LA HISTORIA DETRÁS DE LA FOTO (XIII)

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Por Jorge Sotero
La Habana.- La foto se hizo viral en los últimos días. Aparece por cualquier lugar, en el muro de un amigo u otro, siempre con comentarios que demuestran que no hay nada de extrañeza en situaciones así. Unos se lo toman a broma y preguntan si es Venecia y sus calles de agua, o es una vivienda rodeada de aquellos estanques para criar peces que orientó crear el vice primer ministro Jorge Luis Tapia Fonseca en aquella alocución que quedará para la historia.
La imagen es de un lugar de San Miguel del Padrón, uno de los municipios de la periferia de la capital cubana. Tal vez el más pobre de todos, con hospitales en mal estado, avenidas llenas de baches, viviendas apuntaladas y otras a punto de caerse, industrias cerradas desde hace mucho tiempo, ríos contaminados, microvertederos llenos de roedores, personas deambulando por las calles, con rostros tristes, en espera de un milagro que les permita llevarse algo a la boca.
Esta calle puede estar así ahora, pero juro que San Miguel del Padrón siempre tuvo aguas albañales por doquier y muchas de sus calles eran instransitables, incluso para vehículos. Les cuento algo:
Un día, hace más de 20 años, fui a ver a mi familia a Cumanayagua. Estaba con mis padres cuando llegó una señora, que vivía a unas dos cuadras, a ver si yo podía llevarle un paquetico a una de sus hermanas, que estaba enferma y que vivía en San Miguel.
-Me das tu dirección y cuando ella o el hijo que está con ella, me llamen, se la doy y van a buscarlo -me dijo.
-Si me es camino, yo se lo puedo llevar -le dije, en un intento por ser cortés y ayudar.
La señora me dio la dirección. Para llegar hasta allí había que entrar por Calle Cuarta, a la izquierda, como quien viene del interior, al costado de donde levantaron ahora una comunidad militar -porque a los militares son a los únicos que les hacen casas en Cuba- y después de pasar la avenida, tomar derecha y luego izquierda de nuevo.
Yo iba con mi familia, en un Lada viejo, pero muy cuidado, que mi suegro me prestaba siempre que iba a Cumanayagua. Y ese día viví dos experiencias que jamás olvidé y que han hecho que nunca más vuelva a esos lugares.
En medio de una de las calles, inundada hasta más arriba de la acera, cuatro jóvenes jugaban dominó. Tenían una mesa de patas de cabilla y cuatro sillas de escuela, y sus pies estaban dentro de aquella agua sucia, como si se tratara de las azules aguas de Varadero. Cuando vieron que doblé en la esquina, uno de ellos se levantó y muy amablemente me dijo que por allí no podía pasar.
-¿Hay restricciones? – le pregunte, también en buen tono.
-No. Nada de eso, detrás de nosotros hay un bache por el que no puede pasar ni un camión. Si usted quiere, nos quitamos y usted pasa, pero ese es mi consejo y nuestra advertencia.
-Muchas gracias. Eres muy amable -le dije, di marcha atrás e intenté llegar al lugar por otra vía.
Unos 10 minutos después, luego de preguntar a varias personas y de casi declararme perdido e irme a casa, encontré la calle y la vivienda donde vivía la hermana de la amiga de mi familia en Cumanayagua. La calle estaba anegada en agua. Era un agua negra, con una mezcla de olores raros que denotaba una contaminación tremenda.
Aquel líquido pestilente llegaba casi a la altura de la acera y tuve que ir suave para que la ola que forma la rueda no entrara a las casas, cuyos pisos estaban a ras del agua. Algunos vecinos, parados en las puertas, me agradecieron y me dijeron cuál era la casa que buscaba. Cuando llegamos al lugar, la familia de la señora nos tuvo que extender una escoba para que amarráramos en la punta la bolsita con lo que llevábamos, porque no podíamos bajar y tampoco queríamos que ellos se mojarán los pies en aquella agua. Tampoco aceptamos un café al que nos invitaron.
Y ahora, esta foto me recuerda aquellos momentos, en el mismo municipio de San Miguel, uno de esos lugares olvidados de La Habana, donde la mano del gobierno solo se siente cuando alguno de sus habitantes hace -o dice- algo en contra de la familia Castro y mandan a sus hordas represivas a detenerlo. Salvo para eso, nada más.