¿QUÉ FESTEJARÁN LOS CUBANOS EN 2024? I

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Por Jorge Sotero
La Habana.- Un buen amigo, de nombre José Luis, tiene dos vecinos enfrentados totalmente en cuanto a temas políticos. El mayor, un tipo de la calle, dado a la bebida y a las mujeres, no soporta el comunismo y no pierde oportunidades para criticarlo. El menor, un abogado graduado por el ministerio del Interior y agente de la Seguridad del Estado, lo ve todo bien y lo defiende a capa y espada.
Cuando Fidel Castro se enfermó, poco después de aquella estrepitosa caída en Santa Clara, José Luis decía que él tenía siempre información de primera mano sobre el estado del convaleciente dictador: ve a casa de Fulano, me decía. Si le preguntas a Mengano, el hijo mayor, te dirá que el tipo está muerto, o casi, que no se puede levantar de la cama y que esas fotos que a veces publica Granma, son un montaje.
Si le preguntas a Perancejo, el menor, al oficial encubierto de la Seguridad del Estado y, además, dueño de una paladar, te dirá que «el comandante está entero. Se la pasa en short por el jardín, se baña cada tarde en la piscina, juega dominó, recibe a personalidades importantes, y en la noche, después de ver una película, leer 100 páginas de un libro,  hacerle el amor a la compañera (como llamaban desde dentro a Dalia Soto del Valle), escribe sus reflexiones».
José Luis hacía siempre el mismo cuento, y se reía mientras lo contaba. Y así, en esas posiciones extremas transcurre la vida del cubano y por ahí también van los sueños: unos lo ven todo negro, y otros aguardan porque se haga el maná y, de pronto, broten, como por arte de magia, todas esas cosas que estuvieron escondidas bajo tierra y que nos prometieron los dictadores por décadas.
En 2024, para los racionales, los cubanos no pueden esperar nada bueno. La escasez de alimento será cada vez mayor. El arroz, por falta de agua no podrá pasar a tiempo por el canal de Panamá, o no crecerá en Vietnam o en Tailandia; no llegarán de Brasil piensos para que las granjas porcinas puedan tener crías, hacerlas crecer y que haya carne de cerdo en los mercados, y tampoco se podrá importar porque las escasas divisas tienen que destinarla a que la casta se sienta bien, sobre todo los nonagenarios y cagalitrosos dirigentes que aún sobreviven de la epopeya revolucionaria.
No habrá huevos, ni embutidos, ni pescados frescos o enlatados. Los primeros -lo sabemos- porque los mares de Cuba no tienen suficientes peces, y los segundos, por lo mismo de siempre: el bloqueo que impide comprarlo, y las divisas que no tienen.
Tampoco habrá medicamentos. Los hospitales seguirán su proceso de derrumbe, los médicos seguirán yéndose, lo mismo que los maestros y todo aquel que tenga alguna vía de escape al exterior. Se irán a Estados Unidos, a España, Brasil, Guyana, México o a Rusia. Cuando no haya lugar a donde irse, se irán a Rusia, a pelear contra el frío inclemente de aquel país y sus duras leyes migratorias.
Los edificios continuarán derrumbándose y aumentará la falta de cuadernos y pupitres en las escuelas. No habrá transporte, aunque el gobierno te diga que solo se recortó un 30 por ciento, sin explicarte que ese 30 por ciento es la misma cantidad de más de 10 recortes anteriores, lo que quiere decir que ya no hay transporte público en un país que nunca pudo alardear de buenas comunicaciones.
La telefonía será un desastre total y los apagones serán más duros que nunca, a pesar de que la corriente será 25 por ciento más cara. Morirán más personas como consecuencia de la violencia, sobre todo mujeres, sin que el gobierno haga nada por evitarlo. Aumentará la represión contra todo el que intente un discurso que disienta con el oficialismo, y querrán, incluso, que no solo no se expresen, sino que tampoco piensen.
Habrá revueltas, conatos de levantamientos en lugares esporádicos, como esas borrascas que anteceden al paso de un gran huracán, sobre todo si no están en tierra firme. Y los apóstatas del régimen tratarán de sacar provecho de todo eso. Los chivatos florecerán como nunca antes y los que se venden por una caja de pollo estarán a la orden del día. En fin, para el pueblo, que es la inmensa mayoría, 2024 será un año catastrófico, marcado por la muerte, el hambre y el éxodo.
Para los voceros de la dictadura, 2024 será un año de victorias, de resistencia, de mantener vivo el ideal del invicto comandante, aquel que jugaba tenis en short y nadaba en una piscina, cuando en realidad languidecía en una cama, casi al borde de la muerte, atendido por todos los médicos posibles y con el mejor de los tratamientos.
Para tapar la ineficacia de Miguel Díaz-Canel, Manuel Marrero y todos esos que forman el aparato dirigente, servirá el bloqueo. Dirán que tiene la culpa de todo, de que no haya azúcar, de que la producción de tabaco haya disminuido tanto que República Dominicana casi la duplica, incluso de que las langostas ya no las dejan llegar a la plataforma, porque «seguro que algo inventó Washington para impedirlo».
Los dictadores improvisarán los mismos viajes de siempre a Moscú, Argel, Beijing, Teherán, Hanoi o Ciudad de México para buscar supuestos inversores y extender las manos como limosneros habituales, sin conseguir nada a cambio, porque el mundo, poco a poco, se ha ido dando cuenta de con quiénes trata.
Eso sí, seguirán construyendo habitaciones para el turismo, regalándose mansiones entre ellos, facilitándoles a sus descendientes los mejores negocios, para asegurarse, cual faraones egipcios, la vida después de la debacle total. Porque ellos creen que en Cuba pasará como en La URSS, que cuando se cayó el comunismo, los dirigentes y sus familias se quedaron con todo.
El año próximo será terrible para Cuba, como diría uno de los amigos de José Luis. El de mayor edad dirá que para que algo se ponga bueno, tiene que ponerse muy malo primero. Y el segundo, otrora defensor a ultranza del régimen, comienza a pensar que su hermano mayor tiene razón.