EMIGRACIÓN: LA MALA SUERTE DE REY

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(Mientras un equipo de El Vigía de Cuba trabaja en Tapachula, en busca de historias sobre la situación de los cubanos allí, desde la redacción central, en El Paso, les llevamos historias de muchos de los que alguna vez intentaron, con éxito o sin él, llegar a Estados Unidos. La de Rey es la segunda entrega y vale la pena leerla, aunque las palabras nunca podrán describir lo que pasó en su doble travesía y sus regresos a Cuba)

Por Fernando Clavero
El Paso, Texas.- Con Rey coincidí en la COCO. Hacíamos los programas deportivos de la madrugada y por entonces él tenía dos trabajos, que era la única manera de poder ayudar a su mamá, que estaba vieja y necesitaba cuidados especiales. Su padre había fallecido un poco antes y su hijo ya tenía metido en la cabeza largarse de Cuba en cuanto terminara la universidad. El hijo era uno de esos jóvenes de luz larga, de los que saben que la cosecha será mala de solo mirar al cielo.
Un día la madre de Rey murió. Me enteré enseguida, aunque ya no trabajábamos juntos. Y se quedó solo con aquella casa, a donde iba poco porque tenía una novia que también se quería ir, y que estaba esperando a que su madre falleciera para hacerlo. No digo que la novia de Rey quisiera que su madre abandonara el mundo de los vivos para ella dejar la isla, pero era su progenitora lo único que la ataba a Cuba. Pero Rey, o Wossaert, que es su apellido, y ella, se separaron antes. Cada uno tomó por su lado.
Para entonces, el hijo de Rey andaba por Europa, porque quería llegar a España a través de Moscú, y no lo pensó dos veces. La idea era irse a Rusia y de ahí saltar a Ucrania, a Georgia o a Serbia e ir adelantando camino hasta la península ibérica y así lo hizo, pero su viaje se interrumpió cuando estaba en Belgrado y trabajaba de masajista en un hotel, con lo cual se pagaba, al menos, la comida del día y la renta.
Estando en la capital serbia, el gobierno cubano y el nicaraguense llegaron a un acuerdo para abrir sus fronteras y permitir que todo el que quisiera irse de Cuba hacia Estados Unidos lo hiciera por esa vía. Abrir las costas a las embarcaciones dejaría al gobierno de La Habana en evidencia. Era mejor por Nicaragua. Así, los aventureros decían al llegar a Managua que solo iban a ver los volcanes nicas y seguían su rumbo. En La Habana se hacían los de la vista gorda y en Managua igual. Y el reparto del dinero se hacía a tres partes, porque los vuelos los haría la aerolínea venezolana Conviasa.
Comprar un pasaje de La Habana a la capital de nicaragua era -y es ahora mismo- casi que imposible. Y nada de sacar solo la ida. Había que hacerlo con ida y vuelta, para que los respectivos gobiernos ganaran más. Salía tan caro ir a Managua como hacerlo a Johannesburgo, en Sudáfrica. Y cuidado.
El hijo de Rey se entero de aquello y cambió de planes. Se iría a Estados Unidos desde Cuba. El tiempo que pasó en Moscú, sin tener donde dormir, con un invierno crudo y largo, y luego las semanas en Belgrado, lo ayudarían. Sacó un pasaje y se plantó en La Habana. En dos semanas tomó un vuelo a Managua, y en unos días llegó a la frontera estadounidense. Eran otros tiempos. Desde entonces ha pasado más de un año.
Rey se vio solo de pronto. Nada más su hijo se fue lo agarró una soledad enorme, y lamentó no haber tomado el camino de los volcanes con él, aunque no podía hacerlo, porque no tenía dinero. Había intentado vender su casa, un apartamento en el Reparto Guiteras, pero no había compradores. Los precios empezaban a caer y lo que él pedía por su casa, que era lo que costaba el viaje hasta la frontera de Estados Unidos, no lo pagaba nadie. Y luego, tampoco tenía a nadie que lo recibiera en territorio norteamericano,
Su hijo sí, porque la familia de la madre le daría cobija y le buscaría trabajo, pero él sería solo un pegado y tendría que esperar. Al final, encontró a alguien para su casa. Le mandaría un poco de dinero, le sacaría los pasajes, y lo pondría en las manos de un ‘coyote’, y Rey no se lo pensó dos veces. En unos días volaba a Nicaragua, luego hacía el trayecto hasta México, y a intentar llegar a la frontera sur de Estados Unidos, a saltar el muro o a cruzar el río Bravo. Pero tuvo mala suerte. Se la jugó sin salvoconducto, lo cogieron los federales, lo metieron preso dos días y luego lo montaron en un avión y lo enviaron de regreso a La Habana.
Cuando se bajó de la aeronave en plena loza del aeropuerto internacional José Martí, Rey se hizo las primeras preguntas: ¿Dónde iba a vivir? ¿Qué ropa se pondría? ¿Dónde iba a comer? Y la vista se le nubló como el cielo en una de esas tardes encapotadas, que casi anuncian un diluvio. Pero apretó los puños y pensó que volvería a salir adelante y que lo intentaría de nuevo, una y otra vez, hasta conseguir reunirse con su hijo.
Ese día, luego de no sé cuántas preguntas en la terminal aérea, caminó a pie todo Boyeros hasta el Reparto Martí. Allí se sentó en un quicio a la sombra de unos arbustos y lloró. Con las lágrimas se sacó todo lo que llevaba dentro: las dudas, la nostalgia, el dolor, y afianzó más sus deseos de irse definitivamente de Cuba, donde había dejado solo las cenizas de sus padres, porque todo lo demás iba con él, o ya estaba fuera, como su hijo.
Se fue a casa de unos tíos que le abrieron las puertas y lo dejaron dormir en la sala, o en el piso, porque he olvidado las palabras textuales. No era lo ideal, pero sí más de lo que esperaba. Habló con el hombre que se había quedado con su casa y le pidió que hiciera algo por él. El hombre le aseguró otro boleto y el dinero exacto para llegar a México. Y Rey no lo pensó dos veces. Puso un pullover y dos calzoncillos en una mochila y volvió a tomar un vuelo a Managua. Del dinero que llevaba, las autoridades migratorias nicas le mordieron 250 dólares, porque no tenía en el pasaporte salida legal del país. En silencio, tuvo que meter la mano en el bolsillo y apretarse hasta el dolor el testículo derecho, para no cagarse en la madre de Daniel Ortega.
Hizo el camino con el mismo coyote. Sufrió lluvias torrenciales, frío, hambre, se llenó de barro las rodillas, tuvo fiebres, diarreas enormes y pasó sed, pero llegó a México. De nuevo el mismo coyote, y también el mismo modus operandi: sin salvoconducto ni visa para intentar llegar a la frontera de Estados Unidos. Y casi lo logra. Y casi se muere. Una mañana lo levantaron de madrugada, a él y al grupo que lo acompañaba -como de unas 22 personas- y los montaron en un camión cerrado herméticamente. Rey iba el último y pegó la nariz a la goma del cierre de la puerta, porque le faltaba el oxígeno, y aún así, cuando abrieron aquello 35 minutos después, y no 10, cayó de bruces al piso.
Algunos pensaban que había muerto y a punto estuvo de ocurrir. Estaba empapado en sudor y no se podía mantener en pie. Hacía tres días que no comía nada. Al final se recuperó. Un hombre que iba en el mismo camión, y que llevaba a su esposa y dos hijos pequeños, lo vio blanco y le regaló dos galletas y un pomito pequeño de refresco Sprite. Y entonces a tomar un camión refrigerado, de esos de cargar pollos a los mercados. Y en el estuvieron una hora. La temperatura ahora era muy muy fría.
Rey tuvo que sacar las cosas de la mochila y meter en ella los pies. El sudor frío del camión anterior se enfrió más y casi lo congela. Cuando llegaron al lugar, tuvo que darse masajes por buen rato para poder caminar. Y entonces a correr, porque llegaban los federales de nuevo. La frontera estaba allí, a menos de un kilómetros, pero él no podía correr, no podía hacer más. Se dejó caer, abatido. Y se lo llevaron preso. Cuatro días después volvían a filmarlos las cámaras de televisión a su llegada a La Habana. Y otra vez a reiniciar la odisea de sobrevivir sin casa, sin comida, sin ropas y zapatos. No tenía ni donde bañarse.
Los mismos tíos volvieron a ayudarlo. El hijo, a través de unos amigos, logró ponerle un parole, que aún no ha llegado. Mientras, aprendió a hacer pizzas en Cienfuegos, a donde va de vez en cuando detrás de una mulata culona que conoció allá y lo tiene loco. Y otras, hace guardia en paladares, con lo cual mata muchos pájaros de un tiro: tiene comida, gana algo y no tiene que pasar las noches en la calle. También se queda donde los tíos, de vez en cuando, pero no quiere molestar.
Todos los días renueva su promesa de dejar Cuba. No quiere morir en la isla. Cuando vendió la casa hizo como Hernán Cortéz: quemó las naves para impedirse volver, y aunque ha regresado dos veces, sus velas siguen al viento, porque él sabe que en Cuba no no hay futuro, no se puede vivir.