CUANDO ME FUI DE CUBA

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Por Kathy Eisenring
Berna.- Hace 24 años que me fui de Cuba con todo lo que significa en duelos, dolores, resignaciones. Murieron los abuelos y las adorables amigas y visitas de la abuela. Desaparecieron árboles, casas, cambiaron de nombre ciertos restaurantes, locales…Ya no funciona el parque infantil ni hay fiestas los sábados en la noche en aquel sitio donde solías besar a tu primer amor, bailar el nuevo baile de moda…
Pasaron muchas cosas, murieron personas que se llevaron consigo mundos que jamás volverán, mundos de majaretes y manteles que se bordan en el sillón al caer la tarde, de una cubanísima melodía en el tocadiscos, de flores en un florero comprado en otra vida en El encanto.
Mucho ha sucedido pero nunca vi como ahora esta huida masiva, este abandono como de barco que naufraga, de final ya irremediable. Han sido muchos años de decirse: ya pasará, aguanta un poco más, ¿ves, ya vino el agua, la luz, el arroz, el aceite… la esperanza? Pero estos últimos meses se han quedado sin consuelo… y mis amigos huyen. Los mismos que soportaron el diabólicamente llamado periodo especial y que no pensaron irse cuando la crisis de los balseros.
No es que quiera que alguien espere en la esquina el día que vuelva, lo que me sorprende es que tal sea el grado de desesperanza que mis amigos huyan sin siquiera dar esas vueltas de quien se va… para siempre. No hay tiempo para el duelo y a veces ni siquiera para despedirse, no hay tiempo para arriesgar con emociones la definitiva decisión. No pensar, no sentir, coger ese avión y basta.
Eso me hace recordar aquel 6 de abril de 1999, la víspera de mi salida con escala en París, destino Zúrich. Estuve horas mirando las fachadas de La Habana pero no al descuido sino concienzudamente. Levantaba la cabeza para ver lo que en la agónica rutina a veces no percibí, no reparé o no pude. No recuerdo algo tan brutal y a un tiempo tan emocionante como aquella caminata en solitario, lamentando dejar una ciudad tan bella como devastada, sucia como conmovedora, la ciudad de mis grandes amores y de mis mejores amigos.
Cuba sigue perdiendo a sus hijos, se va quedando cada día más sola, cada día más triste, más desesperanzada. Y yo me pregunto si viviré para verla renacida. Yo me pregunto simplemente si un día seremos ese país que merecemos, la tortura ha durado demasiado tiempo. ¿Dónde están las luces? El problema es que ya no las veo.
PD. Disculpen la baja vibra, hoy no veo el horizonte.
(Tomado del muro de Facebook de Kathy Eisenring)