
Marta Perdomo: cinco años de dolor y dos hijos que siguen presos en las mazmorras del castrismo
Por Oscar Durán
San José de las Lajas.- Quizás hoy no sea un día de resistencia para Marta Perdomo. Hay jornadas en que el dolor pesa demasiado y hasta las palabras se quedan pequeñas frente a la desgracia. Han pasado cinco años y pico desde que sus hijos, Jorge y Nadir, fueron encarcelados injustamente, y esta madre todavía se pregunta qué hicieron esos dos muchachos para merecer tanto sufrimiento.
No puede hablar con Jorgito, hace más de un año que los hermanos no se ven y ni siquiera tienen la posibilidad de comunicarse por teléfono. Cinco años de prisión, de angustia y de una separación que ninguna familia debería soportar. ¿Qué clase de justicia es esta que castiga a dos hijos hasta convertir el calendario en una sucesión de lágrimas?
Marta mira alrededor y encuentra una pregunta que el régimen no quiere responder: ¿qué han hecho los hermanos Perdomo para continuar encerrados, si a tantos delincuentes les conceden libertad condicional? A los ladrones, a los asesinos y a los bandidos se les abren las puertas de las cárceles, mientras Jorge y Nadir siguen pagando una condena que esta madre considera injusta.
Si la sentencia habla de vandalismo, ¿por qué no les permiten siquiera un pase juntos para verse? ¿Por qué el castigo tiene que llegar hasta el extremo de impedir que dos hermanos se abracen después de más de un año separados? Hay algo profundamente cruel en esa manera de administrar la justicia. La dictadura no solo encierra a los presos: también encierra a sus madres en una espera interminable.
Marta se ha vestido de luto durante estos cinco años por el dolor de sus hijos. Ese luto no es únicamente por el tiempo perdido, ni por las llamadas que no llegan, ni por los abrazos que el régimen les ha robado. Es el luto de una madre que ve pasar la vida de sus muchachos detrás de unos barrotes, sin poder hacer nada más que reclamar.
Y aun así, entre tanta desgracia, le da gracias a Dios por mantenerlos vivos. Esa gratitud no debería confundirse con resignación. Una madre puede agradecer que sus hijos respiren y, al mismo tiempo, exigir que se haga justicia. Puede llorar cada noche y continuar levantando la voz. Puede sentirse agotada y seguir reclamando libertad. Eso es lo que Marta ha hecho durante todos estos años: mantenerse de pie ante un sistema que parece empeñado en quebrarla.
Jorge y Nadir no son únicamente dos nombres dentro de una sentencia. Son hijos, hermanos, seres humanos con una familia que los espera y un pueblo que, según Marta, les ha demostrado respeto y solidaridad.
Su mensaje termina con una frase que resume la dignidad de esta lucha: ni perdón ni olvido hasta que sean libres. Y tiene razón en algo esencial: ninguna sociedad que aspire a llamarse justa puede acostumbrarse a que una madre pase cinco años de luto por sus hijos encarcelados.
La libertad de los hermanos Perdomo no debería ser una promesa para mañana ni una moneda de cambio para el régimen. Debería ser una exigencia inmediata de humanidad. Marta seguirá esperando, reclamando y rezando. Ojalá el día de la libertad llegue antes de que tenga que vestir otro año de luto.



















