HÉCTOR Y TITO

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Por Héctor Miranda (Tomado de Facebook)
Moscú.- Desde mediados de la década de los años ´90, el dúo formado por Héctor Delgado Román y Efraín Fines Nevárez causó furor, pero no con ese nombre, sino con el de Héctor y Tito. Y Tito era el Bambino.
Desde 2004, José Meriño y yo formamos equipo como periodista y fotógrafo. Íbamos por ahí, por cualquier lugar, a seguir la Serie Nacional de Béisbol. Solo dentro de Cuba, aclaro, porque como dos de mis hijos estaban fuera, no me dejaban salir más allá de las fronteras. Pero ese no es el tema ahora.
Una tarde llegaron los medios de prensa al hotel Balcón del Caribe, en Santiago de Cuba, para la parte final de la serie. Santiago tenía una banda y valía la pena ir hasta el Guillermón Moncada para ver el desenlace. Era el equipo de Norge Luis Vera, sobre todo. Había otras estrellas: Héctor Olivera, Alexei Bell, Pedro Poll, pero nadie brillaba como Vera, para mí el mejor lanzador cubano que vi desde que, a mediados de los años 70, comencé a seguir la pelota.
Vi buenos: Vinent, Julio Romero, Changa Mederos, Rogelio, Rolando Arrojo, el Duque, Arocha, Maels, Contreras, Lazo, Cheo Ibar… pero para mí nadie lo hacía como Vera. Yo creo que cuando quería ganar, lo conseguía.
Al frente del grupo de prensa, como siempre, iba Torriente, un señor muy respetuoso que trabajaba en prensa del Inder. Antes de bajarnos del ómnibus nos dijo que estaríamos dos en cada habitación y que formáramos equipo. Era fácil, porque la mayoría de los medios tenían periodista y fotógrafo. Mi compañero de habitación era Tito.
En la carpeta, como todo estaba amarrado de antemano, solo te pedían el nombre de los dos inquilinos y te daban la llave.
-¿Cuáles son sus nombres? -les preguntó la muchacha a los dos primeros.
-Sigfredo y Ricardo.
-¿Y ustedes dos…? -les dijo a los siguientes.
-Raúl y Moreno.
-Sus nombres… -dijo, mientras señalaba a Tito y a mí.
-Héctor y Tito…
-jajajajajaj… rió estruendosamente y luego agregó: Seguro que me van a cantar “Baila Morena”. ¡Escucha esto, Roxana!: Tenemos a tus cantantes preferidos acá.
Se abrió una puerta y salió Roxana, una mulata encantadora, de unos 30-32 años, que desde entonces quedó prendada de Tito, para toda la vida. Y Tito de ella, porque desde entonces me la recordaba siempre.
Otra vez, en el mismo Santiago, pero en otro hotel, este de mala muerte, nos alojaron a cuatro en dos habitaciones con una sola puerta de entrada: Titó y yo en un cuarto, y en el otro, Yamil y Eddy Martin, el hijo.
Una de esas tardes en las que no se hace nada, en espera del partido de la noche, Tito estaba asomado a la ventana de la habitación y vio llegar a una de las carpeteras en una moto, que en Santiago es, desde tiempos inmemoriales, el medio de transporte que se usa como taxi, porque en aquella ciudad, por las lomas, no funcionan los caballos y los coches como en la mayoría del país.
Tito, además del compañero ideal para esas coberturas, es de mis mejores amigos, un tipo en quien se puede confiar siempre, para cualquier cosa, incluso para bromas.
Esa noche me dijo:
-La carpetera de turno es una rubia fea, gorda arriba y delgadita abajo. Vamos a correrle una máquina.
Dicho y hecho.
-Recepción, buenas noches…
-¿Me dices, tu nombre?
-¿Por qué habría de decirte mi nombre, si no sé quién eres?
-No sabes quién soy, pero yo sí sé quién eres tú: la muchacha rubia, hermosa, de cuerpo voluminoso y senos escandalosos, que estuvo el lunes y que hoy llegó en una moto. He pasado cuatro veces frente a ti, pero no miras a los huéspedes -dije, y la mujer dejó escapar una sonrisa y un suspiro. Posiblemente hubiera sido el primer halago en mucho tiempo.
-Eres muy amable. ¿Cómo te llamas?
-Eddy… Eddy Martin.
-¿Pero no eres el narrador, verdad? -preguntó con un poco de dudas, aunque los equipos de la televisión se alojaban en otros hoteles. Aquellos de mala muerte eran para los medios escritos, entre los que se incluían las agencias.
-Soy el hijo.
-Tú papá, a pesar de ser mayor, es un hombre apuesto. ¿Te pareces a él?
-La gente dice que parecemos hermanos
-Pues es un gusto que te hayas fijado en mí. Me divorcié hace poco y no la he pasado bien, porque el padre de mis hijos… mi ex… es celoso y me quiere hacer la vida imposible.
-Lo siento. Los hombres solemos ser así. ¿Estás sola ahí?
-No, con otra compañera, pero ahora ella descansa un ratico. Y en unos 20 minutos me toca descansar a mí… ¿Por…?
-Porque me gustaría hablarte un rato…
-Pero no puede ser acá. Ella es familia de mi ex y no quiero que me vea, y le vaya con el chime (así, sin la s).
-Puedes venir a la habitación. Soy de la 26 y duermo en la cama que está a la derecha, en el cuarto de la izquierda.
-En unos minutos paso a verte.
-Si me duermo, me llamas, pero estaré despierto.
Un cuarto de hora después, Tito y yo sentimos unos pasos en la acera, que se fueron haciendo más sutiles a medida que se acercaban a la habitación. Luego, la puerta, que habíamos dejado sin seguro ex profeso, se abrió lentamente. Y luego la otra, la de la habitación de Eddy. Y luego…
-¡¿Pero quién eres tú?! ¿Qué quieres? -preguntaba Eddy, que se había dado unos tragos al llegar y dormía plácidamente.
-¿No eres Eddy?
-Claro, el mismo… pero ¿qué paso?
Tito y yo cerramos la habitación nuestra, y no escuchamos nada más de lo que ocurrió o hablaron. A la mañana siguiente, cuando íbamos al restaurant a desayunar, Eddy estaba recostado a la carpeta, y cuando pasamos le dijo a la mujer:
-Mira, Gloria, uno de esos dos hijos de puta tuvo que ser quién llamó.
Tito y yo nos miramos sorprendidos, intentando aparentar que no sabíamos del tema. Y creo que lo conseguimos.
Desde esa vez, Eddy siempre se hospedó en aquel hotel.