La guerra que salió en la red

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Unos pescadores polacos sacaron del Báltico treinta kilos de pescado y, de propina, un bloque amarillento de seis kilos. Parecía arcilla endurecida o ámbar sucio. Lo tocaron, lo manipularon y, al llegar a puerto, lo tiraron a la basura. Total, ¿qué podía ser? Pues era gas mostaza. El regalo perfecto para empezar la semana.

Los ocho tripulantes empezaron a notar ardor, enrojecimiento y lesiones en la piel. Cuatro terminaron hospitalizados durante semanas con quemaduras de las que no se olvidan. El bloque que habían llevado a bordo no era una piedra curiosa: era iperita, un agente químico diseñado para la guerra. Y la guerra, al parecer, no había terminado del todo.

El Báltico lleva décadas siendo un vertedero de secretos militares. Después de la Segunda Guerra Mundial, los aliados no sabían qué hacer con las municiones químicas alemanas, así que hicieron lo más fácil: echarlas al mar. Unas 40.000 toneladas de municiones químicas, con 15.000 toneladas de agentes activos, principalmente gas mostaza. El mar, pensaron, se encargaría del resto.

Pero el mar no siempre se encarga. El gas mostaza se degrada con el agua, sí, pero a veces forma masas sólidas con una capa exterior endurecida que protege el veneno interior durante décadas. Por eso los pescadores pueden recoger fragmentos que parecen barro o cera y descubrir demasiado tarde lo que tienen entre las manos. La guerra, aunque vieja, sigue mordiendo.

Aquella mañana los ocho hombres habían salido únicamente a pescar. Lo que sus redes levantaron había sido fabricado para una guerra terminada más de cincuenta años antes, pero todavía conservaba suficiente capacidad para quemarlos. El Báltico guarda secretos, y algunos de ellos siguen ardiendo.

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