13 QUINQUENIOS GRISES

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Por Carlos Cabrera Pérez

Madrid.- Hace 65 años, con la aquiesencia mayoritaria de una población noble, entusiasta y esperanzada, se inauguró en Cuba un monólogo totalitario que dura trece quinquenios y que, en su agonía, sigue reforzando mitos y estrategias fallidas.

Hablar del pasado, incluidos claroscuros, implica remover periódicos viejos, que no van a ningún lado, pero me ha llamado la atención la abundancia de enfoques económicos sobre el aniversario, cuando lo que cruje a Cuba es esencialmente político, con una casta verde oliva y enguayaberada, como epílogo de una dictadura sexagenaria.

Cuba es una anormalidad política y humana, que no resiste el más ponderado análisis, porque en el mundo, tras el fin de las dictaduras en Occidente y Oriente, con las excepciones conocidas del Medio Oriente, Corea del Norte y China, la democracia y pluralidad se han impuesto de manera rotunda, pero el pan con na, parece no enterarse y pretende mantener el calabozo flotante, aunque reivindica y jalea las victorias electorales de sus aliados, critica a adversarios y se apoya en ONU y su sistema, mientras persigue y aplasta a los cubanos que no comparten su fracaso consuetudinario.

El hambre de comida, medicamentos, agua potable y electricidad solo acabará cuando Cuba sea democrática y libre, aunque siga siendo una nación empobrecida y dependiente, hasta que el capital humano made in revolución transforme la economía, sin descuidar la igualdad -no el igualitarismo de OFICOLA- y la justicia social, que son consustanciales a la democracia, como lo es el estado de derecho.

Por tanto, la crisis estructural de la economía jinetera es consecuencia y no causa del comunismo de compadres obcecados, egoístas y cobardes. Disentir es tan humano como respirar, pero el tardocastrismo -cual borracho del chiste de Álvarez Guedes- vive convencido que los equivocados son los millones de cubanos que los desprecian y repudian, incluidos quienes simulan con lemas y pancartas mentirosos y anticubanos.

El problema de Cuba no es económico, no es el embargo estadounidense ni las sanciones, sino la incapacidad de la dictadura más vieja de Occidente para reconocer que fracasó por pretender imponer el pensamiento único a un pueblo noble, bullanguero e irresponsable hasta el extremo de creer en el penúltimo mesías.

Una muestra del fracaso estrepitoso del partido comunista anticubano es la continua resistencia de sus víctimas a su renuencia a democratizar la nación y el desastre político es de tal magnitud, que una parte de los cubanos, evoca el batistato como tiempo mejor y otra a Fidel Castro, ignorando su responsabilidad histórica en el naufragio.

La mayoría de las nuevas generaciones -como también ocurre en otras latitudes- desprecia cuanto ignora, comportándose como ignorantes políticos e históricos, que es otro triunfo del poder obsoleto, que propugna la ignorancia como herramienta de dominación, aunque teme que los simuladores protagonicen otro 11 de julio.

Los guardias – que son el verdadero poder en Cuba desde el raulismo usurpador- y el actual gobierno, no son políticos, solo relativistas morales que se subordinaron a la estrategia del gurú López-Callejas, que los dejó embarcados con su prematura muerte y una estrategia que socializó pérdidas y privatizó ganancias para el clan reinante.

La política, por muy vivos que se crean los sanacos uniformados, sirve para transformar la vida de las personas o para joderlas y estos están abonados a la segunda opción; de ahí los vergonzosos reportajes de la prensa a sueldo sobre ferias agropecuarias y otros inventos, como una casa de niños en Consolación del Sur, a la que han nombrado Los pequeños arroceritos, cuando la escasez de arroz es inconmensurable.

Nada de esto es sorprendente, es la consecuencia natural de trece quinquenios de anulación del goce de la discrepancia, de la simulación perenne y de acatar sin rechistar las ocurrencias del máximo líder de turno, que han patrimonializado a Estados Unidos y la contrarrevolución como causa de todos sus males; un cuento que no se creen ni los pequeños arroceritos.

Ahora solo hay más descoordinación gubernamental, que es otra muestra de las carencias políticas del Buró Político, que creyó en qué, para legitimar al presidente y el primer ministro, solo bastaba dosis de prosperidad administrada, que es el método favorito porque toda riqueza genera expresiones políticas y los ciudadanos prósperos son más libres que los empobrecidos.

Pero ya que la dictadura, sus agentes de influencia y exégetas, incluidos gusañeros, creen que el problema es económico, cómo explican que -desde 1989- los cubanos no pueden vivir de sus salarios y tengan que acudir al pluriempleo y/o el invento, que siempre es un aliado de la inseguridad del estado, porque puede reprimir a quienes disienten por unos galones de gasolina o un poco de arroz mal habidos.

Mientras no haya democracia, no habrá una economía vigorosa, mientras no haya libertad, no habrá riqueza; mientras no haya un estado de derecho, no habrá justicia ni igualdad. Y ya pueden decir misa los encofradores de serpentinas para las glorietas y papalotes en almíbar.

Y si la revolución es tan virtuosa, ¿cómo se explica que muchos de sus protagonistas, a la que dedicaron sus mejores años creídos que sus nietos vivirían en la Arcadia feliz de la abundancia, sean hoy víctimas de su error y, los más afortunados, vivan de sus hijos y nietos exiliados en Estados Unidos y otras playas de extravío.

El tardocastrismo es costra, herida e insulto.

¡Viva Cuba y vivan los cubanos!