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title: Los nuevos comisarios de pensamiento
date: 2026-09-12T10:11:02Z
modified: 2026-09-12T10:11:02Z
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excerpt: La oposición cubana ¿aprende a debatir o replica el autoritarismo? Un análisis crítico sobre la cultura política y la urgente necesidad de tolerancia y pluralismo.
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featured_image_alt: En al foto, Amelia Calzadilla y Alexander Otaola
author: Redacción
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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- En el último segmento de su programa del 10 de septiembre, Eloy Viera dedicó cerca de una hora a un asunto que debería preocupar seriamente a cualquiera que aspire a una Cuba democrática: la forma en que una parte de la oposición y del exilio está aprendiendo a discutir política.

El detonante fue la entrevista de Amelia Calzadilla en el programa de Alexander Otaola y la posterior polémica en la que aparecieron nombres como Carolina Barrero y Mónica Baró. Pero quedarse en los nombres sería perder de vista el problema verdadero. Esto no se trata solamente de Amelia, Otaola, Carolina, Mónica o Eloy. Se trata de algo mucho más profundo: qué clase de cultura política estamos construyendo mientras denunciamos, precisamente, la cultura autoritaria que destruyó a Cuba.

Eloy señaló que la entrevista a Amelia terminó pareciéndose por momentos a un interrogatorio ideológico. La discusión dejó de centrarse en lo que ella decía y comenzó a girar alrededor de algo aparentemente más urgente: averiguar qué era ella.

¿Es socialista? ¿Es de izquierda? ¿Es suficientemente anticomunista? ¿Ha renunciado públicamente a todo lo que alguna vez pensó? Como si antes de escuchar una idea hubiera que revisar primero el certificado ideológico de quien la expresa.

Eso debería resultarnos peligrosamente familiar.

Durante más de seis décadas el castrismo hizo exactamente eso. Antes de valorar a una persona había que saber si era revolucionaria, contrarrevolucionaria, gusana, diversionista ideológica, desafecta o confiable.

Primero la etiqueta. Después, si quedaba tiempo, la persona.

Ahora algunos parecen querer invertir los términos, pero conservar el método. Ya no se pregunta si eres suficientemente revolucionario; ahora habría que demostrar que eres suficientemente de derecha, suficientemente anticomunista o suficientemente arrepentido de cualquier pasado izquierdista.

## Demasiado parecido

Cambian las palabras, pero la inquisición se parece demasiado. Y eso no es democracia. Eso es sustituir un tratado por otro.

Me pareció particularmente acertada la reflexión de Eloy sobre Mónica Baró y otros periodistas, activistas e intelectuales que reciben automáticamente la etiqueta de «socialistas» o «de izquierda», como si pronunciar una de esas palabras bastara para cerrar cualquier discusión.

Yo puedo discrepar profundamente de una persona de izquierda. Puedo combatir sus ideas, cuestionarlas, desmontarlas y demostrar por qué considero que están equivocadas.

Lo que no puedo hacer, si pretendo llamarme demócrata, es concluir que por ser de izquierda esa persona debe quedar excluida del debate nacional. Porque entonces no estoy defendiendo la democracia. Estoy defendiendo mi derecho a decidir quién merece participar en ella.

Y eso es exactamente lo que lleva sesenta y siete años haciendo el Partido Comunista de Cuba.

Hay una verdad que algunos tendrán que aceptar, aunque les incomode: una Cuba democrática no será ideológicamente uniforme. Habrá conservadores. Habrá liberales. Habrá socialdemócratas. Habrá socialistas democráticos. Habrá gente de centro. Habrá gente de derecha y habrá gente de izquierda.

Y probablemente aparecerán partidos y candidatos que a muchos de nosotros nos parecerán disparatados, equivocados o incluso insoportables.

## Esa es la democracia

Bienvenidos a la democracia. Porque democracia no significa que todos terminen pensando como yo. Significa exactamente lo contrario: que una persona que piensa políticamente al revés que yo tenga el mismo derecho a hablar, organizarse, votar y competir por el poder. Mientras respete las reglas democráticas. Ese es el límite. No la etiqueta.

Por eso también considero importante lo que Eloy plantea sobre la llamada «batalla cultural».

Se ha abusado tanto de esa expresión que algunos parecen entenderla como una licencia para cancelar, ridiculizar, purgar y expulsar ideológicamente al que no repita la doctrina correcta.

Pero la verdadera batalla cultural cubana debería ser otra.

Después de seis décadas de intolerancia política, nuestra mayor batalla cultural debería consistir en aprender tolerancia.

Después de seis décadas de pensamiento único, aprender pluralismo.

Después de seis décadas de actos de repudio, aprender civismo.

Después de seis décadas convirtiendo al discrepante en enemigo, aprender a discutir sin intentar destruir moralmente al adversario.

Eso sí sería revolucionario para los cubanos. Porque insultar al que piensa diferente no requiere formación democrática. Eso ya nos lo enseñó muy bien el castrismo.

También me parece esencial otro punto del análisis de Eloy: la personalización de las discusiones.

## La muerte del debate

Cuando una polémica política deja de analizar lo que alguien dijo y comienza a investigar quién es, dónde estuvo, con quién habló, qué pensaba hace diez años, quiénes son sus amigos o qué etiqueta puede colocársele encima, el debate ya murió.

Lo sustituyó el expediente. Y el expediente político es otro viejo conocido de los cubanos. No tenemos que estar de acuerdo con Amelia Calzadilla. Ni con Mónica Baró. Ni con Carolina Barrero. Ni con Eloy Viera ([https://www.youtube.com/live/IBoYq1FdoJI?si=kAkxegI\_3iGk0n\_r](https://www.youtube.com/live/IBoYq1FdoJI?si=kAkxegI_3iGk0n_r)). Ni con Alexander Otaola. Ni conmigo.

La democracia comienza precisamente ahí: en aceptar que ninguna de esas personas necesita mi permiso para pensar, hablar o participar en la vida política de su país.

Podemos combatir ideas con toda la fuerza necesaria. Lo que no podemos hacer es convertir al que piensa diferente en un apestado político. Porque entonces habremos aprendido muy poco.

Durante décadas denunciamos que el castrismo dividió Cuba entre revolucionarios y enemigos.

Sería una tragedia histórica que, después de combatir ese sistema, termináramos dividiendo nuevamente el país entre los ideológicamente puros y los sospechosos.

Cuba no necesita cambiar un pensamiento único por otro. No necesita sustituir el Comité Central por un tribunal ideológico administrado desde las redes sociales. Y mucho menos necesita nuevos comisarios políticos, aunque esta vez lleven una bandera distinta.

Si algún día conseguimos una Cuba democrática, tendremos que aceptar algo sencillo y difícil a la vez: la libertad que reclamamos para nosotros también pertenece a quienes piensan exactamente lo contrario.

Lo demás puede llamarse como quieran. Pero democracia no es. Porque cambiar de inquisidores nunca ha significado conquistar la libertad.

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