
El árbol blanco que me devuelve a mi madre
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Fui católica, apostólica y romana cuando era joven. Y desde entonces se me quedó grabada la ilusión de tener un árbol de Navidad y un nacimiento propios. En la Iglesia de la Caridad, allá en Sancti Spíritus, donde me bauticé y tomé la comunión, los altares navideños eran pequeños mundos maravillosos. Y yo los miraba con una devoción que rozaba el asombro.
Mi madre y yo conseguimos aquel primer nacimiento navideño de yeso, comprado casi de milagro a un hombre que los moldeaba y pintaba a mano por el Kilo 12. Luego, el que era mi novio entonces y yo salimos a buscar un arbusto que pareciera un pino pequeño en las afueras de Colón. Lo demás fue pura inventiva con lo poco que teníamos a mano: cajitas de fósforos envueltas en retazos de papel de regalo, bolas navideñas antiguas compradas en la Casa de las Comisiones o regaladas por amigos de la Iglesia, luces de cuando abrieron las primeras tiendas en divisas, y ramas completamente desnudas vestidas de algodón.

El tiempo hizo el resto. Fuimos sumando adornos, año tras año, hasta ver nacer en cada Navidad un arbolito diferente y cada vez más hermoso. Aquellas tardes de finales de noviembre compartidas con mi madre, oliendo a cartón viejo, a papeles pintados con témpera, a café y antigüedades, están dentro de lo más luminoso y verdaderamente sagrado que dejaron aquellos años.
Por eso ahora quise volver a ese viejo refugio y a ese antiguo sueño. Comprar el árbol, armarlo con mis propias manos y dejar que la memoria me devuelva a mi madre intacta y cerca de mí.
Aquí está ella en este árbol blanco, vestido de luz y sostenido por ese amor inmenso que desafía los mapas, la ausencia y los kilómetros.
Nosotras nos merecemos. Y desde la distancia, cada día, nos vamos regalando un pedacito de paz.



















