MIENTRAS TODOS SE VAN

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Por Iran Capote ()
La Habana.- Salí a la calle en busca de un café. Me fui solo. Una hora antes me había alistado para ir a correr, pero la lluvia me cortó el camino. Solapiao. Los amigos que me quedan en la cuidad estaban cada uno en su sitio. Serían las siete cuando llegué a la Calle Martí. Y sin quitarme el polvo de las dos cuadras de camino, me recibe una ciudad semioscura y silenciosa. Todo cerrado. ¡Mierda¡ !Es lunes! ¡Mala suerte, carajo! Me voy a la cama sin café.
Me dio un golpecito de nostalgia porque en otros tiempos, antes de la ruta Nicaragua y del parole, algún otro plan funcionaría: la casa de alguien, seguramente. O sentarnos en el malecón sin agua que tenemos en Pinar.  Vaya, que me sentí solo, atropellado otra vez por una realidad que no permite que al menos, puedas mantener a tus amigos contigo y tomarse un café en una ciudad iluminada un lunes por la noche.
Me iba de regreso a casa con el rabo entre las piernas. Y una muchacha que solo he visto de paso me arrastró hasta el portal de La Bodeguita. Un rato antes me había asomado, de lejitos. Las dos mesas estaban llenas, pero no conocía a nadie.
Ella me interceptó en la acera. Un saludo cordial, el de siempre. Me preguntó qué hacía y yo le dije que me iba a casa, que salí con la ilusión de un café y que el único sitio estaba lleno de desconocidos. Me tomó de la mano, supongo que haya advertido mi nostalgia en los ojos y me dijo: yo tampoco los conozco, pero hoy los vamos a conocer a todos, hoy vamos a jugar a ser los amigos de siempre. Y hasta allí fuimos. Entró, pidió permiso en la mesa. Aquellos, sin saber qué decir, aceptaron la propuesta. Una de las dependientes trajo las sillas. Y ella hizo que todos nos involucramos.
Yo solo me reía, por lo atípico del caso.
«Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos». Empezamos a seguirnos mutuamente en Instagram mientras tomábamos café, el mejor café en mucho tiempo.  Nos hicimos esta foto en la que cualquiera puede pensar que somos un grupo de estudios o un piquete de socios del trabajo. Esta foto en la que parecemos gente que se saluda a diario, que tiene esa complicidad de contarse cosas que viven en común.
Y luego nos fuimos. Me regaló una cerveza y hablamos sobre su vida, sobre su trabajo y algunas cosas sobre mi.
De pronto, éramos dos perfectos conocidos en una noche de lunes.
Le dije cuánto me ha jodido la distancia de mis amigos, le dije cuánto odio que tengan que irse todos porque no hay de otra.
Terminamos la cerveza y me confesó que también está esperando el parole. Cómo todos, supuse.
Habrá que hacerlo desde ahora. Habrá que salir a la calle y abrazar a los pocos que van quedando, abrazarlos e invitarlos a un café o a una cerveza. Mientras esperan su salida.