
20 de octubre: La fecha que debería ser fiesta
Por Pablo Alfonso ()
Santiago de Chile.- El 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, debería ser una jornada de orgullo y reencuentro con las raíces. Para millones de cubanos, dentro y fuera de la Isla, se ha convertido también en un recordatorio doloroso de todo lo que les han arrebatado. Celebrar lo propio se ha vuelto, a veces, un acto de resistencia.
La fecha remite al 20 de octubre de 1868, cuando las tropas independentistas entraron en Bayamo y el pueblo entonó por primera vez, de forma colectiva, La Bayamesa, de Pedro Figueredo, Perucho. No nació para entretener a los poderosos ni para adornar discursos: nació para convocar a un pueblo a la libertad. La música se hizo bandera y la letra, compromiso.
El Día de la Cultura Cubana fue instituido en agosto de 1980 por el Decreto 74 del Consejo de Ministros. Pero hay una contradicción: el régimen que se presenta como custodio de la identidad nacional es el mismo que ha pretendido decidir qué puede escribir un poeta, cantar un músico, pintar un artista o publicar un periodista.
La cultura cubana es un ajiaco, como enseñó Fernando Ortiz: una mezcla de raíces españolas, herencia africana, aportes indígenas e influencias sucesivas. De ahí nació algo irrepetible: el son, el danzón, la rumba, el bolero, una literatura que interroga la historia. Esa cultura existía mucho antes de 1959 y seguirá existiendo después de cualquier régimen.
La cultura como expresión genuina de libertad
¿Qué celebran hoy los cubanos? ¿La grandeza de sus artistas, mientras algunos son castigados por pensar diferente? ¿La libertad de creación, mientras el Estado fija los límites? ¿El orgullo de la identidad, mientras tantos se ven obligados a emigrar? ¿Cómo pedir celebración cuando se apaga la luz, se vacía la nevera y se llena el corazón de incertidumbre?
La cultura no es responsable de la tragedia de Cuba; es una de sus víctimas, pero también una de sus mayores esperanzas. El problema no es la música, la literatura o la pintura: es un sistema que ha querido ponerlas al servicio de una ideología y, cuando no lo logra, las margina o las castiga. La cultura debería enseñar a pensar, no a obedecer.
Es necesario rendir homenaje a los artistas que no se arrodillaron: los censurados, los exiliados, los que escogieron entre callar o marcharse. Y no olvidemos algo esencial: amar a Cuba no significa obedecer al gobierno. La patria no es un partido, la nación no es una consigna, la cultura no es propiedad del Estado.
El 20 de octubre también pertenece al exilio, a quienes conservan tradiciones lejos de la Isla y enseñan a sus hijos el significado de las canciones. No hay cubanos de primera y de segunda por pensar diferente. Hay que soñar con una Cuba donde el himno se cante sin hipocresías, donde nadie pida permiso para amar a su patria a su manera y donde la cultura vuelva a ser expresión genuina de libertad.



















