
La California Oriental
Por Diana Iglesias Aguilar
Buey Arriba, Granma.- Al estilo de California en el oeste norteamericano, a partir de 1849, la región de Buey Arriba en la provincia de Granma recibe miles de visitantes cada día en busca de oro. Metal precioso cuyos vestigios encontró un paisano en el río hace aproximadamente 20 días y la noticia se regó como pólvora, levantando expectativas más allá de los pobladores del entorno.
El río Yao, uno de los afluentes que bajan de la Sierra Maestra, de cauce más bien estrecho (máximo 10 metros de anchura en las zonas más amplias) de lecho terroso, arenoso en la zona llana, con piedras parduzcas de todos los tamaños, baña diversos asentamientos como Bueycito, Entronque, Tínima, Palmarito, El Dorado, a donde miles de personas llegan cada día procedentes de Bayamo, Manzanillo, Bartolomé Masó, Buey Arriba y quién sabe mucho más allá con la esperanza de encontrar al menos unas partículas que los hagan obtener un premio.
Lo narrado por los que a diario viven la explosión minera no tiene comparación. Ven llegar autos, camiones, camionetas, buses, motos, bicicletas, patinetas, gente a pie, hasta juntar de 5 a 6 mil cada día, sin exagerar, convirtiendo el cauce del Yao en un verdadero laboratorio a cielo abierto.
El trabajo es agotador. Por el método de cribado, cada persona examina incontables kilogramos de arena y fango, provocando severos daños al ecosistema, pero también a las personas que permanecen descalzas 8, 10, 12 horas entre las aguas fangosas, adquiriendo hongos en sus pies, para al final tener una arenilla con algunos vestigios dorados.
Aquí vienen los primeros colonizadores, los que, provistos de rudimentarias herramientas de medición, aglutinan las partículas doradas cobrando 500 pesos cubanos por cada acción, tengan o no tengan oro los rastreadores en su muestra. Luego están los comprobadores de la calidad del mineral (téngase en cuenta que se encuentra en su forma natural) que también cobran y están los que finalmente pagan entre 70 y 75 mil pesos por cada onza de oro. Negocio redondo.
Negocio redondo porque el minero por cuenta propia no aspira a hacerse rico, ni a visitar la Torre K de vacaciones con su familia, sino comprar un poco de arroz, algunas viandas, pollo y un litro de aceite. Quizá solventar alguna necesidad urgente de la familia luego de comer a diario, y por supuesto, seguir buscando porque no hay nada que incentive más, que encontrar lo que se busca.
En el barrio no queda vivo un caldero, una palangana, preferiblemente si es de aluminio o de esmalte. Hay que cuidarlas, vecina. Si en la noche no le han sustraído la suya, póngala a buen resguardo, porque se han convertido en la principal herramienta de búsqueda.
Al nuevo oficio podría de llamársele con beneplácito el más ecuménico del mundo: coinciden en el fanguero con plaza de mineros a la vez, el ladrón y el policía, el maestro y los alumnos, el médico y los enfermos, el agricultor y el cobrador de impuestos, las vecinas que hace años no se hablaban por chismes, el niño y el anciano, el dueño de tierras y el jornalero a pago, el empachado y el que soba, la curandera del barrio y el predicador, el iletrado y el licenciado codo a codo. Todos bajo el mismo cielo y con los labios lívidos, las manos entumecidas en busca de una señal proveniente del barro.
Cada mañana llegan también los nuevos emprendedores, los que un poco incrédulos o demasiado escrupulosos no se meten al fango. Desde afuera, con mirada de águila, se prestan a consejeros, guías y asesores de los recién llegados, vigilantes de pertenencias y de resultados de trabajo de los que llevan incontables jornadas, observadores y testigos en transacciones, jueces en los canjes y descubrimientos, y vendedores de café, refrescos, pan con cualquier cosa, o cualquier cosa qué llevar a la boca de los mineros con urgencia. Su función es apreciada porque recarga la energía de los trabajadores, hace aparecer los tradicionales pregones y le pone otra pincelada cultural al asunto.
La vida de estos pueblos parece haberse detenido, no hay otro tema de conversación más importante, ni siquiera las ventas de comida o ropa ocupan titulares orales en la zona, ni la partida o llegada de emigrantes a o desde Estados Unidos, Uruguay, Curitiba, México o Guyana. Ya la noticia relevante no es: se fue, se quedó, sino: encontró, halló, coronó con media onza.
Una de las cosas más tristes es que casi nadie va de siembra, casi nadie recoge cosechas, casi nadie quiere ocuparse de los animales de tiro, de los que araban y acarrean, mucho menos de los de corral. Los vecinos quieren fango, quieren humedad, quieren brillo en sus manos. No sé si esta fiebre dure meses o años, ni si por fin haga explosión de la demografía como la California de mitad del siglo XIX, lo que sí sé es que las biajaibas, los cangrejos, los quincarros (sapos enormes), los langostinos de río, las aves locales y otras muchas especies están en peligro por la abrupta manera en que cambia su hábitat por cientos de metros a lo largo del Yao.
Y me importan mis paisanos, claro que me importan, porque la experiencia no es más que otro ejemplo de que la desesperación le ganó la carrera a la esperanza, de que el asidero de lo efímero puede más en estos tiempos tan duros para el cubano de a pie que sobrevive cada día sin saber ni siquiera cómo será su vida de peor, dos o tres horas más tarde si no encuentra qué echarse a la boca y qué poner a sus hijos y a sus padres ancianos en la mesa, cómo aplacar una fiebre o una maleza repentina o crónica sin medicamentos, o cómo viajar cada día hacia el trabajo y regresar.
La fiebre del oro es otro termómetro de cómo Cuba va en picada, de cómo el ser humano se aferra a cualquier atisbo de luz para seguir respirando. Mi mayor deseo es que cada buscador encuentre y que sean solidarios unos con otros.



















