S.O.S AL HOMBRE QUE ALIMENTÓ A LOS DESVALIDOS EN GUANABO

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Los comunistas, dirigentes o no, siempre buscan algo detrás de las buenas acciones de los hombres para intentar denigrarlos. Tal vez porque ese es su modus operandi, creen que los demás actúan de la misma manera, con la intención de sacar rédito de algo.

Ayer me visitó una amiga, cuyo nombre me voy a guardar. Somos amigas, a pesar de estar en aceras diferentes. Crecimos juntas, jugamos en su casa o la mía cuando éramos pequeñas, porque la pared de una vivienda era la de la otra. Y los padres de ambas creían, con fe ciega, en el proyecto que enarbolaba el castrismo.

Luego, ella se fue con sus padres al exterior, porque eran diplomáticos. Los difíciles años 90 los pasó en Argentina, primero, y después en España. Los míos murieron y tuve que enfrentarme sola a la vida desde muy joven, casi niña, y no tengo los mismos motivos que ella para tenerle fe a esos en los que ella cree, a pesar de que ha visto mundo, ha conocido y ha disfrutado el capitalismo.

De hecho, sus historias, cada vez que me visita, guardan alguna relación con algunos de esos momentos que vivió en el extranjero.

Ayer vino a verme. Cierto es que no le interesa que yo esté mal mirada en el barrio, que de vez en cuando me dejen algo en la puerta. Ella siempre está y eso se lo agradezco, aunque a veces me duelan sus razonamientos, como eso de que el hombre que dio la cena como a 180 personas en Guanabo lo hizo para anotarse puntos, para hacer clientes, porque no se cree que alguien haga eso.

Sobre eso tuvimos un cruce de palabras, con lanzas en las manos y apuntándonos al rostro, como ha sido siempre, desde niñas, que no coincidimos en algo. Ella no cree en la buena fe, y yo sí. Ella cree que el hombre lo hizo para ganar popularidad y yo no. Lo hizo, que es lo importante, y no me importan los trasfondos. Hay gente buena en este mundo, incluso en este país.

Para ella es imposible. Para mí, no todos son como esos que se atrincheran en sus lujosas mansiones, de las que solo salen olores, mientras fuera, a cierta distancia -claro- los desvalidos mueren de hambre. Y no voy a decir nombres, pero en esa lista pudiera incluir a todos los barrigones que gobiernan el país y sus familias.

Puig González, el hombre que ofreció la cena, y sus trabajadores hicieron algo que no es normal en Cuba. Dio de comer a muchas personas. Destinó sus ganancias a ayudar -y si es una vez no importa- a los desvalidos. Lo hizo alguien con recursos limitados, de esos que se la juegan para tener un bar, porque no son Sandro Castro, que tiene vía libre para todo, incluso para importar lo que necesita su bar.

El nieto del dictador no lo hizo, pero si lo hubiera hecho, mi amiga y los acólitos del castrismo habrían dicho que, a pesar de las críticas, conserva la esencia de compartir que heredó de su familia. Una mentira, por supuesto, porque los Castro jamás compartieron nada.

El padre de los dictadores era casi un esclavista en Birán. Allí, durante años, pagó con comida las cañas a los campesinos y tenía a haitianos como esclavos. Y yo estuve en aquel lugar y escribo con conocimiento de causa. A la opulencia de la familia feudal, se oponía la pobreza de los haitianos, que vivían en casas de guano y yagua, con pisos de tierra.

Unos comían opíparamente, dormían en camas mullidas y sus hijos tenían todos los cuidados. Los otros comían tasajo y boniato, que era la comida de los esclavos antes de que Céspedes decidiera que era la hora de hacerlos libre y diera el ejemplo.

El hombre de Guanabo, y me duele decirlo, le dio tal vez la última comida decente a algunos ancianos, y yo no lo voy a juzgar, ni voy a buscar trasfondos en su actuar. Lo hizo y es lo que me importa.

Los comunistas lo ven mal. Ya están buscándole la quinta pata al gato los de abajo. En cualquier momento aparecerá una editorial en algún medio, o Humberto López saldrá en televisión, con su lamentable histrionismo, a intentar descalificarlo. Incluso, es posible que le manden a inspectores y policías, que le revisen las cuentas hasta el más mínimo detalle, que le pidan comprobantes y que lo multen cuando le falte algún documento.

El hombre de Guanabo ha hecho algo grande. Ayudó a un grupo numeroso de personas y tal vez dio el primer paso para que en un futuro otro -menos Sandro Castro- hagan lo mismo. Pero esos ejemplos en Cuba no gustan. El régimen no lo va a permitir y tendrá que cuidarse, porque su negocio está en peligro.

Estoy convencida. Sé cómo actúa el régimen y estoy segura de que no se quedará con los brazos cruzados. Un hombre desnudó al sistema y mostró la pobreza en la que viven ancianos y niños y eso es intolerable. Mi amiga me lo dejó claro, al decirme que algo hay detrás. Y se la van a cobrar. No tengamos dudas.