El desprecio como raíz de la exclusión política en Cuba

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Por René Fidel Gónzález ()

Santiago de Cuba.- Pocas veces tenemos en cuenta que la exclusión, la discriminación, la persecución y el castigo por motivos políticos nacen del desprecio al otro. Desprecio por nuestras ideas, por nuestra capacidad de proponer proyectos y alternativas, por nuestra manera de comprender la sociedad, por nuestra nobleza y valores. El desprecio no es por una identidad política en particular: eso siempre fue un pretexto. En realidad nos desprecian a todos desde el momento en que dejamos de callar, empezamos a hacer críticas, proponemos hacer las cosas de un modo diferente, nos atrevemos a soñar y decimos: estos son mis sueños. Desde el momento en que decidimos no obedecer o dejar de fingir que obedecemos.

Como no existe una identidad política en particular ni un motivo específico para despreciarnos políticamente a todos y en cualquier momento, es preciso hacer lo que en Cuba —o en cualquier otra parte del mundo— se ha hecho para la exclusión política: inventar la identidad política del desprecio. Esa es la que permite que, a un mismo tiempo, la víctima del desprecio pueda ser cualquiera y los que nos desprecian sean lo mismo, no importa quiénes sean ni el estatus que tengan. Los que excluyen, antes desprecian al otro. Los que desprecian políticamente al otro, a cada uno de nosotros, estén donde estén, comparten una misma identidad: el desprecio.

En una misma ocasión te pueden llamar comunista y lamebotas de los yanquis —textual—, decirte que hablas mierda y eres un rojo de mierda —textual—. Los despreciadores políticos son funcionarios, jueces, maestros, taxistas, emprendedores y gente común y corriente, como tú y como yo. Como no tienen argumentos contra el derecho de igualdad política —que reivindicaron antes para ellos cuando eran excluidos y perseguidos, o reivindican ahora en la esfera internacional por las sanciones de un país—, como no tienen argumentos contra la tozudez de la pluralidad y de la diversidad política que está hasta en sus propios hijos y nietos, como no tienen argumentos contra la democratización de la sociedad cubana y los derechos y libertades —que nos reconocen, pero no podemos ejercer—, entonces, para poder excluirnos, perseguirnos y castigarnos políticamente, tienen que usar y reproducir como una identidad, como un valor y como la práctica social de un sistema político, al desprecio. El desprecio político no necesita argumentos porque está hecho contra ellos.

La sociedad que queremos, la política que queremos, la Cuba a la que aspiramos muchos no es la del desprecio del otro. No es martiano el desprecio del otro. La Cuba que queremos es, por el contrario, aquella en que cualquier cubano pueda sentir que es útil, que es pleno y feliz, y que esto sea, precisamente, lo que los demás admiramos de él o de ella: el poder ser en su plenitud política, y sin que nadie lo desprecie.

No son palabras bonitas contra el desprecio, son sencillas: ¿acaso estaría bien despreciar a la persona de estatura diferente, al de color de piel diferente, al de ingresos diferentes, al de belleza diferente? Basta de proclamar y enaltecer el desprecio en Cuba. No hay ni habrá dignidad, ni respeto, ni paz, si nos desprecian por no despreciar al otro.

Somos nosotros los que tenemos que entenderlo.

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