MI GRANADA PARTICULAR: FIDELITO Y EL GORDO

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Por Reinaldo Escobar (Tomado de 14 y Medio)

La Habana.- Todos los datos están en internet: cuántos soldados cubanos murieron en Granada, cuántos se rindieron, las armas de la 82ª división estadounidense, la bronca entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher por la invasión, la importancia del aeropuerto… pero no se dice todo.

En un mediodía de la última semana de octubre de 1983, mientras veíamos el Noticiero Nacional de Televisión Cubana, poco después de almorzar en el comedor de la microbrigada del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión) que construía el edificio modelo yugoslavo donde aún vivo, escuchamos la terrible noticia de que los últimos cubanos que combatían en aquella pequeña isla se habían inmolado envueltos en la bandera de la estrella solitaria.

La noticia era terrible particularmente para nosotros, porque entre aquellos soldados-albañiles había dos compañeros nuestros, Fidelito y El Gordo, que habían dado «el paso adelante» para participar en la misión de construir un aeropuerto en Granada.

A esa hora se acabó el trabajo y nos dividimos en dos grupos para visitar a los familiares de nuestros compañeros caídos, sobre todo para decirles, para jurarles, que sus apartamentos, una vez terminado el edificio, estaban garantizados, que nosotros nos ocuparíamos de que se les entregaran.

Pocos días después se supo que la noticia no era cierta, que nuestros compañeros quizás no habían muerto y que solo había que esperar a que regresara el contingente para contarlos entre los vivos. Y así fue.

Mi amigo Pirole, fotógrafo de la revista Cuba Internacional, instaló una cámara con trípode en su casa frente al televisor donde se transmitía la recepción de los que regresaban. «¡Ese, ese es Fidelito», le dije, y logramos inmortalizarlo mientras Fidel Castro le daba la mano en la pista del aeropuerto, justo debajo de la escalerilla del avión que lo regresaba sano y salvo. La foto fue mi regalo al héroe sobreviviente.

Una semana más tarde El Gordo (a quien no pude inmortalizar) y Fidelito dieron una «conferencia de prensa privada» a sus solidarios compañeros de la microbrigada.

Fidelito, que todavía no había engendrado a ese par de gemelos a quienes puso Fidel y Raúl, nos contó cómo fue que él y el coronel Tortoló entraron a la embajada de la Unión Soviética en Granada. Cito de memoria: «No nos querían dejar entrar porque andábamos armados y se produjo una tensa situación en la que ni los bolos ni Tortoló cedían, hasta que se llegó al acuerdo de entrar por la puerta de la cocina donde había un clóset donde debíamos depositar las armas, con el compromiso de recuperarlas cuando pudiéramos salir.»

El Gordo, tan ocurrente, nos contó que, cuando dieron la alarma de combate para ocupar las posiciones que tenían previstas, los heroicos combatientes cubanos tenían la percepción de que a ese campamento no regresarían jamás. Tuvieron toda la razón, porque aquellas instalaciones fueron arrasadas. Y por eso, antes de abandonar el sitio llevaron a su emplazamiento militar de artillería la pacotilla que cada cual pudo salvar y trasladar.

Habían recibido la orden de no disparar si no eran atacados, y otra vez cito de memoria: «Desde nuestros cañones observamos como los marines se agrupaban en formaciones de combate, escuchamos el ruido de sus armas y los vimos avanzar hacia nosotros sin disparar, hasta que los tuvimos frente a nosotros diciendo en un español puertorriqueño ‘Arriba las manos'».

«Entonces fue que le dijiste que aquí no se rinde nadie», dijo a El Gordo el secretario del Partido Comunista en la microbrigada. «No, no se me ocurrió, lo que pasó fue que nos detuvieron y nos registraron. Yo con las manos en alto y un marine más grande y más gordo que yo, comprobando que no llevaba otra arma, tocó mi bolsillo trasero. Con mucha preocupación y sin dejar de apuntarme con su fusil, sacó de ese bolsillo la única pacotilla que había podido salvar: ropa interior de niña que llevaba para mi hija en Cuba. En un inglés puertorriqueño y ya sin apuntarme me dijo: «Excuse me, sir. No sabía si sentirme agradecido o humillado.»

Han pasado cuarenta años. Fidelito vive hoy en Miami con sus dos jimaguas y El Gordo decidió aprovechar su visa de cinco años para esperar junto a toda su familia el parole del otro lado. Aquel aeropuerto de Granada ya no constituye una amenaza para nadie y estos apartamentos que juramos salvaguardar ya tienen nuevos propietarios. Nada de esto aparece en internet, hasta ahora, pero yo, que sigo en La Habana, lo guardo en mi memoria.