LAS PITAHAYAS DE POPÓ

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(Tomado del Muro de Facebook de Héctor Miranda)
La Habana.- Popó hablaba solo. Y en tiempo de pitahayas agarraba por el camino de Palmarejo, entraba por la finca de mi padre y luego tomaba toda la rivera del río Delgado, que hacía honor a su nombre como ninguna otra corriente de agua en el mundo, cruzaba por el charcón de las carretas y se iba a recoger todas las frutas que se encontraba.
En aquellas piedras, entre cuyos huecos se cosechó alguna vez caña de azúcar y donde Eleuterio tuvo la cría de patos más famosa de la región, solo sobrevivían unas palmas reales y miles de arbustos pequeños, entre los cuales se entrelazaban las pitahayas para dar unos frutos hermosos que nadie en la familia comía, porque nadie nos dijo nunca que eran de los más beneficiosos para la salud.
Popó -o tal vez Popov- lo sabía. Y cada año, cuando su oficio de profesor de Mecanografía se lo permitía, tomaba su bicicleta e iba a buscar. En ese tiempo se podían recoger por sacos, porque nadie las comía, salvo los sinsontes que se daban un festín hasta dos veces al día, mientras alegraban la comarca con sus trinos finísimos e inescrutables.
Mi padre, que era un conversador tremendo, siempre hablaba con Popo. Hablaban de cualquier cosa, mientras mi madre preparaba un café o un dulce, porque en aquellos tiempos siempre había azúcar y cosas con las que hacer dulces, hasta leche para hacer aquellos de borugas, y yo siempre le preguntaba lo mismo al veterano mecanógrafo.
-¿Por qué usted recoge pitahayas, Popó?
-Porque son buenas para el estómago, hijo -me decía siempre, y luego me pasaba la mano por la cabeza.
Las pitahayas del Delgado no llegaron solas a la rivera del río, ni crecieron allí por obra y gracia de la naturaleza. Unos chinos que arribaron a Quemado a principios del siglo XX hicieron una huerta en el nacimiento del río. Mientras los hermanos se hicieron de tiendas en el pueblo, los otros se fueron al río y allí sembraron aquellas plantas a las que los cubanos no estaban muy adaptados.
El viejo Lengue -mi abuelo- recordaba que aquella huerta, que apenas tenía unos 60 metros de ancho por unos 40 de largo, abastecía las tiendas de los chinos del pueblo con una gran variedad de productos frescos, a lo que agregaban las pitahayas, aunque las también llamadas frutas del dragón nunca tuvieron mucha aceptación en el pequeño núcleo urbano, cuyos habitantes preferían las carnes, de puerco de res, o las gallinas de campo que los guajiros vendían en cualquier esquina.
En el lugar donde estuvo la huerta, desde hace más de 60 años no hay más que weiler, aroma y marabú, los peores arbustos que pueden crecer en el campo. En el mismo nacimiento del río salen a veces unas plántulas de berro, de esas que pican de verdad y que solo aprendí a comer después de mi paso por la beca de la Universidad en F y 3ra, donde el berro formaba parte de la dieta diaria de los estudiantes, a veces sin limpiar, tal cual llegaba desde los sembradíos de Batabanó, donde también desapareció con los años. Por el bloqueo, se me antoja pensar ahora.
Hace mucho tiempo no como berro, y las pitahayas me las encontré en Beijing, hace unos años, mientras desayunaba en un hotel. Ese día las probé por primera vez y me gustaron. Lamenté, después de leer sobre sus beneficios para la salud, no haber aprovechado aquellas que se comían las aves en las lindes de las tierras de mi padre y el río Delgado.
Ahora hay una campaña mundial para que las personas la cultiven, aunque sea en macetas en los patios o balcones, no como la locura de la piña, que solo da una fruta al año, sino como una planta que puede producir cientos de frutos y que tiene muchos beneficios para la salud.
Eso sí, cada vez que las veo en los mercados, donde no son nada baratas, me acuerdo de Popó, de sus viajes a buscar pitahayas al río Delgado y de aquellas conversaciones a solas que me hacían seguirlo a cualquier parte, sin saber bien por qué, y sin entender jamás lo que decía.