VACAS Y OSOS

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Por Rafael Muñoz ()
Berlín.- ¿Cuántos kilómetros quedan por Dios? Me dejo caer sobre un banco que algún previsor ha colocado a mitad de camino y me empino de un tirón la mitad de la botella de agua. Del otro lado del valle, a mitad de la altura de una montaña enorme, puedo ver la choza que he elegido como destino hoy. Pareciera poder alcanzarla con la mano, pero de eso nada, échale al menos dos horas —me dice Google
El oficio de arquitecto hoy en día, para mi desgracia, no es como lo era antes. Apenas me muevo. Demasiadas horas pegados al ordenador acaban por pasar factura a la vista, la espalda y cuanta bisagra tiene el cuerpo. Y del estrés constante ni te cuento. De ahí al burnout, como le dicen ahora, no hay más que un paso. Esta es mi terapia.
Aquí arriba todo es paz, solo se oye muy de vez en cuando el mugido de alguna vaca cercana. Termino el sandwich que me había preparado para el camino. Hora de volver al camino —me digo— pero antes vacío mi vejiga tranquilamente mirando al valle y un parapente interrumpe el momento. Planea insolente a mi alrededor y yo sigo en lo mío. Me mira, lo miro y otra vaca muge.
Lleno de nuevo la botella en un arroyo cercano. Bajo los árboles la temperatura baja unos cinco grados, quizás diez y yo en pantalones cortos y camiseta no tengo otra opción que apretar el paso para entrar en calor con el movimiento.
No estoy solo. Por el camino me cruzo con mucha gente que viene en dirección contraria. Gente de ciudad que se asombra con una piedra, una flor, un lagarto o cualquier mierda. No, aquí no hay lagartijas. Ok, un bicho cualquiera.
Alcanzo la choza ya bastante avanzada la tarde. Apenas dos mesas tienen clientes. La tranquilidad es absoluta. No se mueve una hoja en un árbol y ni siquiera se oyen cantar pájaros a esta altura. Solo la vocecita de una camarera diminuta me trae de regreso al mundo real. Calculo que no pasa de veinte años. Un par de minutos más tarde la madre igual de diminuta —es un negocio familiar—, pone la comida ante mí. ¡Qué porciones, por Dios! ¿Dónde meten tanta comida esas mujeres con el tamaño que tienen?
La vida en medio de la montaña es dura y hace falta energía. Esta gente lo mismo tumba un árbol que desolla un oso. Bueno, para mi tranquilidad aquí tampoco hay osos, pero se entiende la idea.
Es difícil entenderles, el dialecto montañés es difícil de descifrar. Tengo que poner palabras para completar la idea. ¡Después de esto ya puedo decir que hablo alemán!
Pabajo to losanto ayudan. Tengo que cubrir un par de kilómetros loma abajo antes de que el sol se ponga. La noche en el bosque a mil 500 metros de altura es cualquier cosa menos bonita. No hay osos, pero la temperatura te pasa la cuenta más rápido.
La bajada es más difícil, pero los Santos ayudan para llegar al aparcamiento justo en el momento que el sol se pone.
(Tomado del muro de Facebook de Rafael Muñoz)

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