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Por Ramón Muñoz Yanes ()

Madrid.- Te recuerdo: tu perspectiva, los abuelos vivos. Primer día de escuela y cinco años en las costillas; tu mundo era pequeño, pero feliz. ¿Recuerdas a Domingo, el vecino carpintero ebanista? Hombre íntegro. Los sábados se sentaba en el portal a beber con los amigos masones. Uno de ellos contaba la historia de un endemoniado violinista que terminó un concierto con una sola cuerda y no recordaba el nombre.

Tú lo habías escuchado del abuelo Ramón y lo gritaste mientras corrías a esconderte por haber gritado el nombre en medio de la conversación de los mayores: ¡Paganini! El castigo era esperado, pero llamaron a tu mamá y le dijeron que salieras. Domingo, orgulloso, te mostró y te vaticinó un futuro entre libros. Desde entonces te dejaron sentarte los sábados en el bordillo del muro, a escuchar a los masones.

La mulata Deisy le dijo en un susurro a tu mamá que debía llevarte al médico, a un psicólogo de esos, porque no era normal que un niño leyera tanto. Así era mi barrio, marginal, con destellos aislados de una cultura feraz, casi tanto como la vegetación en los trópicos. Frente a casa, las tardes se llenaban de “dorremifasolasidoles” interminables y persistentes con el saxofón de Tony, el hijo de Neda, que hoy anda “dorremifasolasidoliando” por Turín.

Me gustaría hablarte y decirte el mundo que verían tus pupilas, la felicidad que percibirías a través de la mujer amada, que es la mejor de las felicidades.

Cuánto me gustaría hablar contigo, preguntarte por el abuelo y por todos. Lo que sí no te contaría es todo lo que tendrías que dejar atrás para vivir. Que abrazaras mucho a tus amigos Enildo y Abilio, esos dos hermanos de otros vientres que se fueron al cielo de los hombres buenos antes que tú.

¿Sabes? Me gustaría ser tú otra vez, volver a oler a mi ciudad perdida, con el mismo perfume de antes, de mujer madura que nunca perdió la ternura y una especie de barniz espiritual que ya no se fabrica. Vivirás, pequeño, verás a tus nietos y amarás otras ciudades y otros labios; dormirás en otras pupilas y amarás la vida.

Lo sé: te extraño.

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