APUNTES PARA UNA CIVILIDAD MALTRECHA

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Por Ernesto Fundora (Dedicado a Luis Manuel Otero Alcántara)

México DF.- Lo cubano no es una sustancia pura, inerte o petrificada en los anales de la historia, sino una aleación en vigoroso proceso, un alocado esperma que rompe muros hasta alcanzar el óvulo de su fascinación mayor. Se cataliza o se fermenta según lo disponen el destino y la enjundiosa necedad de los caprichos.

Se trata de un ir y venir de lo latente a lo insuflado, como un puentear del trigo a la harina, de la masa al pan, de la siesta a la consagración, bendecido siempre por el don de la síntesis, por una capacidad integradora que nos asombra y humilla en su reverberancia.

Porque el cubano se empina hiperbólicamente siempre descontento con lo exacto, herético ante lo firme, inconforme con lo estático. Por eso rinde culto al hambre y a los voraces apetitos, por eso grita en lugar de hablar, por eso considera a su isla como un paraíso recobrado y arrobado. Pocos pueblos trasiegan confusa y venturosamente desde la euforia hasta la catarsis sin que se le empalague el entusiasmo. Pocos pueblos han entendido esa forma extravagante de meditación que se alcanza bailando al compás de la síncopa. La matemática y la rígida métrica son ciencias que estorban a nuestra condición aleatoria.

Lo cubano cabalga sin bridas y sin estribo, con afanosa intuición, pero en su carrera le queda chica la isla, por eso necesita imaginar nuevas fronteras. Le da igual que sea un pantano o un desierto, le da igual el paisaje de fondo porque lo cubano trae el imperativo de germinar aunque para ello tenga que devorarse primero a sí mismo. No olvidemos que se trata de una nación que pese a todas las catástrofes, habidas y por haber, siempre se propone ser feliz, siempre baila sobre las heridas.

Hablamos de un pueblo que solo ha conocido la libertad en la encrucijada fervorosa de su música. Su bandera de rígidas franjas, de triángulo isosele y estrella masónica, no le hace justicia, porque su verdadera insignia es la obstinada sobrevivencia, la invocación de la alegría. Nadie como el cubano para ponerle azúcar a la tempestad. Nadie como el cubano sabe subirse sobre sus propios hombros y saltar contra sí mismo. Nadie como el cubano para mirarse en el espejo de sus aguas fangosas, para empeñarse en ser hermoso pese a las muchas tiranías y los recurrentes despojos.

De un lado del trapecio ha puesto su corazón, del otro, su forajida cabeza, pero olvida casi intencionalmente revisar la pujanza de las cuerdas. La vida para este ecléctico sujeto se dirime al filo de todas las navajas incluso de las herrumbrosas. Acaso en la exuberancia de un instante, en la emancipación fugaz que provoca una rumba de alegría tortuosa se juega la carta de lo sagrado el cubano. Grande como su Morro colonial o como su inservible Capitolio republicano es la ingenuidad de ese pueblo. Lleva dos siglos parado frente al paredón y sin embargo exhibe carcajeante sus dientes antes que eyacule la fusilería.

El cubano no es harina de otro costal, es el propio costal que se vacía constantemente, no presume sobreabundacia sino capacidad para no extinguirse pese a la persistencia de lo ausente, desafiando la tenacidad de lo que huye. Creador perenne de metáforas se ensueña con lo que se escurre por la esquina del plato. Cinco imperios nos mordieron y tuvieron que escupirnos, el caníbal, el español, el británico, el gringo y hasta el ruso . Si no fuera por su lujuria Cuba ya se habría extinguido.

Pocos pueblos tienen la Magna conciencia de la consagración de su eros. El hastío ha constituido una nueva geografía: los reverberantes ríos de leche. Pocos pueblos saben galopar sobre lo incierto lanzándole flechas a las nubes. Algún día nuestro escudo será una balsa serpenteada por un tiburón verde olivo al que ya le comieron las aletas. Qué raro es mi pueblo tan sensato y rabioso, cariñoso hasta para morderse el muñón.

Te lo digo en confianza por si mañana se necesitan apuntes sobre una civilidad maltrecha. Imposible vencer a una tribu que aprendió a brindar con las jarras vacías. ¿Qué va a pasar con nosotros mismos? Solo lo sabe Dios, agobiado en un rincón del universo, buscando la molécula que congenie la carcajada eterna con el sollozo punzante.