
La hipócrita reacción ante la ejecución pública del yihadista Nidal Hasan
Por Carlos Carballido ()
Dallas.- El anuncio de la ejecución pública del psiquiatra militar Nidal Hasan, en las mismas instalaciones donde asesinó a 13 soldados y hirió a 32, ha vuelto a exacerbar las emociones del público y la “hipócrita” crítica a la actual administración.
Como siempre, todo sacado de contexto. Me explico.
No es la primera vez que se televisa una ejecución pública. La última en EE. UU. fue el 14 de agosto de 1936 en Owensboro, Kentucky, cuando el soldado Rainey Bethea fue ahorcado ante miles de personas.
Tampoco es la única ejecución militar. Se han realizado unas 163 más hasta la fecha, pero con la diferencia de evitar solo el acceso a la prensa.
La mayoría de los estados filman las ejecuciones civiles y militares y las transmiten en tiempo real en circuitos cerrados para uso documental. Los periodistas y corresponsales de prensa siempre están en las afueras para ver qué pueden pescar.
Pero ahora, que se anuncia la apertura de los controles de privacidad de esta ejecución, surge el efecto de la Gata Flora: si la meten grita y si no, pues lloran (o al revés).
Un caso distinto
El caso de Hasan es distinto en el formato. El exmayor y psiquiatra del Ejército fue condenado a muerte.
Trump aprobó la ejecución por pelotón de fusilamiento a recomendación de Pete Hegseth; está fijada para el 3 de diciembre de 2026 en la misma base militar de Texas , tal y como lo estipula el artículo 71 del Código Uniforme de Justicia Militar.
Pero Trump no ha aprobado ni ha indicado la ejecución de manera abierta. Esa ha sido la decisión del Ejército, a la cual también le asiste todo el derecho legal.
Hegseth lo planteó así: la gente necesita entender que “hay consecuencias graves” por este tipo de actos.
La idea es que un castigo oculto o burocrático pierde fuerza ejemplar y, en el actual momento donde varios militares muestran insubordinación en tendencias de redes sociales, el escarmiento debe ser ejemplarizante para el ámbito militar.
Hacerlo visible (en el mismo lugar, a la misma hora del ataque, ejecutado por soldados) refuerza el mensaje de que atacar a militares estadounidenses dentro de sus filas tiene un costo explícito e inmediato.
Todos los ejércitos poderosos lo hacen. No hay lógica en disuadir a EE. UU. de imponer los mismos castigos por actos de traición.
La hipócrita cobertura de la prensa
Algunos analistas militares lo vinculan a la mentalidad de la Segunda Guerra Mundial: cuando el enemigo ataca, se responde con firmeza y se hace público el resultado. Esta es una de las condiciones para la fortaleza de un ejército si quiere ser respetado o temido.
Cuando ocurre el acto terrorista de Nidal Malik Hasan, inmediatamente el presidente Obama calificó el hecho como “accidente en el lugar del trabajo” para evitar su origen palestino y su radicalización al islam tras ejecutar a sus compañeros al grito de Allahu Akbar.
El secretario de Guerra afirma que esa tolerancia ya no existe en el ejército y ese tipo de acciones no solo recibirá castigo, sino que debe ser vista por quien quiera verlo como advertencia de lo que sucede si cometen esa atrocidad.
La prensa hará de esto una hipócrita cobertura, dejándonos saber lo “morboso” de esta administración.
Y lo harán de manera hipócrita: miles de muertes se han cubierto en vivo, como la de Christine Chubbuck, que se suicidó el 15 de julio de 1974 durante su propio noticiero local en Florida. Anunció el acto y se disparó ante la cámara. No las apagaron a pesar de haber un delay al aire.
Tampoco se cohibieron con R. Budd Dwyer, tesorero de Pensilvania, que se suicidó el 22 de enero de 1987 en una rueda de prensa cubierta por cámaras locales. El material se emitió en varios canales.
O en 1998, cuando un hombre se suicidó en una autopista de Los Ángeles y varias emisoras locales y de cable lo transmitieron en vivo a petición de los directores de las cadenas que ordenaron seguir filmando.
Pero ahora se trata de un yihadista y no es bueno generar “islamofobia” según el lenguaje hipócrita de muchos “emocionados” por publicar abiertamente la ejecución de un yihadista.
De todos modos, es muy posible que la sensiblería pública haga que cualquier juez ordene lo contrario.
Así, los que nunca se preocuparon cuando las ejecuciones públicas, en vivo y en directo, del dictador iraquí Saddam Hussein, la de Nicolae Ceaușescu y su esposa, la de los chechenos en la TV rusa o la de los chinos en la TV estatal de Pekín, pueden ahora ser críticos acérrimos de lo que piensa hacer Hegseth.
Anda mal este nuevo mundo.



















