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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- El post de un amigo me hizo recordar que muchas veces a los cubanos se nos olvida hasta qué punto nos hemos acostumbrado a vivir entre trampas cotidianas.

En Cuba, robar en la pesa dejó de ser un delito para convertirse en una especie de “técnica comercial” que casi todo el mundo conoce y, por eso, a algunos no les queda más remedio que aceptarla para no generar problemas o reclamar sin esperar que desaparezca.

Hay una generación entera que vio a sus familiares pedir una pesa a los que vivían fuera. No pedían ropa ni medicinas; pedían la herramienta para poder tener acceso a una compra justa, como debería ser y como realmente es en todos los demás países del mundo.

En un país donde la subsistencia es un trabajo de tiempo completo, descalibrar un equipo o ponerle un truco a la aguja se asumieron como una “habilidad”. Y ahí empieza el desastre: el engaño se vuelve cotidiano y entonces la moral colectiva comienza a caerse a pedazos.

Históricamente, reclamar este tipo de asuntos ha servido de muy poco. Si protestas, en el mejor de los casos te completan lo que te faltó y el vendedor sigue tumbando al que viene detrás.

Ese vacío de autoridad y esa falta de consecuencias reales hicieron que la gente prefiriera callarse la boca antes que buscarse un problema. Pero el silencio paga un precio altísimo: terminó por volver aceptable lo que siempre fue una estafa, disfrazada bajo el cuento de que “todo el mundo está luchando”.

El silencio y la erosión moral: cuando la estafa se vuelve aceptable

El verdadero drama radica en la erosión moral que este proceso produce a largo plazo. Al desdibujarse la frontera entre la necesidad y el delito, la alteración del peso dejó de percibirse como una falta para integrarse a la conducta habitual de relacionarse con el prójimo. El vendedor asume que solo está tomando lo que el sistema le niega y olvida que le está quitando al vecino exactamente lo mismo que a él le faltará otro día. Se genera así un círculo de desconfianza mutua donde la trampa se justifica por la trampa del otro, se erosionan los fundamentos de la convivencia urbana y se distorsiona por completo la noción de justicia y respeto a la propiedad ajena.

Lo peor viene cuando esa mentalidad cruza la frontera. En las sociedades de acogida, donde la ley opera con rigor, donde los controles funcionan y las denuncias generan consecuencias inmediatas, la lógica del beneficio ilícito tropieza inevitablemente con la realidad.

Adaptarse a un entorno normativo exige desaprender el vicio, el delito, la cultura del ventajismo y del “lucha tu yuca”.

La honestidad comunitaria no es un lujo ni una debilidad, sino la única base posible para vivir con dignidad en cualquier parte del mundo.

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