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Por Yeison Derulo

La Habana.- Cuba sigue recibiendo donaciones y el régimen continúa vendiendo la imagen de un país agradecido con la solidaridad internacional. El canciller Bruno Rodríguez, alias Bruno Condeneitor, anunció la llegada de 750 toneladas de aceite vegetal procedentes de Rusia y 425 toneladas de arroz enviadas por Japón, destinadas a familias vulnerables y damnificados del huracán Melissa.

Hasta ahí, todo parece un gesto humanitario. El problema empieza cuando uno mira el calendario y descubre que estamos hablando de un ciclón que golpeó el oriente cubano en octubre de 2025. En pleno 2026, la población sigue necesitando ayuda para recuperarse de sus estragos. Increíble.

En eso nos hemos convertido, en los mendigos de América. Un país que alguna vez presumió de su soberanía y de su capacidad para resistir cualquier adversidad hoy depende de cargamentos extranjeros para atender necesidades tan elementales como comer.

Rusia manda aceite, Japón envía arroz y el régimen publica mensajes de agradecimiento. ¿Dónde están las soluciones de quienes llevan décadas prometiendo prosperidad? ¿Dónde quedó aquella potencia que supuestamente iba a garantizar el bienestar de sus ciudadanos? La propaganda tiene respuestas para todo, salvo para explicar por qué tanta gente necesita ayuda externa para sobrevivir.

El huracán Melissa dejó daños considerables en el oriente de la isla. Según las cifras divulgadas por las autoridades, más de 116.000 viviendas resultaron afectadas, junto a cientos de instalaciones médicas, miles de centros educativos y extensas áreas agrícolas. Una catástrofe de esa magnitud exige recursos, organización y una respuesta estatal capaz de llegar a cada familia.

Sin embargo, la emergencia también expone las consecuencias de una economía destruida, con escasez de alimentos, apagones prolongados e infraestructuras deterioradas. La solidaridad internacional puede aliviar necesidades urgentes, sin sustituir la obligación del Gobierno de proteger a su población y rendir cuentas por su gestión.

Lo más triste es que los cubanos terminan dependiendo de la generosidad de otros países para cubrir necesidades que deberían estar garantizadas en su propia tierra. La dictadura se llena la boca hablando de dignidad nacional, resistencia y soberanía, al tiempo que millones de personas sobreviven entre carencias y promesas incumplidas.

Nadie debería despreciar una donación destinada a aliviar el sufrimiento de una familia; lo vergonzoso es que, tantos años después, el país siga atrapado en una crisis que obliga a mirar hacia el exterior para conseguir alimentos básicos.

La solidaridad merece agradecimiento. La incapacidad política merece una crítica sin contemplaciones.

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