
He estado pensando en… la verdad sigue siendo necesaria, aunque decirla tenga un precio
Por Padre Alberto Reyes ()
Esmeralda, Camagüey.- Hay momentos en la vida de un pueblo en los que decir la verdad puede resultar incómodo, peligroso o costoso. Es entonces cuando aparece la tentación de callar, de acostumbrarse a la mentira o de repetir aquello que otros quieren que digamos. Pero el silencio impuesto nunca transforma la realidad, solamente la oculta.
Los cubanos conocemos muy bien esa experiencia. Durante décadas, hemos aprendido a medir nuestras palabras, a callar lo que pensamos, a levantar la mano con “unanimidad”, y a reservar la verdad para la intimidad de familia y amigos, mientras nada cambia para mejor a nuestro alrededor.
Una sociedad que quiere reconstruirse necesita comenzar por llamar a las cosas por su nombre. No para buscar culpables eternamente, ni para alimentar el odio o la venganza, sino para reconocer lo que es evidente.
Una sociedad que quiere reconstruirse necesita reconocer los sufrimientos que provocan la injusticia, la falta de libertad, la ausencia de oportunidades.
Una sociedad que quiere reconstruirse necesita la verdad porque es el único modo de abrir un camino hacia algo diferente. No se puede sanar una herida que se niega, no se puede reconstruir una casa diciendo que nunca estuvo en ruinas.
El miedo… y la necesidad de decir la verdad
El miedo puede obligarnos a callar durante un tiempo, pero no puede convertir la mentira en verdad. Y es imposible construir una sociedad libre sobre la obligación de fingir que todo está bien.
Decir la verdad no significa gritar, insultar o destruir al que piensa diferente. La verdad puede pronunciarse con firmeza y, al mismo tiempo, con respeto. La verdad no necesita una actitud agresiva, basta con que sea clara y muestre la realidad tal cual es.
Decir la verdad tiene un precio, pero callarla también lo tiene. La distinción está en que el precio de la verdad puede conducirnos hacia un futuro nuevo. El precio de la mentira es renunciar a ese futuro a cambio de una supervivencia que no deja de ser miserable.
Decir la verdad puede coexistir con el miedo a decirla. No necesitamos dejar de tener miedo para empezar a decir la verdad, sólo necesitamos que el miedo no nos secuestre, que el miedo no decida por nosotros, que el miedo no sea mayor que nuestro deseo de libertad.
Cuba no necesita solamente cambiar determinadas estructuras. Necesita recuperar algo más profundo: la capacidad de mirar su propia realidad sin miedo, de hablar de ella sin disfraces y de recuperar la confianza en que los cubanos podemos construir juntos un futuro distinto donde todos estemos mejor, aunque no pensemos igual.
En el corazón del cubano, vibra el anhelo por la libertad, y uno de los primeros signos de que un pueblo comienza a recuperar su libertad es que sus hombres y mujeres empiecen a llamar a las cosas por su nombre.



















