La dictadura cubana se indigna en la ONU

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Por Oscar Durán

New York.- Este 19 de octubre, la ONU se convirtió en escenario de una de esas comedias políticas que ni el mejor guionista de La Habana habría podido escribir. Mike Waltz, embajador de Estados Unidos, organizó un panel para denunciar la represión de la dictadura cubana, con testimonios de disidentes y exprisioneros. La función se tituló Cuba Libre: The Oppression Havana Hides, un nombre bastante apropiado para un régimen que lleva décadas escondiendo sus miserias debajo de la alfombra roja de la propaganda.

Allí se habló de detenciones, torturas y persecución política. Vamos, de esas pequeñas «conquistas revolucionarias» que el castrismo prefiere no incluir en sus discursos de cinco horas.

La parte más divertida llegó cuando el embajador cubano Ernesto Soberón Guzmán y otros diplomáticos confrontaron a Waltz, calificando el panel de farsa y acusando a Washington de imponer un castigo colectivo.

Los representantes de una dictadura que niega la existencia de presos políticos se molestan cuando alguien lleva testimonios sobre la represión a Naciones Unidas. La lógica del castrismo es extraordinaria: el problema nunca está en las cárceles, en los perseguidos ni en los ciudadanos que no pueden expresarse libremente, sino en quien se atreve a contarlo. Si la verdad les incomoda tanto, quizás el problema no sea el micrófono del vecino, sino todo lo que llevan décadas intentando silenciar.

Ahora bien, el embargo estadounidense existe desde hace más de seis décadas y la Asamblea General volverá a votar sobre la resolución cubana los días 27 y 28 de octubre. El año pasado, 165 países votaron a favor de pedir su fin, siete lo hicieron en contra y doce se abstuvieron. La dictadura necesita esos números para alimentar su maquinaria propagandística y presentarse ante el mundo como una víctima eterna.

Lo que nunca explica con la misma pasión es su responsabilidad en la ruina económica, la represión y la falta de libertades de los cubanos. Ningún embargo obliga a encarcelar opositores, perseguir periodistas independientes ni convertir la discrepancia en un delito. Para semejante tarea, la maquinaria represiva de La Habana lleva años trabajando sin necesidad de importaciones.

En definitiva, la pelea en la ONU deja a la dictadura retratada en su especialidad: denunciar las injusticias ajenas y montar en cólera cuando alguien señala las propias. Washington busca reducir el respaldo internacional a la narrativa de La Habana, mientras el régimen intenta conservar su papel de víctima profesional, ese personaje que interpreta desde 1959 con una disciplina digna de mejor causa.

La votación tendrá peso político, aunque no levantará por sí sola el embargo, cuya derogación depende del Congreso estadounidense. Lo verdaderamente vergonzoso es que, después de tantos años, el Gobierno cubano siga necesitando enemigos externos para justificar sus fracasos internos.

Al final, los discursos pueden llenar los salones de Naciones Unidas; las mentiras, sin embargo, no llenan la nevera del cubano ni devuelven la libertad a quienes permanecen tras las rejas.

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