colón, al mando del celebérrimo Almirante Cervera y Topete, uno de los peores jefes militares de la Historia de la navegación.
El Cristóbal Colón había sido fabricado en los astilleros de Ansaldi Sestre Ponente, de Genova, en 1896, pero nunca fue proveído con su arma reglamentaria, un poderoso cañon Armstrong de 254 mm, porque estaban todos defectuosos. Huyó hacia el oeste a las primeras horas de la mañana del 3 de Julio de 1898, intentando escapar del asedio de la Armada Americana. Lo hubiese logrado, pero se quedo sin carbón y los marinos lo encallaron antes de entregarlo.
El nombre de mi calle esta en la lista de marinos españoles, prisioneros en Estados Unidos y regresados a España con honor. La batalla de Santiago de Cuba sonó durante muchos años por boca de Lluis, entre los bares y restaurantes de lo que un día, hace mil años, Rufus llamó: La Cipsela.
-¡Ah, ya la conozco! -dijo el padre ante la insistencia de su pequeña. Es esta:

«Después de un año de no ver tierra
porque la guerra me lo impidió
regresé al puerto donde se hallaba
la que adoraba mi corazón.
Ay, qué placer sentía yo,
cuando en la playa sacó el pañuelo y me saludó…».

Ya en el coche, con Pipo acomodado en su silla, recordé el talle de una mujer que abandoné en La Habana. Y pensé en la desdichada vida de los marineros del siglo anterior. Y en la Bella Lola que un día dejé.
-Algún día nos iremos nosotros también? -disparó Pipo.
Miré el retrovisor, alcé la vista y puse primera. No es importante lo que le respondí.