
La farola que se enciende con el viento
Por Renay Chinea ()
I
Hay una hilera de álamos plateados que cortan un paisaje encantador. Una casa antigua de piedra, rodeada por olivos. Un campo arado, y una farola apagada que se enciende a veces con el viento.
A la derecha, una masía señorial a los pies de una colina cubierta por un bosquecillo de pinos siempre verdes.
En el centro, una angosta carretera intermunicipal. Un entronque, un cruce y un impacto.
El padre pasa aún por allí cada semana. La empresa marcha bien, y desde aquel día se pregunta por qué sigue bregando… si allí mismo se apagó su corazón… y el de su amado hijo, con solo dieciocho años.
¿Por qué lo dejé ir? ¿Por qué no lo detuve? ¿Por qué le presté el coche? ¿Por qué no estuve allí…? La muerte es eso: una cascada de preguntas en bucle que no cesan. Una cortina paralizada de preguntas que no te dejan ver la realidad. Ni la colina verde. Ni la casa de piedra… ni la farola que a veces se enciende con el viento.
¿Qué ha pasado? Han pasado quince años. Para él, en ese paisaje, un golpe demoledor se alarga por el tiempo. ¿Qué fue lo último que vio? ¿Cuál fue su último instante…? ¿Cuál y cuál y qué y por qué y por cuánto…?
Traga en seco y piensa en Dios. Cada semana tiene que pasar por allí.
Murieron en el acto y envueltos en felicidad. Testigos han entregado a la leyenda esos detalles: se divertían al volante, sonreían y una impericia inocente les hizo perder el control. Lo demás es un impacto, seguido de una ausencia y una cascada de preguntas que no puede parar. No pueden parar.
Jordi, el padre, se niega a poner flores. La única corona es su hijito varón de pocos años que un día acurrucó en sus brazos. Con el eterno amor de los amores que duran para siempre. Ahora reposa bajo cien palas de tierra y cincuenta crisantemos.
—¡Descansa en paz, porque yo jamás lo haré, tesoro mío! —dicen que dijo, y no pudo parar de llorar.
II
El otro caso es el de José. Su casa, con un patio de tres o cuatro hectáreas, está al socaire de las colinas de Begur. Cuando la tramontana pasa con su chiflido gélido y seco, se alargan las figuras de las nubes bajo un cielo pastel. Y los niños jugaban de pequeños a encontrar figuras en aquellos girones de nubes lenticulares. O no. Hoy están como niños con juguete nuevo: José les ha traído de Barcelona un quad. Y José está feliz: es la felicidad de ese momento en que se le regala al hijo el juguete que no tuvimos y se quedó siempre allí dentro.
Y uno se ve enamorado de un arco de madera de tejo, de un negocio en el pueblo que acaban de abrir; o de unos soldaditos de plomo del ejército prusiano, vistos en una feria de antigüedades de la Place du Cirque, en Ginebra.
Pero José ha traído un flamante quad. Y Alex y Jeff no paran de jugar en él. Una pendiente suave baja de la colina, y al fondo hay un montoncillo de alcornoques. Y los niños vienen y van. Ya le han pillado el truco. Vienen y van. Y José los mira. Y vienen y van, y los vuelve a mirar… Alex y Jeff.
Alex tiene once años; Jeff tiene —o sea, tenía— seis. Jeff ya no está. Jeff falleció.
En la subida, Alex quiso darle todo el gas… y el vehículo, con Alex delante y Jeff detrás, alzó las ruedas delanteras, dio una voltereta y cayó sobre los niños. Alex pudo volar por el aire, pero Jeff no: Jeff ya no está. Sus manitas perdieron el cuerpo de su hermanito, eyectado por el torque repentino… y todo el quad cayó sobre su tierna fragilidad.
Y por los campos de trigo que hay por el camino viejo de Esclanyà, vecinos cuentan que lo han visto llorar. Y llorar y llorar.
En las rocas de la playa del Canadell, una noche de luna llena, José se ha sentado a llorar. Y nadie sabe qué decir. Y sus ojos hundidos y rojos de llorar no pueden parar de llorar.
Una noche hablé con Alex. Y me dijo que no puede más. Que su padre no lo quiere más, que su madre no lo quiere más… y que él tampoco se quiere más.
Que al socaire de las colinas de Begur, donde a veces las nubes altas hacen muñecos que ya no importan de qué forma son, a veces cae la culpa y lo baña todo, como si fueran los rayos de la luna.
III
María me dice: «Ya yo no vivo más». Pero no lo dice como se dice «ya yo no vivo más», sino que a ti ya te lo dijeron sus ojos cuando viste a María. Y mientras te lo dicen sus palabras, te lo van diciendo también sus manos recogidas, pegadas a su pecho como un gorrión: su voz es un hilillo tenue que sale y es una herida que ya sangró, casi un susurro de donde no brota nada más.
—¡Andrés me lo mató! Y su mirada es un vidrio que ni seca ni llora; está apagada y ahí. Su rostro, que era bello, ahora tiene una mueca; un murciélago al revés son sus ojeras. Y sus ojos no lloran, sino que no terminan de dejar de llorar. Es un llanto que María lloró mañana con lágrimas de ayer.
—Me lo mató. Yo estaba en la cocina y lo vi llegar. Y Víctor estaba aquí… y Andresito lo mortificó y empezó a decirle que era un tarú, que todo el pueblo hablaba de él y cosas así… y él se enfadó. Y empezaron a pelear… y Andresito lo mató.
—Y yo estaba allí… y no pude hacer nada. Y ayer fui a verlo a la prisión. Y dice que él también se va a morir. Que se quiere morir… Y que no me puede ver, pero sufre mucho porque sí me quiere ver. Y dice que era él quien se tenía que morir.
Y María se sienta en el murete de la sala.
—Y yo también quiero morir —me dice, y pone la mano en el suelo. Y toca con desconsuelo el lugar donde Víctor cayó y se dio el golpe mortal. Y su mano, hueca, con los deditos juntos, le acaricia la mejilla ausente, como si estuviera allí.
—Ves… Andresito lo mató, pero él no lo quería matar, y ahora yo no sé vivir —dice. Y levanta el rostro, y sus ojillos vidriosos tienen un extraño brillo que se alarga en un túnel profundo, lejano, como si estuvieran en un lejano lugar, en otra dimensión.
Andresito murió en prisión poco después. No me supieron decir si fue a manos de otro preso o se suicidó. De María no he vuelto a saber.
Y Dios también. Dios perdió un hijo también —fue lo último que me dijo al salir.



















