
He regresado con dolores de Miami
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Hay fisuras antiguas que ya se asentaron en el hueso y agudizan, además, esa humillación sorda de saberte un cautivo de tu patria, aunque sea a distancia, atenazado a un mapa que rehusó ser libre.
Hay otros dolores recientes que crujen bajo mis vértebras, mezclándose con la nostalgia y el dolor de ver a los míos respirar con zozobra.
Cada cubano que se va de la isla está huyendo de una dictadura. Quienes abordan un avión convencidos de que solo viajan al reencuentro con la madre o al salario que por fin paga el pan, ignoran que la estampida ya es un síntoma de lo que afirmo. La necesidad de cruzar un mar para abrazar a un hijo o para no morir de hambre es, lo quieran o no, la onda expansiva de una tiranía desarticulando la vida.
En las calles de Miami, mi patria se derrama con un peso insoportable. Resuena en los dedos curtidos que tuercen las hojas de tabaco sobre tablas de cedro, en la sal del mar que acosa los cristales del auto, en el acento rotundo que le roba el espacio a tu inglés desde la primera esquina…
Es un despliegue visceral, hermoso y desgarrador; sobre todo porque, a unos pocos pasos de esas vitrinas llenas de luz, en las sombras de un lavadero o en la trastienda de un almacén, también ves a cubanos siendo acorralados como animales furtivos, criminalizados únicamente por carecer de una tarjeta que valida su condición de sobrevivientes…
La cubanidad se sostiene sobre instantes de luz fugaz, pero habita verdaderamente en la conmoción de lo que falta. Todos somos sobrevivientes, una marea de cuerpos atravesados por el mismo naufragio: una raíz que sigue doliendo en el aire, buscando una tierra viva donde apoyarse sin sangrar.



















