HE ESTADO PENSANDO … EN LOS ROSTROS QUE ME GRITAN

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Por el padre Alberto Reyes ()
La Habana.- Nada existe de verdad si no existe para ti, si no responde a una realidad que te ha tocado el alma, y nada toca tanto un alma como un rostro. Yo vivo rodeado de rostros, rostros que hablan, que gimen, que gritan.
Rostros en pueblos olvidados como Donato, Jiquí, Palma city, Lombillo…, con sus calles sin futuro que alternan entre fango y polvo, según llueva o haya seca; donde puedes oírle decir a un niño: “El hambre duele” y otro puede sonreírte con dientes negros y ya perdidos por las caries.
Pueblos donde la gente se automedica porque no tienen médico ni esperanza de tenerlo, y donde si te da una apendicitis de noche o tienes un accidente grave lo más posible es que mueras porque la ambulancia no llegará a tiempo o no llegará nunca, y aún así, la vida seguirá y no pasará nada.
Rostros angustiados de padres que no encuentran los antibióticos que sus hijos pequeños necesitan, o de personas que tienen que operarse y no logran conseguir la lista de insumos que le han pedido sus médicos. Rostros de personas diabéticas, hipertensas, epilépticas, cardiópatas… que sobreviven como pueden con remedios.
Rostros de familias a las que no les alcanza su salario, y no tienen a nadie en el extranjero que les dé una mano, y pasan hambre. Desayunan un poco de café o un agua con algo, y sólo pueden hacer una comida al día.
Rostros de niños con zapatos rotos y ropas remendadas, rostros de adultos que duermen entre cartones en los portales de las tiendas, rostros de gente que se te acerca y te pide dinero para comer.
Rostros que emigraron sin poder llevarse el corazón en el pasaporte. Rostros de personas presas por decir en público secretos a voces. Rostros de ancianos solos, abandonados a su suerte. Rostros cansados, agobiados, desesperanzados, que repiten una y otra vez: “¿Hasta cuándo?”
¿Qué todo esto puede decirse de otros muchos países? Es cierto, pero el hambre de la Patagonia no hace menor el hambre del cubano, ni los mendigos australianos son un consuelo para los nuestros.
¿Qué en otros sitios ocurre lo mismo? Por supuesto, pero eso no se soluciona con vacíos discursos triunfalistas, ni multiplicando forzadas marchas públicas de fingido apoyo, ni con eslóganes gritados a voz en cuello.
Que esto ocurra fuera de esta isla no justifica la falta de libertad de nuestra sociedad civil, ni el inmovilismo provocado que impide buscar soluciones, y tampoco explica por qué este pueblo tiene que seguir sometido a un sistema que no le ofrece ni un presente ni un futuro.
Porque una cosa sí es diferente: en cualquier otro sitio, por muy dura que sea la vida, si hay libertad, hay una esperanza, hay un motivo para alzar la mirada, para levantarse una y otra vez. Pero muchos de los rostros que me rodean se sienten presos, y han perdido la esperanza, o la han reducido a una sola: “Irse”.
Por eso, mientras yo tenga fuerzas y mi alma vibre, uniré mi voz a los que creen que el amanecer es posible, que este pueblo un día se levantará de esta tumba y renacerá con toda la energía de sus olvidadas raíces. Uniré mi voz a los que creen que Dios no se ha olvidado de este pueblo, y que piden a ese Dios que les dirija las palabras que un día le dijo a un cansado Jeremías: “Yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes: designios de prosperidad, no de desgracia, planes para darles un futuro, y una esperanza”. (Jer 29, 11).