LA SITUACIÓN DE LOS ANCIANOS EN CUBA, UNA HISTORIA SIN FIN

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Por Jorge Sotero
La Habana.- El viejo Francisco no tiene un centavo en casa. Ni él ni doña Adela, su esposa, tienen que comer, ni tienen con qué comprarlo. Me lo acaba de decir y me cuenta una historia tremenda, que intentaré contarles, tal como me lo contó a mí hace tres horas.
«La estoy pasando mal, hijo -me dijo al encontrarnos frente a mi casa y desearles una buena tarde-. Acabo de regresar del banco, a donde fui a sacar los últimos mil 500 pesos que me quedaban. Hice cola desde las dos de la madrugada y cuando me tocó el turno, pasó algo con la operación y no pude sacar el dinero. No funcionó más aquello y la gente atrás protestando, gritando… hasta me echaron la culpa a mí, de haber roto el cajero.
«Pero yo no rompí nada. Aquello dejó de funcionar solo, se tragó mi tarjeta, y cuando llamamos a los del banco para que hicieran algo, dijeron que no podían ahora, que sacarían la tarjeta, pero mi cuenta no se podía operar hasta dentro de 72 horas. Así me dijo, mijo, hasta dentro de 72 horas, que son tres días, y en la casa no hay qué comer, por no haber, no hay ni azúcar para un café o un té, y tampoco hay más dinero…
«Sabes algo, a veces no sé qué hacer. Cuando murió mi hijo debimos habernos muerto nosotros. Ya haría 20 años que hubiéramos descansado en paz, porque este no es país para nadie y menos para viejos. No tenemos nada en casa, y si no fuera por ustedes y algún otro vecino bondadoso, ya nos hubiéramos muerto. A Francito le da pena, pero él no puede hacer nada. Tiene que estudiar para terminar su carrera y no tiene dinero. Bastante hace con venir a darnos una vuelta de vez en cuando, con acompañarnos al médico. Como nieto es maravilloso.
«Yo voy a entrar a la casa a acompañar a la vieja. Yo le traje unas hojas de guayaba hace dos días y todavía le queda un poquito de miel de abejas que nos mandó su hermano hace un mes desde Girón. Con eso que se haga un té de guayaba para que le caiga algo caliente en el estómago. Y quiero ver si lavo algunas cosas que hay sucias, con el último detergente que queda.
«Con el dinero que iba a sacar hoy pensaba comprar un par de libras de arroz, una de azúcar, tres huevos o cuatro, que nos dan para cuatro días, porque hacemos una comida y nos comemos la mitad cada uno. Ya no comemos tanto. Creo que el estómago se nos ha reducido, al extremo de que con cualquier cosa me lleno. Yo me lleno hasta con una tacita de café caliente…
«No hijo, no voy a ir a tomar café a tu casa, y menos voy a aceptar ese dinero. Son mil pesos y yo no puedo ir a ver si saco los míos hasta el lunes. Y a ti te hacen falta. Tienes dos hijos, te ocupas de tus padres, tienes problemas, porque ni trabajar te dejan. No, no insistas, por favor… Si acaso, si morimos un día, eso sí, le compras unas flores a la vieja y que se la pongan en alguna parte, porque ella dice que un velorio sin flores es demasiado feo y demasiado triste.
«Un día te voy a enseñar las fotos de Adela cuando joven. Era reina del Carnaval en Jaguey Grande y salía a bailar a todos los municipios. Y yo era buen mozo y bailaba bien también. Yo creo que fue el baile el que hizo que la conquistara, porque su padre, el viejo Ramón, no me dejaba acercarme ni a una legua. Decía que yo no era hombre de trabajo, que lo único que me gustaba era bailar. Por suerte, nos vio en nuestra casa acá, con buen trabajo los dos. Ella era maestra y luego fue profesora de química, y yo estuve muchos años en el prefabricado de Guanabacoa como especialista.
«Con lo que ganábamos ambos nos dábamos una vida normal, y hasta llevábamos siempre a nuestro hijo a la playa, y le dimos sus gustos. No le faltó nada. Pero ya en los años 90 la cosa se puso mala. Ya teníamos más de 50 años y yo me tuve que ir los fines de semana a una finca por el Wajay a sembrar. Y así fue siempre. A veces me iba los viernes y regresaba los domingos. Dormía allí, en una especie de rancho, clavado en la tierra, pero siempre volvía con comida, con frutas, y hasta un puerquito crié y con esos resolvimos muchas cosas.
«Luego vino lo de la enfermedad de Francisquito y tuve que dejar aquello y cuidarlo hasta que murió. Y para colmo, también se murió mi amigo, el de a finca en el Wajay, y todo se complicó aún más. Cuando cerraron el prefabricado hice guardias… bueno, tú me viste en la bodega de noche, cuidando aquello, pero era peligroso y yo no quería dejar a Adela sola y también lo dejé. Y ahora llegó esto del ordenamiento, lo del covid… yo creo que en lugar de esos que murieron en el barrio, debimos morir nosotros.
«¿Tú crees que se puede vivir con seis mil pesos en este país? ¿Sabes algo? No tenemos medicamentos ni para la presión. Cualquier día nos encuentran muertos a ambos, y yo no tengo miedo morir, pero no quiero dejar a Adela sola. No quiero que se quede sola, porque su final será terrible. Por eso peleo todos los días e intento rapiñar un pesito por acá, otro por allá, aunque sea, pero la situación me rebasa.
«Jorgito, voy a coger tu dinero, pero en cuanto tenga lista la cuenta el lunes, lo saco y te lo pago. Yo sé que a ti te hace falta, pero yo te lo agradezco tanto… por cierto, si van a jugar dominó por la noche nos llaman. A la vieja y a mi nos gusta jugar y aunque apenas veamos las fichas nos da alegría compartir con tu familia… si es que a ustedes no les molesta, claro. Y si no no se va la luz, o si no llueve, porque cuando llueve no salimos a la calle, porque se están cayendo balcones por doquier… Gracias mijo. Gracias»