
El doctor, los crímenes con morfina, y el testamento
Por Rafa Junco ()
Madrid.- 24 de junio de 1998. Una mujer de 81 años muere en su casa de Hyde, Inglaterra, después de que su médico la visitara. Días después, su hija encuentra un testamento que deja toda la herencia familiar a ese mismo médico. Y ahí se destapa todo.
La mujer se llamaba Kathleen Grundy. Había sido alcaldesa de Hyde y, a pesar de la edad, seguía activa. Esa mañana, su médico de confianza había ido a hacerle un supuesto análisis de sangre. El doctor era Harold Shipman, un profesional respetado, el que atendía a medio pueblo.
Cuando Kathleen apareció muerta, Shipman firmó el certificado: causas naturales. Pero la hija, Angela Woodruff, era abogada y conocía a su madre. Al ver el testamento, se dio cuenta de que algo no cuadraba. El documento estaba mal mecanografiado y la firma no parecía auténtica. Fue a la policía.
La advertencia que nadie escuchó
Los investigadores encontraron que el testamento se había hecho con una máquina de escribir del consultorio de Shipman. Exhumaron el cuerpo de Kathleen. Análisis: cantidad letal de morfina. Y la investigación se abrió como un abanico. Otras pacientes. Otras muertes. Mujeres, muchas en su casa, todas después de ver al mismo médico. Y todos los certificados firmados por él.
Lo peor es que ya había aviso. En marzo de 1998, la doctora Linda Reynolds había denunciado sus sospechas por el número de pacientes que morían bajo los cuidados de Shipman. La policía investigó y cerró el caso sin pruebas suficientes. El médico siguió ejerciendo. Y siguieron las muertes.
El 31 de enero de 2000 lo condenaron por 15 asesinatos y por falsificar el testamento de Kathleen. Cadena perpetua, varias veces. Pero eso era solo una parte. La investigación pública de la jueza Janet Smith revisó cientos de muertes y concluyó que Shipman había matado a unas 250 personas entre 1971 y 1998. 218 identificadas. Cerca del 80%, mujeres.
El 13 de enero de 2004, Shipman se suicidó en su celda de Wakefield. Nunca explicó nada. Ni una palabra. Ni un motivo. La investigación oficial dejó otro dato: si las sospechas de marzo de 1998 se hubieran investigado bien, probablemente se habrían evitado otras tres muertes. Tres. Solo tres. Como si el resto fuera un daño colateral de la burocracia.



















