¿POR QUÉ LOS CHINOS NO QUIEREN VER A CABRISAS?

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Por Jorge Sotero

La Habana.-  Nadie en Cuba ha viajado más que Ricardo Cabrisas. El octogenario ministro de Comercio Exterior tiene más horas de vuelo que los pilotos de Cubana de Aviación, aunque tampoco vuelan tanto los encargados de llevar los aviones de la referida compañía de un sitio a otro. Sobre todo, porque en los últimos tiempos no tuvieron aparatos disponibles.

Cabrisas, más que ministro de Comercio Exterior -porque Cuba tiene dos ministerios de Comercio- es el encargado de ir por el mundo a pedir. No va el otrora coronel retirado de las Fuerzas Armadas con maletines de dinero contante y sonante, ni con suficiente plata en las cuentas, para decirle a alguien allende los mares que le mande un barco de harina a La Habana, otro a Santiago, alguno a Cienfuegos y un cuarto a Nuevitas, cada mes.

No. Esa no es su función. Su función es la del pedigüeño del barrio. Es el tipo que toca en cada puerta, intentando ‘resolver’ algo en cada escala. Intenta llenar un barco de cualquier cosa donada, o comprada a muy bajo precio, sin importar la calidad, para que desde La Habana le digan: “¡Bravo, Cabri, así se hace!”

Con eso se conforma el excoronel, a quien le prometieron que en algún momento le darán los grados de General de Brigada (r) como premio a los servicios prestados a la nación. Pero eso no cambia las cosas en el exterior, porque hay lugares donde ya no lo pueden ver.

Los rusos aún le tienen un poco de cariño. Estudio allá y aunque sus compañeros de aula ya pasaron a mejor vida o son ancianos sin influencia alguna, eso de escucharlo hablar en ruso sienta bien a algunos dirigentes rusos, que aún sienten un poco de nostalgia por la Cuba anterior a los años 90, donde fueron alguna vez a disfrutar unas copiosas vacaciones.

En Vietnam también lo reciben. Le limitan las reuniones a un par de ministros. Le ofrecen enseguida unas toneladas de arroz de donación, del más malo que produce el país, y luego hasta le hacen algún obsequio, casi siempre el mismo. Pero en Beijing no. Allá no quieren saber de él.

Al embajador chino en La Habana le han pedido en más de una ocasión que evite los viajes de Cabrisas a la capital china. Solo le falta decirle al diplomático que le advierta a la parte cubana que su ministro de Comercio Exterior no es bienvenido en el país asiático.

Cuba le debe dinero a China. No le paga ni los intereses de deudas viejísimas, y a los chinos les parece que La Habana se quiere reír de ellos porque, a pesar de lo pendiente por pagar, insisten en telas para los militares, en arroz, en equipos de computación para la desvencijada empresa telefónica, y para el servicio de comunicación de las Fuerzas Armadas.

Cabrisas pidió hace poco unos 20 mil teléfonos celulares. Cierto que no fue exigente con los modelos ni las características de los aparatos móviles, pero la cantidad es importante. Pidió que se los dieran con su palabra como garantía de pago, y la contraparte china, que no estaba muy de humor, se levantó y se fue.

Eso celulares eran para las Fuerzas Armadas y los dirigentes del país a cualquier nivel. Y necesitan una preparación previa antes de entregarlo a cada uno de quienes los usarán después. Todos y cada uno de los móviles de los militares y dirigentes cubanos está ‘pinchado’, entre ellos los que usa el mandatario de turno, Miguel Díaz-Canel, que vive con la zozobra de que le están escuchando todas y cada una de sus conversaciones, entre ellas las más íntimas.

Pero, volviendo a los chinos: ni el propio Cabrisas quiere ir ya a Beijing. Lo hace porque no le queda más remedio. Un viaje tan largo termina por hacerlo sentir mal, llega con los pies hinchados, afectado por el jet lag y sin deseos de sentarse a pedirle nada a unos interlocutores intransigentes, que se niegan a abrir la mano, porque saben que apoyar a Cuba sería como arar en el mar.

Hasta ahora, sin embargo, al prehistórico ministro no le han cerrado las puertas del aeropuerto internacional de Beijing, pero sí la de muchas empresas y ministerios, porque es el representante más ladino con el que han negociado nunca, alguien capaz de sentarse a pedir sin haber cumplido ni uno de los acápites de los convenios anteriores.

Si las cosas siguen así, es muy probable que, en cualquier momento, lo regresen a La Habana sin dejarlo poner un pie en la capital china.