
El pragmatismo necesario y el dilema de arar en el mar
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- En un fragmento de una entrevista para La Joven Cuba, la periodista Mariana Camejo interroga al empresario cubanoamericano Carlos Saladrigas, presidente del Cuba Study Group, sobre un término que él mismo había utilizado anteriormente para referirse al futuro de Cuba: «tutelaje».
Saladrigas reconoce que quizás no escogió la palabra más apropiada al trasladar su pensamiento al español. Aclara que la emplea en el sentido de un tutor que enseña y orienta, no de una autoridad extranjera que impone decisiones. La distinción es importante, porque una cosa es recibir asistencia técnica para aprender a gestionar una economía moderna y otra muy distinta es entregar la soberanía nacional.
Su propuesta consiste en integrar la economía cubana a su mercado natural: Estados Unidos, situado a apenas noventa millas de distancia. Para ello, Cuba necesitaría adoptar normas internacionales, transparencia financiera, controles bancarios, seguridad jurídica y reglas económicas que funcionan en buena parte del mundo.
Su razonamiento es pragmático (https://www.facebook.com/reel/1682643903481812) y, desde mi punto de vista, acertado. Cuba no necesita inventar la rueda ni continuar experimentando con fórmulas económicas que han demostrado su fracaso.
No es un país perdido, puede salvarse
Coincido también con una idea fundamental de Saladrigas: un país hundido en la miseria, incapaz de sostenerse por sí mismo y condenado a vivir de la caridad ajena, difícilmente puede presumir de soberanía. La soberanía no se demuestra gritando consignas contra el imperialismo mientras se extiende la mano para pedir ayuda.
En otro momento de la entrevista, Saladrigas expresa una frase que considero especialmente acertada: «Cuba no es un caso perdido; Cuba es un país desaprovechado». Y aquí coincido plenamente con él. Cuba no es un país sin recursos ni talentos; es un país cuyos recursos y talentos han sido desperdiciados por un sistema político incapaz de aprovecharlos. El fracaso no es de Cuba ni de los cubanos. Es de quienes llevan casi siete décadas gobernándolos.
Pero aquí es donde el razonamiento de Saladrigas tropieza con la cruda realidad cubana.
¿Con quién se pretende llevar adelante semejante transformación?
Porque en Cuba no existe un gobierno dispuesto a reconstruir las instituciones que él mismo ha destruido. Existe una élite enquistada en el poder, aferrada a una ideología fracasada y, a mi juicio, carente de la voluntad política y de la preparación necesarias para conducir una transformación de semejante magnitud.
Durante casi setenta años, esa misma élite ha convertido a Estados Unidos en el enemigo indispensable para justificar sus propios desastres. El imperialismo ha sido su coartada favorita, su tabla de salvación política y el culpable de todos los fracasos que ellos mismos han provocado. Y ahora, ¿vamos a pedirles que adopten las instituciones, los mecanismos financieros y las reglas económicas de ese mismo país al que llevan décadas satanizando? ¡Habría que ver semejante pirueta ideológica!
No es solo un problema económico
El problema de Cuba no es solamente económico ni se resuelve importando modelos de gestión. Es, ante todo, un problema político sistémico. No se puede construir una economía moderna sobre instituciones sometidas al capricho de una dictadura, ni garantizar seguridad jurídica donde el poder está por encima de la ley.
Por eso, aunque considero razonable y necesaria la propuesta de Carlos Saladrigas, tengo que decirlo con toda franqueza: mientras sus interlocutores sean los mismos responsables de la ruina nacional, el señor Saladrigas está arando en el mar.
Cuba necesita reconstruirse, integrarse al mundo y aprovechar su cercanía con el mayor mercado de nuestra región. Pero ninguna transformación profunda será viable mientras quienes gobiernan consideren que conservar el poder es más importante que garantizar la prosperidad del pueblo.
Porque el verdadero obstáculo para reconstruir Cuba no está a noventa millas de sus costas. Está sentado en los despachos de quienes llevan casi siete décadas decidiendo su destino.



















