Levantar al caído: fe, persecución y resistencia en Cuba

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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Lo que está pasando con Anna Bensi y su madre, Caridad Silvente, va mucho más allá de su propio caso.

Es impresionante ver a distintas iglesias cubanas hablando juntas para defender a dos personas perseguidas: bautistas, metodistas, pentecostales, episcopales, Asambleas de Dios, la Liga Evangélica, Bautistas Reformados y hasta comunidades no registradas. Cada una tiene su templo, su estilo y su forma de entender la fe, pero cuando ven a alguien en el suelo se acuerdan de lo básico: a la gente, cuando se cae, se le levanta. Que suceda eso en Cuba es completamente relevante.

Los cubanos sabemos de sobra cómo funciona el miedo. Primero te señalan, luego te ensucian y al final consiguen que tus vecinos crucen la acera para no buscarse problemas. Al poder no le hace falta que compartas su ideología; le alcanza con tu silencio. Por eso cambia tanto el escenario cuando una iglesia dice «No estás sola», y todavía más si lo dicen varias a la vez.

La Iglesia Episcopal, por ejemplo, no se quedó en el caso de Anna Bensi. En su carta (dejo fotos en los comentarios) denunció el hambre, los enfermos sin medicinas, los apagones, la falta de agua, las familias rotas por el exilio y el acoso a cualquiera que proteste. Y lo hizo citando el Evangelio.

Defender al que sufre no es un problema

Yo sé que hay gente que cree que las iglesias no deberían tomar partido por este tipo de sucesos, pero es que Jesús habló del hambriento, del enfermo, del oprimido. Me pregunto en qué momento defender al que sufre pasó a considerarse un problema, o cuándo decidimos que la fe era solo rezar a puerta cerrada mientras afuera persiguen a tu vecino. Si las palabras justicia, libertad y dignidad no sirven para el día a día cubano —que no tiene nada de domingo tranquilo—, no sirven para nada.

Esta unión de las iglesias con un propósito me interesa porque no busca uniformar criterios ni meter a los obispos en política. Es algo más simple y propio de la fe: acompañar al que tiene miedo, dar la cara por el atropellado y recordarle que no está solo. Eso desactiva el miedo, que siempre ha sido la mejor herramienta del régimen.

A una persona sola la aprietas fácil. A una familia o a una parroquia aislada, también. Pero cuando empiezan a juntarse, ya no es tan sencillo meter a todo el mundo en la «cajita»…

Ojalá todo esto sea solo el principio. Cuba necesita recuperar urgentemente la costumbre de ocuparse del dolor ajeno sin calcular primero cuánto nos va a costar.

El buen samaritano no se paró a hacer cuentas. Vio a un hombre herido y lo atendió.

El mensaje no tiene tanto misterio: hay alguien en el suelo, levántalo; hay un perseguido, ponte a su lado; quieren aislar a alguien, dile que estás ahí. Eso es ser Iglesia.

Si algún día Cuba vuelve a ser un país libre, parte de esa libertad se la deberemos a los que hoy están aprendiendo a decir juntos que el miedo nunca va a tener la última palabra.

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