UNA ODISEA EN TAPACHULA

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Texto y fotos: El Vigía de Cuba

Tapachula, México.- En Tapachula viven poco más de 350 mil habitantes, en una mezcla de etnias exóticas que llegaron al lugar a principios del siglo pasado para juntarse con los nativos y dedicarse a la entonces floreciente industria del café, el maíz, el mango y la cereza, entre algunos otros cultivos y actividades comerciales paralelas. Unos y otros se fueron aplatanando con los años, asimilando la cultura de la comarca hasta convertirse en la más importante ciudad del sur de México, en la frontera, con todo lo que eso lleva consigo. Eso sí, nunca fue floreciente, como tampoco Chiapas, el estado al que pertenece, entre los más pobres del país, por no decir que el más depauperado
En los últimos meses la población de la ciudad, una de las más importantes, del referido estado, se multiplicó. La llegada de cientos de miles de migrantes de cualquier lugar del mundo, pero sobre todo de cubanos, venezolanos y haitianos, convirtió el lugar en un caos perenne, en un sitio ideal para que florezca la extorsión, el bandidaje y el crimen, casi a partes iguales. Y la ciudad, que alguna vez fue tranquila, se ha vuelto una especie de manicomio, un lugar donde salir por la puerta de tu casa implica riesgos.
La infraestructura urbana del lugar, diseñado para quienes viven allí, ha colapsado, ante las continuas oleadas migratorias, en una especie de río humano que no se detiene, en espera todos de un salvoconducto, o la llamada CBP-1, para llegar a la frontera norte de México, o la sur de Estados Unidos, como mejor les parezca.
En algunas calles hay excretas por doquier, como si manadas de perros callejeros se hubieran pasado noches y días haciendo sus necesidades en aceras y jardines, cuyo césped se secó de tanto pisarlo. El olor a orine, cuando sale el sol, es insoportable, tanto que lastima las mucosas de los ojos y la nariz.
En cualquier lugar puedes encontrar grupos humanos tirados en el piso, en espera de una señal, de un turno que termine, de una vez por todas, con la estadía en aquella ciudad. Mientras, hay temores, y tanto lugareños como forasteros toman todas las medidas para no andar solos por las calles, a ninguna hora, porque cualquiera puede ser asaltado, incluso hasta para quitarle 10 dólares. O para secuestrarlo y luego pedir un rescate a alguien en Estados Unidos.
LOS DÍAS Y LAS NOCHES EN TAPACHULA
Cuando sale el sol, autoridades de migración y la policía local intentan imponer una especie de orden que se quiebra cada vez. Otras veces son los mismos migrantes quienes exhortan al resto a permanecer en las aceras, en los parques, o en los portales, para facilitar la circulación de los vehículos, incluyendo los de la policía, que patrullan una y otra vez en un sentido u otro. Pero cuando llega la noche todo cambia.
Al ruido habitual que hacen los cubanos de día, a la música de cientos de celulares, de conversaciones en voz alta con cualquiera en cualquier parte del mundo, a los pregones del que vende algo, desde un pan con jamón y queso y una Coca Cola hasta el que promueve un power, una especie de cargador portátil para los celulares, le sigue una especie de letargo de voces contraídas, que intentan no llamar la atención.
Unos se recuestan a una pared, para tener las espaldas cubiertas, otros duermen en algún portal, mientras algunos vigilan, en turnos que cambian cada tres o cuatro horas. Y los más dichosos pagan por dormir bajo techo, en un improvisado hotel, donde hasta pueden encontrar desayuno, o alguna comida. Contrario a los días, las noches para algunos demoran mucho, en medio de la espera interminable del salvoconducto para huir de allí.
En Tapachula hay robos, piñazos, asaltos, guapería, personas que se han perdido, y otras que se pasan todo el día con los hijos en los brazos, porque hay infantes de todas las edades, desde apenas tres meses de nacidos, hasta mayorcitos, entrando ya en la adolescencia o la juventud. Algunos padres los cargan sobre los hombros, en ese ir y venir constante por las calles de la ciudad, que termina siempre con la caída de la noche, cuando todos se recogen, en cualquier lugar, en espera del nuevo día.
La aparente monotonía, sin embargo, se rompe siempre, con la llegada de cada vez más migrantes, que toman Nicaragua como puerto de desembarco en Centroamérica, luego de haber pagado precios leoninos por llegar hasta allí, en total complicidad entre gobiernos y aerolíneas, presidentes y ministerios, ‘coyotes’ y parientes, porque alguien siempre tiene que tener dinero para garantizar que todo llegue a buen puerto.
COLAS, ARMAS, SUEÑOS
En Tapachula ya nada es tranquilo y para los lugareños, las otrora actividades habituales se han convertido en parte de una odisea diaria, difícil de solventar. Para entrar a un banco a depositar dinero o extraer, hay colas inmensas, formadas por cientos de cubanos y de otros lugares del mundo desde la madrugada. Y hasta los propios habitantes de la ciudad se preguntan cuánto durará todo aquello.
Hay quien piensa que los cubanos llegaron a la ciudad chiapaneca como las plagas de langostas al Magreb, para acabar con todo, cambiarlo, transformar la vida aparentemente tranquila del lugar por una violenta, completamente diferente, donde lo mismo se escucha el llanto de un bebé que el grito desaforado de alguien alterado porque lleva cuatro meses en el lugar y no consigue salir.
No hay trabajo. Los que pueden ofrecer empleo, se lo dan a los migrantes, porque cobran mucho menos, y no hay tranquilidad, porque no puede haberla en un lugar donde la población flotante supera con creces a los habitantes autóctonos, y a cualquier hora del día o la noche las calles permanecen llenas de personas, como si en lugar de Tapachula fueran el centro de Nueva York, la que jamás duerme.
Mientras, policías con armas largas, al más puro estilo mexicano, intentan poner orden, pero su empeño se malogra constantemente, porque los recién llegados no entienden de otra cosa que no sea priorizar sus problemas y sobrevivir, porque de eso se trata, de un proceso de supervivencia, en el cual Tapachula es solo una estación de tránsito, una escala más en su camino a un mundo mejor.
¿Cuánto durará todo esto? Nadie lo sabe. No depende del gobierno mexicano, incluso ni de esos países que se prestaron para dejar pasar las caravanas de migrantes. La determinación de ponerle freno está en Estados Unidos, en las manos de algún juez, del presidente, o en los gobiernos de los países que aprietan a los suyos para que se vayan, porque saben que forman parte de eso que hierve en una olla inmensa y que en cualquier momento puede explotar.