El problema será en el 2028

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Por Carlos Carballido

Dallas, Texas.- La victoria demócrata en las elecciones legislativas cambia el equilibrio de Washington, pero no significa que Donald Trump pierda el poder ni que sus adversarios puedan imponer su agenda.

Desde la posguerra hemos visto estas tendencias de segundo término administrativo, así que no puede verse como una derrota inusual.

Con ambas cámaras bajo control demócrata, según las proyecciones, y la Presidencia en manos republicanas, Estados Unidos se encamina hacia dos años de bloqueo, negociaciones difíciles y confrontación política.

El riesgo inmediato no es una avalancha de leyes demócratas. El verdadero peligro es llegar a las presidenciales de 2028 con decisiones aplazadas, instituciones desgastadas y una ciudadanía más frustrada.

El nuevo equilibrio comenzará en enero de 2027. Los demócratas podrán dirigir las comisiones y controlar la agenda parlamentaria, pero tendrán obstáculos importantes para convertir sus propuestas en leyes.

En el Senado, las reglas actuales exigen normalmente 60 votos para cerrar el debate sobre legislación ordinaria.

Además, Trump conservará el veto presidencial, que solo puede superarse con dos tercios de los votos en cada cámara. La actual mayoría demócrata no basta para superar esas barreras por sí sola.

El escenario más probable, por tanto, no es una transformación legislativa radical, sino una producción limitada de grandes leyes y acuerdos puntuales donde ambos partidos encuentren beneficios.

El Congreso también puede ejercer poder sin aprobar nuevas leyes. La mayoría demócrata tendrá ahora herramientas para investigar a la administración, exigir explicaciones y elevar el costo político de sus decisiones, trasladando esos gastos al contribuyente americano.

Si pensaron que esta victoria demócrata eliminaría la inflación, se equivocaron: un solo juicio político sumará millones al presupuesto.

Un nuevo impeachment podría formar parte de esa confrontación, pero acusar no equivale a destituir. La Cámara de Representantes puede aprobar la acusación por mayoría simple; la condena requiere dos tercios de los senadores presentes. Sin apoyo republicano suficiente, la destitución sería improbable.

Trump, por su parte, conservará capacidad de iniciativa desde el Ejecutivo, aunque encontrará límites. En los nombramientos sujetos a confirmación, por ejemplo, podrá proponer candidatos, pero un Senado demócrata podrá rechazarlos.

Sería apresurado concluir que los mercados ya absorbieron todas las consecuencias del resultado. Una recuperación de los futuros no demuestra, por sí sola, qué ocurrirá durante los próximos dos años.

El gobierno dividido puede limitar cambios legislativos bruscos, pero también puede convertir las negociaciones presupuestarias en conflictos recurrentes. Ese es el punto que debe observarse: no la existencia de desacuerdos, sino la capacidad de resolverlos sin transformar cada decisión en una crisis.

De lo que sí vengo advirtiendo es que el verdadero examen del pueblo americano llegará en 2028.

Los demócratas tendrán que demostrar que saben hacer algo más que investigar y frenar a Trump.

Los republicanos deberán defender su gestión y construir una propuesta capaz de recuperar a los votantes que se alejaron.

Mi pronóstico es que el mayor riesgo no será un cambio radical inmediato, sino una confrontación prolongada que termine premiando el espectáculo y castigando los acuerdos.

El problema no es que Washington tenga poderes enfrentados: el sistema está diseñado para admitirlos. El problema aparecerá si ambos partidos consideran más rentable impedir que el adversario gobierne que resolver los asuntos del país.

Por eso, el horizonte decisivo es 2028: no solamente por quién ganará la Presidencia, sino por las condiciones políticas e institucionales en las que Estados Unidos llegará a elegirla.

Aquí las emociones son las que joderán cualquier avance hacia un país más equilibrado, próspero y hegemónico.

Creer que con socialismo, con islamismo de aliados, con odio a Israel, con conservadores criticando a su partido con el mismo lenguaje de sus contrincantes y con una bola de jovencitos que viven con sus padres y luego salen a votar con odio al conservador se construye algo mejor, es un oxímoron de tipo antropológico y cavernícola.

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