
El mundo contado desde el asiento de atrás
Por Renay Chinea ()
Se puede hacer una Historia del Mundo contada por sus taxistas. En Buenos Aires, por ejemplo, son una institución. Saben de la calle, del tráfico, del tiempo… de política internacional…
En un país donde el habla es una orfebrería de la ocurrencia, un «tachero» te puede doblar de risa en el asiento de atrás mientras da la vuelta por la Costanera para alargar un poquito la cuenta hasta Retiro.
—Estos hijos de la re mil putas… tienen el Centro colapsado, ¿viste?
Un taxi en Buenos Aires siempre lo conduce Santos Discépolo… y en su mezcla milagrosa de sabiondo y suicida, «aprendes filosofía, timba, tango y la poesía» de llegar a algún lugar.
La única cosa mala que quizás tenga Estambul son los taxistas. Y tienen contra ti un arma poderosa: I don’t speak English. Se lanzan contigo adentro por las bellísimas avenidas de Constantinopla, y tú déjalos hacer: vale más mirar el Bósforo.
Entérate online o por una aplicación de cuánto vale una carrera de Sultanahmet a la Torre de Gálata y, cuando él te diga un número, le das un poco menos y ciao. Si protesta, respóndele en español que no hablas turco: «Türkçe bilmiyorum» —le dices con convicción.
A una amiga cubana que vive hace años allí le conté mi bronca con el taxista. De cómo le dije que no hablo inglés, le pagué la mitad de lo que me pedía, cerré la puerta, lo mandé al carajo y me fui.
—¡Hiciste bien! —me dijo Mayelin…
—¿Le pagué bien?
—Sí… Bueno, de todas formas, le diste casi el doble de lo que pagan los de aquí… Como en el Gran Bazar, Renay: la mitad de lo que te pidan es el doble de lo que te deberían cobrar.
En Marrakech, de noche, bajo la lluvia cerrada, no te lo puedes creer. Al taxi le entra agua por todas partes. Es un Peugeot antiguo, y Mohamed, que, como todo marroquí, habla seis idiomas más el tuyo, seas de donde seas, lleva el volante en la derecha y en la izquierda un trapo. La única escobilla defectuosa deja destellos momentáneos de visibilidad en el cristal… y tú mueves la cabeza de un lado al otro, como en un partido de tenis.
Y Mohamed ve tu cara de espanto y te intenta calmar:
—Marruecos, no problema —dice, y pasa el trapo que abre un trecho en el vaho. Y ves por la rendija en el parabrisas una moto delante de ti, donde va una familia de cuatro. Dos son niños, y van tapados con un nylon de los de envolver algo, en la cabeza. Y va un camión, y va otra moto… y sale un carretón con un anciano sentado en la pértiga mojada, envuelto en su chilaba azul.
Y no te puedes creer que haya tanta vida en tus narices. A un palmo y medio de las ruedas del viejo Peugeot. Y Mohamed conduce con la derecha. Con la izquierda, limpia el vaho… y mientras te va diciendo:
—Marruecos no problema… ¡Bismillah…! ¡Alhamdulillah…! Y la única escobilla hace ring… y hace rang…! Y un burro… y otra moto… y muchos niños y gente y Alhamdulillah. Y en un escampe reconoces la torre alta de la Koutoubia, que te recuerda a Sevilla, y le dices:
—¡Déjame aquí mismo!
Te da por ir a revisar el frente a ver si no fue aplastado nadie.
Y está la cara oscura de Mohamed, que te cobra muerto de la risa:
—¿Ves? Morocco no problemas…! ¡Yo dizir a ti…! ¡Bismillah…! Y sale otra vez bajo la lluvia a buscar otros cuatro euros.
En Barcelona parece que no hay ciudad. Quiero decir que no hay barceloneses al volante de un taxi en toda la ciudad. Jordi, que heredó la licencia de un tío taxista que murió, le alquila el permiso a un pakistaní, y ahora es senderista por los Pirineos en verano, y cuando llega el frío, «a l’hivern», vacaciona en Myanmar.
Y ahora en el aeropuerto del Prat te espera Faisal… y buenamente y como puede, te pide que le digas «dirección» y que te cerciores tú mismo de si está bien escrito en el GPS.
Por el camino hablas algo con Faisal. Tiene ese acento inglés que pudiera ser de la India o Bangladés. Y no sabe por qué en Gracia hay Festa Major. De Pakistán, por mucho que te apuren, tú tampoco sabes nada.
Entre tu taxista y tú se ha impuesto la desolación.
Lo despides en plaza de Cataluña… y ves perderse al bueno de Faisal, mirando el GPS otra vez, entre las calles más hermosas del mundo que tiene la ciudad que diseñó Cerdà.
Los taxistas son los peones de apertura con que se juega el ajedrez de una ciudad.



















