LA ÚLTIMA PELEA DE EL YUNQUE

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Por Oscar Durán

La Habana.- Mi amigo Marco Aurelio Santiesteban Pérez se está muriendo. Él lo sabe y todos los días se despide de mí antes de acostarse. Dios me debe mandar una muerte tranquila, no puedo más con este calvario, me dice mientras agarra un pañuelo y se sacude par de mocos.

Marco Aurelio toda la vida fue vendedor de raspadura, pero le gustaba boxear como entretenimiento. La primera vez que entró a un ring de boxeo fue con 10 años. Le pusieron unos guantes bien gastados y a los cinco segundos mandó para el piso a otro niño que cayó redondito sin conocimiento. Directo para el hospital infantil. Solo había 12 personas presenciando la escena. Desde entonces, nadie lo llamó por su nombre. Todos le apodaron El Yunque.

Marco era muy bueno en béisbol, voleibol, baloncesto, natación. Nació para el deporte, sin embargo, el boxeo era lo suyo. Sus manos eran muy grandes, los brazos largos. Negro de piel, con una estatura de 1,83 cm y no le tenía miedo ni a su sombra. Su casa siempre fue un llega y pon con paredes de cartón y se pasaba todo el tiempo dándole piñazos a un árbol de algarrobo que había a pocos metros de su casa.

El Yunque nunca llegó a un equipo nacional , ni siquiera provincial o municipal. Nadie pudo guiarlo o encaminarlo a ser un grande del boxeo. No obstante, en las peleas callejeras organizadas por el INDER, mandaba a dos o tres para la lona. Incluso, a rivales mayores y con más preparación. El barrio se llenaba nada más para verlo pelear. Era un espectáculo aquello.

El 24 de octubre de 1997, todo el reparto La Cañada salió a ver el “combate del año”, como lo anunciaron en el barrio. Trajeron a no sé quién para echarlo con el Yunque. Yo tenía 12 años y recuerdo todo como si fuera hoy. Mis compañeros estaban ilusionados por ver el combate y dejaron sus play de pelota para presenciar la supuesta entrada a piñazos que se iban a dar. Por primera vez conocí a un apostador, esa especie de vago con dinero y de vida elevada. Sacó un fajo de billetes envuelto en una liga y dijo en voz alta: “voy dos mil tablas al niche más grande”. Nadie le respondió.

Marco Aurelio tenía el cuerpo cuadrado como si fuera un bloque de cemento. Si me preguntan a mí, ni Stevenson le ganaba. Sin embargo, uno se pone a pensar y no comprende cómo dos tipos dándose trastazos durante cinco round puede ser de tanto agrado y algarabía. Cuando un boxeador cae a la lona y el público empieza a gritar uno, dos, tres, cuatro…, eso se disfruta más que el gol de Maradona frente a Inglaterra o un jonrón de Kindelán a Estados Unidos.

A el Yunque no lo debieron apodar así. El asesino le pegaba más. Sus peleas duraban un solo asalto y el rival apenas podía respirar. Ese día, cuando sonó el silbato -ni en la iglesia había campanas porque se las robaron- y arrancó la pelea, Marco salió a comerse a su oponente. A los 35 segundos, su rival estaba en el piso como si fuera el Cristo de Río de Janeiro acostado en el pavimento. Me dio lástima ver esa escena. Una mujer, que no sabía ni papa de boxeo, exclamó asombrada: “pa´la pinga, qué clase patada le dio”.

Esa fue la última vez que alguien vio a Marco Aurelio en un ring. Se aburrió, ya no estaba para eso. Fue un mensaje directo. Si nadie me hace resistencia, yo no sigo más en esto, seguro dijo por dentro. 

Me imagino que desde hace rato ustedes se estén preguntando cómo nadie pudo captar a un talento tan grande. No tengo una respuesta. Incluso, le pregunté varias veces a Marco y siempre respondía con la misma humildad: “no era tan bueno, muchacho”.

Sin saberlo, ahí mismo dejó de ser feliz. Siguió con su bicicleta china forever vendiendo raspadura a 50 centavos. Es un hombre satisfecho, conforme. Quizás nunca pensó que la vida le daría un talento y para ser una persona de éxito, un campeón olímpico o tal vez mundial.

Como El Yunque, hay miles de personas así en Cuba. Ahora tiene 81 años y se está apagando poco a poco. Lo deben transfundir una vez al mes. Está hinchado, lleno de dolores. Se sienta en un sillón, con un radio bien antiguo y escucha Deportivamente día por día. A veces no tiene nada para comer y la gente lo ayuda. El pobre, está solo.

De vez en cuando, toco su puerta para visitarlo y no sale. Pienso en su cautiverio físico y cerebral, como si tuviera un doble presidio. Sin embargo, es sorprendente su aplomo. Sabe que se va a joder pronto y anda sereno. No esperó el año nuevo. Desde las ocho de la noche ya estaba acostado, boca arriba, con una toalla húmeda tapándole los ojos.

Aunque parezca duro, la muerte debe pactar una última pelea con él y noquearlo a los 35 segundos. A fin de cuentas, sería su primera derrota, después de 81 años invicto.