EL ÚLTIMO DISCURSO DE RAÚL CASTRO

0
91

Por Anette Espinosa

La Habana.- Mi amiga Anita, compañera de la universidad, aunque de carreras diferentes, me llamó insultada. No se podía creer que la televisión cubana pusiera íntegro el discurso de Raúl Castro y que poco después, en el Noticiero Estelar, lo fueran a repetir completo.

“Es una cosa de locos”, me dijo la amiga, espantada por la forma en que los gobernantes manejan a su antojo los medios, por la manera en que manipulan todo: “Total, si fue un discurso cualquiera, uno más, en el que trató de explicar la historia a su manera, como han hecho desde que llegaron al poder en 1959”.

Le reproché cosas a Anita, entre ellas el valor que tuvo para escuchar al menor de los hermanos Castro, con aquella voz engolada que pone cada vez que sube a una tribuna, aunque cada vez se le notan más los años, porque confunde palabras, lee mal y sufre pequeños lapsus, aunque no puede ser diferente en alguien que ya sobrepasó los 90 años, por muy bien cuidado que haya estado.

A Santiago se llevó Raúl a todo su séquito. Allí estaba el presidente y supuesto dirigente máximo del Partido Comunista; el presidente de la Asamblea Nacional, Esteban Lazo; el comandante Ramiro Valdés, el ansioso Ramiro, uno de los que quiere que Raúl se acabe de morir para que su nombre aparezca alguna vez como “líder histórico” y no como uno más. Cualquiera sabe si tiene más ambiciones y cuando muera -que ha de ser pronto- Raúl Castro, destrone a Díaz-Canel y se arroje todos los derechos sobre el país.

Había generales y un adormilado Machado Ventura, que despertaba de vez en vez, cuando los presentes aplaudían alguna cosa que decía su jefe directo, el que lo ha protegido por casi 70 años.

Lo admito, yo no tuve corazón para escuchar el discurso, porque sabía por donde iría: un poco de historia sobre lo que ocurrió el primero de enero de 1959 y la entrada de Fidel Castro en Santiago de Cuba, lo contrario a lo que ocurrió con Calixto García, cuando las fuerzas estadounidenses le impidieron entrar a la ciudad, una vez ganada la guerra a España.

Él, en Santiago, a donde lo mandó su hermano a desarmar las guarniciones de la ciudad y poner todo en orden antes de la llegada del gran líder de entonces, convertido en déspota, sátrapa y asesino después.

No podían faltar las alegaciones a la supuesta confianza en el pueblo y en los jóvenes; los espaldarazos a los dirigentes actuales de la revolución, que cuentan con toda su confianza, porque, al fin y al cabo, a pesar de sus años y su chochera, es quien pica el bacalao, y lo que él dice es lo que se hace, siempre con la asesoría de sus hijos Alejandro y Mariela.

Tampoco olvidó el “afán de lucro” de quienes se prestan para hacerle el juego al imperio, al enemigo yanqui, al culpable, según él, de todos los males que padece la isla. Dijo que algunos de los que intentan campañas contra la revolución lo hacen por dinero, pero otros, aclaró, lo hacen por espíritu de siervos, dando a entender que la única posición digna que se admite en Cuba y entre los cubanos del mundo, es la de ser servil a la revolución.

Para Raúl Castro, como para su difunto hermano, estás con ellos o no eres digno, no cuentas, o corres el riesgo de que te pisoteen, te mancillen, te humillen, te golpeen o te maten. Lo dejó claro, aunque adornó sus palabras.

También consideró que la revolución tiene otros críticos: “aquellos inconscientemente agobiados por las dificultades cotidianas”, y acá me detengo. Dijo, textualmente: “inconscientemente agobiados”, como si lo que viven los cubanos fuera el fruto de la fértil imaginación del pueblo y no de la crisis y del caos de 65 años de políticas erradas. No hay, para Raúl Castro, dificultad alguna, todo es fruto de un agobio imaginario, del cual él no tiene ni la más mínima idea, porque agota sus últimos días en su casa de La Rinconada, en paseos por sus jardines, comiendo lo que le apetece, viendo alguno de sus programas preferidos de televisión, ansioso porque llegue la tarde para que los hijos le permitan tomarse las dos líneas de wisky de cada día. No más, porque si se le va la mano se pone insoportable.

Nunca se olvidó del hermano. Lo tuvo siempre presente, incluso lo citó, ante un público que lo aplaudió por momentos, como no podía ser de otra forma, por la militancia de los presentes allí.

“Sé que expreso el sentir de la generación histórica al ratificar la confianza en quienes hoy ocupan responsabilidades de dirección en nuestro partido y gobierno y en las demás organizaciones e instituciones de nuestra sociedad”, dijo, para dejar claro que mientras quede uno de esos que peleó en la Sierra, los que quieran dirigir tendrán que contar con su visto bueno. Y Ramiro Valdés se frotó las manos.

Llamó a los peones -léase cuadros- intermedios a justificar la confianza depositada en ellos, a no ser ingenuo y “a encontrar soluciones realistas, con lo que tenemos”, como si hubiera con qué darles solución a los problemas.

El discurso del delfín de los Castro se me antojó como un manifiesto póstumo, como el del que sabe que no hablará más, porque el paso inexorable del tiempo se lo impedirá. Ese momento lo esperamos todos, porque su partida definitiva puede provocar cambios definitivos en Cuba, aunque algunos lo duden.

Si es así, si es el último, hasta yo, que jamás escucho esas peroratas, perdonaría que lo hubieran puesto dos veces en televisión en un lapso pequeño de tiempo, aunque mi amiga Anita estuviera molesta porque su hija pequeña quería ver otras cosas